Algo más que una utopía

Beatriz Fernández Olit
Cuando a una persona le hablas por primera vez de banca ética, la reacción inicial suele ser una expresión de incredulidad, cuando no de guasa. Pero superado el choque inicial se crea un interés sincero en conocer de qué va esto. Aquí surge el problema de definir la banca ética, porque no existe un modelo único y nadie otorga un “certificado” de banco ético. De forma general se puede definir como aquella banca que se guía por los principios de transparencia y democracia, que tiene en cuenta criterios de carácter social y ambiental al seleccionar sus inversiones, además de los estrictamente financieros, y que intenta fortalecer el sistema de economía social a la vez que lucha contra la exclusión social y financiera. Pero no todos los bancos éticos encajan exactamente en este perfil.
En Europa existe ya una multitud de bancos éticos, e incluso una federación, Febea. Explorando los diferentes modelos podemos hacernos una idea más ajustada de la realidad de la banca ética en nuestro entorno. Hay entidades, como el británico Cooperative Bank o la mallorquina Caixa Pollença, que se remontan al siglo xix, y que se han reinventado como bancos éticos gracias al mantenimiento de la misión social con la que se crearon: la integración financiera de colectivos en riesgo de exclusión, y el impulso social y económico de entornos desfavorecidos. Estas entidades han actualizado sus principios, imponiendo filtros para evitar financiar actuaciones con gran riesgo social, como la producción armamentística.
Pero la estrategia definitoria de la banca ética más conocida es el uso de criterios éticos, y de beneficio social o ambiental que ha de cumplir todo proyecto que aspire a ser financiado. En esto se basa la actividad de bancos muy establecidos, como Triodos Bank (Holanda y, entre otros, España) o Banca Popolare Etica (Italia). Algunas entidades, como el MerkurBank (Dinamarca), parten de una filosofía más vinculada al medio ambiente, la agricultura ecológica; mientras que otros, como el Charity Bank (Reino Unido) financian proyectos de integración social y de cooperación al desarrollo propuestos por ONG o empresas sociales. Al margen de estos filtros, también existen entidades que se consideran banca ética por su renuncia a utilizar el tipo de interés como base para las transacciones bancarias. Este sería el caso de la cooperativa sueca JAK.
La estructura y transparencia corporativa también define a los bancos éticos: en España, Fiare, al igual que su socia Banca Popolare Etica en Italia, está participada por particulares, ONG, cooperativas y otras instituciones sociales, y se rige bajo el principio de un socio un voto. Lo que proponen es un modelo participativo, un banco en manos de la ciudadanía, cuya participación no esté fundamentada en el ánimo de lucro, y que hace gala de transparencia, informando públicamente de todo lo que ha sido financiado con los ahorros depositados en la entidad.
En definitiva, un lugar común para cualquier banco ético es la sensibilización social y la demostración de que otra banca es posible, y de que el dinero puede ser utilizado para conseguir un mundo mejor.

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