Belfast mira adelante

Iñaki Pardo Torregrosa
Dos colores predominan en Belfast. El gris y el verde forman un monótono y húmedo paisaje, junto con casas unifamiliares que se extienden a lo largo y ancho de la capital de Irlanda del Norte. Raro es el día en que no llueve; y el centro de la ciudad se asemeja al de cualquier otra ciudad británica, igual que su gente –la mayoría rubios o pelirrojos – , pero si uno se aleja un poco de las principales calles no tardará en descubrir el pasado reciente de la ciudad: un conflicto que empezó a agonizar a finales de los 90 pero que todavía hoy pervive en la simbología y en algunos altercados puntuales.
Kelly’s Cellar es un pequeño bar donde sirven un estofado irlandés delicioso por cuatro libras. Está en el centro de Belfast, bastante escondido pero más al oeste que muchos de los barrios católicos en esa zona de la capital. Allí se reúne la clase obrera católica o republicana y todo está escrito en gaélico. Un hombre mayor se toma una pinta al calor de la lumbre mientras suenan canciones rebeldes irlandesas. En la pared hay escenas de soldados irlandeses y en la barra varias pegatinas que llaman la atención: una pancarta de Euskal presoak etxera, una ikurriña, una estelada, “Libertad para los presos gallegos” o la bandera revolucionaria gallega, la estreleira. Desde aquí, Dublín parece casi británico. Por lo que se ve en el bar, cualquiera diría que el conflicto sigue muy vivo.
Brendan come en la barra. Es familiar de los que llevan el local y asegura que la situación en Belfast es muy mala para los trabajadores. Tiene 36 años y es fontanero desde hace veinte. Con la crisis se ha quedado sin trabajo. “Cuando la construcción iba bien, me iba bien, luego me tuve que hacer autónomo, pero nadie me llamaba y ahora ya no tengo trabajo”, dice. Habla del odio hacia los políticos, la ineficacia de los recortes. Se queja de que “la gente solo va al bar el fin de semana y consume poco, compran cosas más baratas y así nunca se saldrá de la crisis”. Y llegamos a la cuestión inevitable: ¿con la crisis ha aumentado la violencia sectaria? Dice que no, que solo quedan hoy trifulcas aisladas en algunos barrios.
A menos de cinco minutos del bar, enfrente de la Europa Bus Station, sucede algo inesperado: una manifestación de cuatrocientas personas –según la policía– contra la primera clínica abortista privada en Irlanda del Norte, Marie Stopes. Acuden católicos y protestantes, ambas comunidades se han puesto de acuerdo. Es la primera vez que se manifiestan juntos.
Ciara, una de las portavoces de Precious Life, la organización provida que ha organizado la protesta, asegura que “en la manifestación no hay diferencias políticas ni religiosas, son gente en contra del aborto”. Una mujer se acerca con un niño pequeño y le pide que cuente su historia. Joshua, de apenas seis años y muy tímido, explica nervioso que “cuando su madre se quedó embarazada todo el mundo le pedía que abortara, pero ella no lo hizo” y ahora “es muy feliz”. La situación, muy embarazosa para el niño, hace sonreír orgullosa a la mujer, que probablemente es su abuela.
Un hombre se me acerca y señala el edificio donde está la clínica. “Allí está el diablo”, dice, e insiste varias veces en que las dos comunidades están juntas en ambos lados de la Avenida Great Victoria. Al principio algunos pro-​choice –los proabortistas se autodenominan proelección– también se habían contramanifestado, pero ya no están.
Las diferencias políticas están presentes en la manifestación y son sencillas de ver. Solo hay que prestar un poco de atención a las pancartas. Algunas muestran directamente la inclinación religiosa de los manifestantes, en las otras hay un detalle que les delata: unos están bajo el lema de “Irlanda libre de aborto”, los católicos, y otros bajo “Irlanda del Norte libre de aborto”. Ambas comunidades están juntas, pero las diferencias políticas –en este caso también religiosas, sociales y culturales– siguen siendo evidentes.
Un fotógrafo que cubre la protesta espeta que “estos son los que nos quieren llevar al pasado y no al progreso”. La clínica tendrá que explicar en el parlamento de Irlanda del Norte, Stormont, cómo piensan cumplir con la ley. La legislación solo permite interrumpir el embarazo si la vida de la madre corre peligro.
Al llegar a Belfast uno busca los rastros del conflicto. Allí lo llaman the troubles. Hay mucha simbología en las calles, en las banderas que las decoran, en los murales, en las placas de homenaje, pero desde mi anterior viaje a Belfast en 2009 noto que algo ha cambiado.
“El conflicto sobrevive en las zonas más pobres a través del sectarismo. Hay alguna agresión, casas quemadas, y en los días cercanos al 12 de julio hay más focos por las marchas Orange, pero son hechos aislados”, explica Jaume Castán Pinos, doctor en Relaciones Internacionales por la Queens University de Belfast. “Todo está muy controlado y el apoyo social a la violencia es ínfimo e insignificante”, añade Jaume. Se intentó que la policía, la Ulster Police, fuera 50 por ciento católica y 50 por ciento protestante, pero el porcentaje sigue siendo mayoritariamente protestante, en un 72 por ciento. Los funcionarios de prisiones siguen siendo más protestantes que católicos y 2012 era el último año para intentar que hubiera equilibrio entre ambas comunidades en algunos ámbitos de la administración.
Los grandes perdedores del conflicto han sido la clase obrera católica y la protestante. En los barrios donde viven –que es donde hay algún foco de violencia – , las tasas de paro son altísimas respecto al resto de barrios. Y la crisis que azota a Europa agrava todavía más la situación.
La clase media empieza a cohabitar en lugares concretos, como en algunas partes de Ormeau Road, es decir, no solo en zonas elitistas. “Ella es mi mejor amiga y es católica, yo soy protestante”, explica una estudiante de psicología. Les acompaña una estudiante de historia. Es protestante pero asegura que va a investigar para saber qué es lo que realmente ha pasado en todo este tiempo, qué motivos tienen ambas comunidades. Pero deja claro que esto ya es agua pasada.
Aunque la herida ha empezado a cicatrizar, la gente en seguida se identifica cuando les preguntas de qué comunidad son, y en algunos barrios –como Ardoyne, Short Strand, Tiger’s Bay, Rathcoole o Shankill– la distancia entre ambas comunidades sigue siendo casi insalvable. Al pasear por esas zonas es fácil concluir que realmente han sido los peor parados en este conflicto que empezó a agonizar en 1998. Sin embargo, ahora en Irlanda del Norte el conflicto está en otra parte: la crisis que azota a la mayoría de Europa. La simbología de Belfast ha quedado para la historia, el recuerdo y los altercados aislados.

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