El Papa imprevisible

Jordi Pérez Colomé

La noche anterior al vuelo, el piloto hizo llegar al papa Francisco su preocupación. Tenían que volar al día siguiente a Tacloban (Filipinas), uno de los centros del tifón Yolanda en noviembre de 2013 y que dejó más de 7 mil muertos. Ahora se acercaba otro tifón y el piloto no lo veía claro: «Ir hasta allí es el principal motivo por el que he venido. Debemos ir sea como sea», dijo el Papa. La comitiva vaticana debía estar 8 horas en Tacloban, pero fueron solo 4 por miedo al tifón.

Pero fueron. Una vez en Tacloban, Francisco hizo algo que los líderes de este mundo hacen poco: dejó de lado el discurso preparado. Pidió permiso para hablar en español –«tengo un buen traductor», dijo– y dejó las palabras escritas para decir lo que le saliera. El Papa había hablado con 30 supervivientes, entre ellos una mujer que había perdido a su marido, su hermano y cinco hijas. Francisco dijo a la multitud congregada: «No sé qué deciros. Tantos de vosotros habéis perdido a miembros de vuestra familia, así que me quedaré callado y caminaré junto a vosotros con mi corazón en silencio».

Llovía tanto que el Papa y su comitiva se pusieron el mismo poncho amarillo que llevaban todos los asistentes a la misa –la seguridad no permitía paraguas. El paseo en el coche para saludar fue bajo un diluvio. Quedaron tan mojados que pidieron a la tripulación del avión al volver a Manila que quitaran el aire acondicionado.

Horas antes del vuelo a Tacloban, el Papa había escuchado el discurso de, entre otros, una niña de 12 años, Glycelle Aries Palomar. La niña le preguntó al Papa por qué Dios permite que los niños sufran y caigan en drogas y prostitución. A ella una ong local la había rescatado de las calles. El Papa le dijo que el núcleo de su pregunta no tenía respuesta: «Solo cuando el corazón puede preguntar y llorar, entendemos algo», dijo. Ese algo, claro, sigue siendo poco. Ese nivel de sufrimiento sin sentido no tiene respuesta. Pero el confort que da una presencia y el silencio en casos así es el único «algo» posible. Para eso fue el Papa hasta las Filipinas y Tacloban.

Nos hemos acostumbrado rápido a un Papa así. Dice las cosas por su nombre, con una naturalidad rara en un cargo como el suyo. Durante el viaje a Sri Lanka y Filipinas, hubo dos momentos en que la luna de miel papal con el mundo tropezó. Primero, dijo que la libertad de expresión debe tener límites y pareció incluso justificar una respuesta violenta, y segundo, celebró las ideas sobre anticoncepción de Pablo VI en su Humana Vitae. Son dos temas siempre delicados para la Iglesia.

Una parte del mundo musulmán cree que la libertad de expresión es una farsa que se ha inventado Occidente para ridiculizar el islam. Con otros asuntos – racismo, difamación, negación del Holocausto, apología del terrorismo – , la libertad de expresión tiene límites. Parece que con el islam no sea así. Pero cada país tiene leyes que sus gobiernos han puesto y unos tribunales a los que recurrir. La Organización para la Cooperación Islámica, con 57 miembros y sede en Arabia Saudí, ha anunciado que estudiará las leyes francesas y europeas para ver si pueden llevar a Charlie Hebdo a los tribunales. Es el camino. El Papa mezcló –que no comparó– el terrorismo de París con un puñetazo contra alguien por insultar a la madre. Fue desafortunado y el Vaticano corrió a corregirlo.

El papa Francisco no cambiará, dice, la doctrina de la Iglesia en anticoncepción. Pero pidió a los sacerdotes que oigan confesiones sobre el asunto que sean «muy generosos». Es el camino razonable. La Iglesia no cambia su percepción de la familia al mismo ritmo que los gobiernos o tribunales civiles. Pero dentro de la doctrina hay más margen del que parece: un argentino de ascendencia italiana es una persona ideal para entenderlo. La Iglesia puede dar también más papel a las mujeres sin ordenarlas sacerdotes ni convertirlas en cardenales. Hay margen para acompañar, para hablar, para ayudar dentro de esta Iglesia.

La pregunta siguiente es obvia: si hay tanto margen, por qué no se cambia. La Iglesia no es una persona. Nada es fácil y se puede perder más en un movimiento brusco que en cien saltos diminutos. Es una institución humana. Los humanos sabemos hablar bastante. En seguida tenemos opiniones profundas. El mismo papa Francisco es un ejemplo. Cuando le preguntan algo que sabe, responde. Puede equivocarse, puede exagerar, puede quedarse corto. Puede por tanto impulsar cambios en la Iglesia, apuntar a otro camino que él cree mejor. Pero no es infalible y sabe guardar silencio. Será su mejor legado. Mientras, no es aburrido verle. De pocos políticos puede decirse lo mismo.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad