Mi biblioteca de novela negra

Carlos Zanón
No supe que había escrito una novela negra hasta un año después de publicar Tarde, mal y nunca. Tampoco mi primer editor. De ahí que un par de años después te oigas decir la revelación de la nueva novela negra y que eres hijo o nieto de no sé quien, solo va un paso. El de la estupefacción, vamos, y la cara de tonto. No me molestan las etiquetas. En el fondo, una etiqueta es lo que orienta a un lector cuando entra en una librería o biblioteca. Uno escribe lo que escribe. Se reinterpreta a sí mismo y luego el lector se lee a sí mismo, y saca una foto. Que la foto guste al autor es indiferente. Y Tarde, mal y nunca era una novela negra aunque su autor no lo supiera.
Que ni yo ni mi primer editor supiéramos que teníamos una novela negra entre manos puede ampararse en mi ignorancia del género de por aquel entonces. No el canónico sino los amplísimos márgenes por los que ha campado la negra. Sino el entender y conocer que la novela negra al nacer siendo un subgénero, un cajón de sastre en el que el autor no conseguiría la gloria excelsa literaria ni el respeto de nadie, optó por no tomarse muy en serio a sí misma. Que es lo mejor que le puede pasar a un género literario o musical, por cierto. El no estar obligado a escribir La montaña mágica libera la mano que escribe. Eso además ha hecho que el género haya mutado, bastardeado y se haya ido a la cama con quien le ha dado la gana. Por eso, hoy parece que todo es negra o no es. Porque todo puede ser interpretado en esa clave. Uno puede ser novelista costumbrista sin prejuicios y sin dar explicaciones escribiendo negra.
Pero hay un único e imprescindible tuétano en la novela negra que es imprescindible: la violencia. Quizás por eso reinterpreta tan bien estos tiempos la negra. Nuestra asimilación de la violencia como lenguaje narrativo no épico. La violencia que colocamos detrás de la pantalla del televisor, la sangre sintética del cine. No son estos tiempos más violentos que otros pretéritos. Esa violencia en negra puede ser psicológica, física, de clase o de género. Se ha de sentir. Ha de haber una guerra para que haya literatura. Pero ha de haber una violencia que genere una implosión en el libro si éste es de negra. Aunque no haya un solo muerto.
La negra ha tenido la suerte de inocularse talento, buenos escritores en todo el mundo. Como James Sallis, Andreu Martín, Julián Ibáñez, James Ellroy, Elmore Leonard, Lorenzo Silva, Massimo Carlotto, Juan Madrid, Paco Ignacio Taibo, Raul Argemí, González Ledesma, Giménez-​Bartlett, Teresa Solana, Carlos Salem, Cristina Fallarás, Claudia Piñeiro, Jo Nesbo, Rosa Ribas, Phillip Kerr, Willy Uribe y todos aquellos a los que me olvido sin querer. Esta es mi biblioteca desordenada, injusta, arbitraria, caprichosa y nada canónica en algunos casos.

Algún día volveré
Juan Marsé
Para este humilde servidor, ésta es la mejor novela negra escrita en castellano. Una novela sin un solo tiro. Que su autor ni planteó como negra ni reconoce ahora. Y que las apuestas van mil a dos que no lo es. Pero para mí tiene una inquietante tensión noir, a la espera de esa implosión violenta de la que hablaba antes. Marsé escribe un western pero es que el pistolero solitario –el que vuelve para hallar la paz después de tanta guerra– halló refugio en la metrópoli. Cambió caballo por automóvil y cantina por whisky en oficina. Su nombre pasó de Pat Garrett a Sam Spade.

Pròtesi
Andreu Martín
Probablemente, lo más bestia y grande escrito en negra catalana, española y europea. A Tarantino sin él saberlo le debieron de haber amamantado con este libro de Martín. Andreu es un escritor inquieto, rebelde, valiente y generoso. Es el jugador que puede ser lateral, medio y delantero. No escatima libros. Pero además tiene talento. Él solo edificó la negra en catalán con normalidad y saber hacer. Pròtesi aguanta el paso del tiempo y mira desde arriba lo que hacemos los demás.

Mar de fondo
Patricia Highsmith
Highsmith reinó durante los 80. Como Prince y los crepados. Ahora está en el olvido pero la reina no ha muerto. Pocos como ella han sabido meterse en la cabeza del que hace las cosas que quiere pero que, en ocasiones, no debe. Tiene mano firme para que los argumentos no decaigan, cincela personajes –Ripley, Elsie– y situaciones y sabe que detrás de un libro también hay un lector. Mar de fondo me parece una obra maestra. Cuidado con las piscinas, amigos.

Entre trago y trago
Julián Ibáñez
Podía ser Giley o Perro vagabundo… o cualquier otra. Este santanderino es muy bueno. Sabe hacer todo con menos de lo que los demás hacemos nada. Economía de medios, lenguaje directo, soledad de Polígonos y bares de carretera. Sus novelas son puertas a algo que estaba ahí y que no veías o que si lo veías no le dabas rango literario. Timbas, mujeres fuertes, ruinas de vidas. Y la línea que separa lo correcto de lo incorrecto oculta por el polvo de las calles sin asfaltar.

Triste, solitario y final
Osvaldo Soriano
Argentino con patines en las manos. Su prosa diletante a ratos, directa otros y siempre generosa, aunó sentido de la tramoya, humor y una portentosa vuelta al calcetín del género. Váyanse con cuidado, Soriano crea adicción. Triste, solitario y final nos retrotrae a Los Ángeles de finales de los sesenta. Un viejo detective, Marlowe, recibe a Stan Laurel (sí, el flaco) a fin que averigüe por qué Hollywood lo tiene en el ostracismo. Todo se complica, todo es benditamente complicado y delirante pero ¿quién no ha soñado con dar una paliza a John Wayne?

Sé que mi padre decía
Willy Uribe
Junto a Un hombre solo de Atxaga, libro imprescindible para entender como la violencia puede tener raíces de bosque profundo. Uribe, vasco, es solvente siempre pero esta obra es una perfecta pieza de relojería que te estalla en las manos cuando el autor quiere. Pistolas dormidas de ETA, burguesía complaciente y podrida, silencios, mujeres fatales, bares que no te sirven ni un café y cadáveres volando sobre acantilados. Un libro redondo.

1280 almas
Jim Thompson
De este tipo, cualquiera de sus obras vale su precio. En ésta, a su protagonista Nick Corey, le deben millones de royalties todas aquellas películas y libros en el que no sabes si ése es muy lerdo o muy listo. Thompson dio voz a los que no la tienen sin colgarles la medalla de héroes o justicieros. La maldad y la basura están tanto en los bolsillos de los ricos como en los calzones remendones de los miserables. Thompson sabe hablar como ellos.

Los vivos y los muertos
Edmundo Paz Soldán
No sé si esta novela o la siguiente Norte pueden considerarse negras o dentro de esa tradición de serial killer yanqui. Eso sí, mirada con los ojos atentos, críticos y observadores de un enemigo entre ellos. Paz Soldán, boliviano, reside en Estados Unidos como profesor y sobrevive entre una violencia tan cotidiana como demoniaca. Esta novela, inspirada en el caso real de la matanza por uno de sus vecinos de las cheerleaders de un pueblecito, te encoge el corazón. No tanto por lo que te narra sino por cómo. Esa trama de novela coral donde las voces de las víctimas, de los padres y madres de éstas, de sospechosos y culpable ofrecen un espasmódico retablo contemporáneo del aquí y ahora.

La oscura inmensidad de la muerte
Massimo Carlotto
El error judicial en el que la vida de Carlotto se vio inmerso no hizo más que forjar el metal de escritor que tenía. Su mirada descreída y desarraigada. Carlotto es directo y despiadado. Valiente y descarado, con diálogos efectivos, ritmo de Cadillac y un pathos que lo hace como Soriano, adictivo. Adapta el género a las ciudades y la sociedad que conoce. El Mediterráneo come, ama y mata a su manera. Los Ángeles son un parque temático y Marlowe un turista al que robar la carrera en las calles de Roma, Barcelona o Estambul.

El sueño eterno
Raymond Chandler
Un clásico con todo lo que uno espera de un clásico. Argumento improbable y me temo que imposible. Personaje y voz carismática, pies ligeros, puños contundentes y frases por los que vale enamorarse, que te rompan huesos y corazón, que asesinen a tu socio o secuestren a tu hermana pequeña. El pistolero en el western podía creer en la justicia porque ésta no existía.Pero el detective privado no tiene nada. Ha de deambular por un mundo sin Dios, sin nobleza, cínico y escéptico, arrastrando las contradicciones y penas del mundo que le rodea. Marlowe es icónico. Y Chandler un maestro en las distancias cortas, que es donde se la juega un escritor de verdad.

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