«Marley estaba muerto»

Cuando aún no has conseguido publicar o bien lo haces, esculpiendo cada edición a sangre y fuego en tu particular muro de las lamentaciones, los proyectos se acumulan en tu cajón, ordenados como calendarios. Yo era uno de esos escritores concienzudos que acababa lo que empezaba y lo despedía en la estación del tren, pañuelo en mano, a que fuera en busca de quien le quisiera. Y que luego llamara, claro. Que picara a la puerta de editores, agentes, periodistas culturales, mecenas, unicornios, concursos limpios y otros seres mitológicos. Cuando hacía meses que no sabía nada de esos proyectos, trataba de enjugar lo mejor que podía la pena, olvidarlo y empezar otro nuevo, distinto, mejor. A veces llegaban cartas, educadas, pulcras y eficaces como un instrumental de dentista. Ponías anestesia a la muela pero dolía, aún dolía. El chico había muerto sin haber conseguido su objetivo.

La situación cambia cuando tienes la fortuna o recompensa o ambas cosas de que tus proyectos ya tienen quien los espera. Los demonios aquí son otros y las tentaciones también. La sensación de fracaso es tremenda y puede ser paralizante, pero la de un cierto reconocimiento conlleva una de estafa, vanidad e incomprensión –¿qué ha cambiado?– que también puede paralizarte. Uno, consciente o inconscientemente, ha de tomar decisiones entre la vanidad y lo que se espera de uno, sabiendo que si no lo das puedes perder la gracia del mar y si lo das, acabarás por cerrar tú mismo la jaula del hámster. Bueno, es la vida. Creación y mercado. Decisiones y riesgos. Tampoco es para ponernos estupendos.

Siempre que edito un libro creo que no va a gustar. No del todo, no de un modo torrencial, vamos. Para ser sincero, cuando edité No llames a casa, no la tuve pues su armazón argumental estaba bien construido, y lo dice uno que para los argumentos va justito. Pero el resto de libros, poemas o prosa, la sensación esa de “ahora vendrán por mí, me apalearán, negarán haberme querido, me olvidarán” la tengo. Mucho más cuando en enero de 2014 publiqué mi libro más personal hasta ese momento, Yo fui Johnny Thunders. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Conectó con crítica y público de un modo entusiasta y ganando premios tan importantes como el Hammett que concede la Semana Negra de Gijón. No me engaño. Me encanta que suceda eso. Se te hincha el ego pero, al menos, en mi caso, me genera inseguridad. En realidad, es un terreno que no puedes volver a pisar si no quieres repetirte, si quieres acercarte a ese tipo de escritor aventurero que explora territorios de su psique, de su entorno, de lo humano, que se prueba y cae y sigue. Ese tipo de escritor al que querías parecerte cuando empezaste con esto.

Después de su publicación, que yo no esperé tan exitosa –a día de hoy ya anda por la séptima edición– tenía claro que esta vez sí me iba a meter de cabeza en un proyecto del que tenía escritos más de 200 folios además de mucha documentación y que había empezado en 2010. En teoría ese proyecto, que sucedía entre

Jerusalén y Barcelona, con un tipo que podía resucitar a gente, había quedado postergado primero por No llames a casa y luego por Yo fui Johnny Thunders. Era un proyecto no etiquetable dentro del género de novela negra. A ratos divertido, a ratos –al menos yo lo pretendía– que fuera profundo al tratar el tema de la fe. Pero sucedió que cuando me zambullí en sus aguas a primeros de 2015 me di cuenta de que el proyecto ya se me había muerto. Demasiado tiempo en el cajón. Yo ya no estaba allí. No me veía capaz de levantarlo del suelo y hacerlo volar. Cuando Ulises llegó a casa, Penélope ya se había mudado a Miami con uno de los pretendientes.

Por primera vez no tenía un proyecto a la vista. La presión por lo que haría a continuación la sentía yo y el entorno (editorial, prensa, colegas) no ayudaba. Estaba metido en la dichosa rueda del consumismo que, creo, te lleva a entregar proyectos a medio cocer o en los que no crees. Nunca quise eso. Nunca me he metido en un proyecto sin creer en él. Entonces recordé algo, una idea que estaba en mí desde hacía tiempo.

En diciembre del 2012, el suplemento El Cultural de El Mundo me pidió un cuento de Navidad. Yo escribí Hotel Navidad. A ellos les gustó mucho, me aseguraron que si yo quería me lo publicaban pero que, por su temática, creían que no era el más adecuado. Podía estar de acuerdo: una virgen que no se llamaba María preñada del dueño del hotel donde trabajaba y que, acompañada de dos clientes lesbianas, tratan de convencer a este que el hijo es suyo y que debe abortar. Les dije que escribiría otro. Fue Fairytale of Madrid atravesado por el espíritu de la canción de los Pogues –Fairytale of New York– y en el que se narra una historia de amor, triste pero redentora, un pelín obsesiva, un pelín psicópata también. Esa les gustó. A mí también. A mucha gente. Incluso la directora de cine Susana Koska hizo un especial de radio con este cuento. Bueno, ya tenía dos cuentos con un nexo: la Navidad.

A mí me gusta la Navidad. Las fechas y toda la mochila: familia, beber, comer, comprar, dar y recibir regalos, villancicos, películas con nieve y Santa Claus. Todo. En muchas ocasiones aprovecho para releer Cuento de Navidad de Dickens (que comienza precisamente con “Marley estaba muerto”). Ese cuento lo tiene todo: saltos en el tiempo, terror gótico, melaza, denuncia social, espiritualidad, dolor, amor y la advertencia de las oportunidades perdidas si anteponemos el trabajo y el dinero a lo que es importante para nosotros –sea eso lo que sea – . También me gusta Capra y su !Qué bello es vivir!, otro guión poderoso. O el cuento de Navidad que Paul Auster nos regala en la voz y cara de Harvey Keitel en la película Smoke.

Me gusta la Navidad. Me gustan los relatos de Navidad. Me gustan esas fechas llenas de muertos que te cantan, que recuerdas, que añoras como una campana en la que reverbera todo lo doloroso y bondadoso de nuestras acciones y omisiones. Y me apetecía comprobar si podía gestionar mi narrativa a partir no de una novela donde todo cabe, sino en unos relatos que son otro género, otro respirar, otra búsqueda. Era consciente de que un libro de cuentos no es el proyecto que más ilusiona a una editorial pero también lo era que en este momento me podía permitir plantearlo.

Fui anotando canciones, situaciones, propuestas de personajes que pasaran en Navidad más que fueran de Navidad. Era insertar mi mundo en ese ámbito. Y probar cosas que no había probado en mis novelas. Cosas como el sentido del humor (Tío Noel Loco), la parodia y el cuento de fantasmas (La familia de los cuatro Lázaros), ser menos pudoroso en mi infancia, esconderme menos, en ocasiones más procaz en el tratamiento del sexo (Bukkake navideño), utilizar todos los elementos del cuento clásico: el héroe por accidente, el monstruo, la chica atada a su destino (De nada, por nada, para nada), un poema como obertura (Gotham y Gotham) y mis particulares homenajes a Tarantino (El tipo al que no le gusta pegar en Navidad), Waits y Reed (Romeo 99%), el Reed del Berlin (Lavabo azul), Lynch y otras deidades mías en un discurso siempre musical con recreación de Dickens en un mal viaje de drogota en el cuento que da título al volumen, y la música pop que suena debajo de cada cuento, como la canción que suena en la cabeza del padre de familia que viene a asesinar a su familia en Armagedon.

Me encanta haber escrito este libro. Me ha gustado mucho la experiencia de la distancia corta. El único ‘pero’ es que escribir en abril, julio o septiembre cuentos ambientados en Navidad hace que al llegar diciembre uno tenga la sensación de que es Bill Murray en El día de la Marmota: I got you babe.

Carlos Zanón es escritor.

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