Acerca del genocidio armenio

Carlos Eymar
“Moi je suis de ce peuple
qui dort sans sépulture
que a choisi de mourir
sans abdiquer sa foi”
(Charles Aznavour, Ils sont tombés)

Muchos franceses de origen armenio, como Aznavour, han venido empujando en la misma dirección. Pero la reciente aprobación por el Senado francés de un proyecto de ley que penaliza la negación del genocidio armenio en 1915, a manos del imperio otomano, ha desencadenado un verdadero conflicto diplomático. Turquía ha calificado el hecho de irresponsable y racista, ha negado su autorización para el sobrevuelo de aviones militares franceses en su espacio aéreo, y ha amenazado con retirar a su embajador en París y romper acuerdos comerciales y de cooperación con Francia. Muchos turcos se ejercitan en una especie de videojuego, colgado en la red, consistente en abofetear la imagen de Sarkozy. Los armenios, de Armenia o de la diáspora, que han visto reconocida una vieja aspiración, están eufóricos y han comenzado a bautizar a sus hijos con el nombre del presidente francés.
A las críticas de los turcos hay que añadir las de algunos historiadores que han rechazado la posibilidad de que un Estado democrático pueda proclamar verdades oficiales en cuestiones históricas que se consideran problemáticas. Por otra parte, algunos han puesto de manifiesto que Francia no puede dar lecciones a nadie en materia de genocidio y, en este sentido, hablan de un genocidio en Argelia o resucitan las masacres cometidas por los revolucionarios franceses en La Vendée, en 1794.
Por lo que yo sé, confiando en algunos historiadores como Yves Ternon, lo visto en algunos documentales y el testimonio verosímil de algunos armenios de la diáspora, no tengo duda de que los hechos ocurridos en la península de Anatolia, a partir del 24 de abril de 1915, se ajustan perfectamente a lo definido en la Convención de 1948 sobre la represión del delito de genocidio. Las notas diplomáticas de embajadores y cónsules están ahí para dar cuenta de aquella situación de masacres y de sometimiento de los armenios a condiciones extremas de existencia orientadas a su exterminio. Tan solo, debido a la ausencia o inexactitud de los censos, hay divergencias en cuanto a la cuantía de las víctimas, oscilando desde las 300.000, reconocidas por los propios turcos, hasta los dos millones. Más preocupante que la ley francesa es la ley turca que condena a quien afirme la existencia del genocidio armenio y ahí está la figura de Orhan Pamuk para testimoniar que esa ley es algo más que papel mojado.
La negación del genocidio implica, en el fondo, un sentimiento de continuidad, de herencia espiritual, con respecto a aquellos Jóvenes Turcos que, a partir de 1910, adoptaron una actitud nacionalista e islámica que se cebó en los armenios. Pues, la principal seña de identidad de éstos era la de ser portadores de uno de los más viejos cristianismos del mundo, que algunos hacen remontar a San Bartolomé y que cuenta con una valiosa tradición espiritual en la que se incluyen místicos universalmente reconocidos como Gregorio de Nareck, en el siglo x. El actual recrudecimiento de la persecución a cristianos en países islámicos, como Nigeria o Pakistán, suele acompañarse de la complaciente banalización de conductas atribuidas a “grupos incontrolados”, que es, por otra parte, uno de los argumentos utilizados para negar el genocidio armenio. Por eso, reconocer su existencia, aunque sea en la islámicamente moderada Turquía, es no solo un acto de respeto a los muertos, sino una forma de reivindicar la tradición del racionalismo musulmán capaz de integrarse en Europa.
En cuanto al valor de la ley francesa comparto el criterio de Bernard-​Henry Lévy acerca de que no se puede mezclar todo y de que se trata de legislar solo sobre genocidio y de sancionar a quienes, negándolo, amplifican y perpetúan el gesto genocida. Porque genocidios (macrogenocidios) solo ha habido cuatro en el siglo xx: el de los armenios, el de los judíos, el de los camboyanos y el de los tutsis.

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