La realidad y sus conflictos

José Ángel Cilleruelo
Cuando se habla de recortar el presupuesto en educación se aducen argumentos en su contra que claman por su obviedad. Y cabría repetirlos siempre, también ahora, pero por abrir el debate recordaré dos aspectos colaterales que subrayan lo injusto de este proceder. En la abultada memoria del despilfarro del dinero público que el país guarda de los últimos veinte años, rara vez aparece implicada educación. No se conoce ningún nuevo edificio con las aulas vacía, como ocurre con aeropuertos o trenes; más bien ocurre lo contrario, institutos recién inaugurados que ya necesitan barracones. Tampoco los jueces han implicado a tramas corruptas que afecten ni siquiera a cargos de Educación. No posee un presupuesto que atraiga especuladores ni pelotazos, ni siquiera que haya permitido ningún tipo de exceso. Ha sido el presupuesto más raquítico de la democracia, y basta darse una vuelta por un colegio o un instituto público para ver cómo la imaginación suple las deficiencias como hábito cotidiano.
Por otra parte, la sociedad española, encabezada por sus políticos electos, decidió realizar una reforma en profundidad de la educación, extendiendo su obligatoriedad hasta los 16 años. La implantación de esta reforma transformó el ámbito de la Secundaria. Las aulas se llenaron de adolescentes que no querían ni soportaban permanecer dentro de un aula. Dos décadas más tarde, la Secundaria pública, la más afectada por la reforma, ha minimizado aquellos efectos y ha superado, además, la prueba de sumar e integrar en las aulas un aluvión migratorio sin precedentes en la historia del país. Todo ello realizado con presupuestos ajustados al euro y plantillas negociadas siempre con cicatería administrativa.
La sociedad española ha de ser conscientes de que cualquier recorte de medios o plantillas le devolverá necesariamente a la época traumática inicial de la reforma, puesto que en Educación nada de lo conseguido se reproduce por sí mismo. Cada septiembre se inicia un curso y cada año hay que empezar a integrar diferencias y desactivar conflictos desde cero.

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