Atrévete a pensar ¡y a creer!

Josep Maria Margenat
Presentamos en Córdoba Siempre de vuestro lado, el libro testimonio reflexivo que ya valoró en 2008 Rosario Bofill en El Ciervo, y dialogamos con Maite Pagazaurtundúa y Alfredo Tamayo Ayestarán. Las dos horas de “Conversaciones de la Biblioteca Loyola” supieron a poco. Me encontré ante dos personas que creían en la dignidad humana, en la capacidad de curar heridas, en el valor de la palabra para la lucidez que nos exigen estos tiempos, como en otros sirvió para el coraje de sostener el derecho a la vida, y ésta digna. Pocos días después falleció en Córdoba a sus 99 años Carmen Schrader Angerstein, la única que aún vivía de los cuatro españoles distinguidos en 1988 por el Memorial Yad Vashem de Jerusalén. Recuerdo a la señora Schrader en el matrimonio de uno de sus nietos que bendije hace pocos años. La trataban con especial cariño y deferencia. Católica convencida, originaria de una familia protestante sajona, la señora Schrader se casó con el diplomático cordobés José Ruiz Santaella, primer director de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Córdoba, quien ocupó desde 1942 el cargo de agregado diplomático en Berlín, lo que valió para esconder a tres mujeres judías y lograr su salvación. La historia de los “Schindler” españoles todavía es poco conocida, aunque una reciente película ha divulgado la peripecia de estos hombres y mujeres comprometidos con la libertad de pensamiento y de creencia. No temieron la muerte, no la temieron tanto que temieran perder su vida.
Gracias a ellos, podemos mirar a los ojos de las víctimas, pues, como nos explicaba Maite Pagaza, los terroristas y sus cómplices no son capaces de ver lo que han hecho. Este drama forma parte de la herida. En el mensaje para esta Cuaresma Benedicto XVI ha invitado a “fijarse”, como dice Jesús, en los pájaros del cielo, pero también a “reparar” en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano. Hemos de aprender a mirar la realidad, a fijarnos en la que nos llena y, aunque giremos instintivamente la mirada ante lo duro y difícil, hemos de “fijarnos” en aquello menos soportable. Hemos de atrevernos a pensar y a creer en las posibilidades de humanización de lo humano que hay escondido o reprimido en las personas.
Escribía Raïssa Maritain en Las grandes amistades que la tradición francesa se enraizaba en una fe sólida, la católica, apoyada en una amplia cultura intelectual. Echo de menos un proyecto cultural cristiano para la sociedad española, una fe apoyada en la cultura, capaz de dialogar en igualdad y con empatía, no desde la prepotencia ni desde la ambigua inferioridad. Recuerdo la sorpresa suscitada por el nombre tala (pronunciése como palabra aguda) dado a los estudiantes de la Escuela Normal, los normaliens que eran católicos practicantes. Eran llamados así porque iban a misa y eran convocados: “Ceux qui vont-​à-​la messe!”.
Tengo un amigo, ahora jesuita, que fue tala. Antes había militado en el Partido Socialista y estudiado en la rue d’Ulm, el “semillero” de la inteligencia universitaria francesa. Lo explica Raïssa Maritain: en 1905 eran sólo cuatro o cinco en la École Normale Supérieure, mientras que en 1912 los talas eran más de un tercio de la Escuela. Me gustaría un catolicismo tala en España. Todavía lo hay en Francia, donde es normal que entre las primeras cosas que te pueden decir de un obispo como el actual de Angulema es que es un tala. En España nos vendrían bien católicos que están en los medios más seculares y que “van-​a-​misa”, es decir, que se atreven a pensar, ¡y a creer!
Últimamente he leído a algunos articulistas la apelación kantiana Sapere aude. Hemos de atrevernos a pensar. Vivimos inmersos en miedos, pues miedo es la palabra que recibimos de muchas jerarquías, político-​estatales o regionales o europeas, financiero-​económicas, también las eclesiásticas. Vivimos envueltos en miedos con los que nos amenazan. En vez de organizar las perspectivas sobre la realidad (“jerarquizar”), nos desordenan en un caos ingobernable. Hay “órdenes”, pero no hay orden, sino aquel miedo que nos impide pensar y creer. Por todo ello creo que es esencial el testimonio y mensaje de gente como Maite Pagaza o Carmen Schrader: personas capaces de pensar y de creer, audaces, como querían Kant y Konarski, para pensar y, más aún, audaces para creer.

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