Llevábamos 35 años casados

Marie Timlin
Llevábamos 35 años casados. Todos ellos con sus momentos buenos, inolvidables, tristes, días y días de comer juntos, compartiendo mesa, cama, sueños. De manera muy sutil veo un cambio en la expresión de sus ojos. A través de la mirada intercambiamos información muy sabia, muy antigua. Sabemos que nuestro paseo por la vida está cogiendo otro rumbo. Nuestro reto como pareja va a ser llevar esto a la consciencia activa. Empieza una larga lista de pruebas que acaban en la consulta de oncología, mesa y ordenador entre los tres. Los ojos bailan, los de la doctora hacia mi esposo, hacia mí, al ordenador. Los de él bailan asustados, buscando el ritmo a tomar, cómo moverse en esta situación nueva, buscan algo de esperanza en los ojos, en las palabras de la doctora, algo en donde agarrarse. Muy sutilmente ella transmite cierta seguridad, no sabemos exactamente en qué, pero seguridad de que estamos en sus manos. Ella nos va a cuidar. Él se pone en sus manos, físicamente, emocionalmente, casi como si fuera un noviazgo. La silla chirría mientras se levanta y empieza una aventura, un viaje a lo desconocido, a lugares muy oscuros, lugares dolorosos, a conocer el miedo, el amor, la amistad, la esperanza, la desesperanza. Sus pasos son lentos, pesados, como si estuviera preso de una situación, como si los ojos de todo el mundo se posaran sobre él. Este cuerpo que siempre respondía, de repente falló. Hay que envenenarlo para curarlo, tiene que perder el pelo, tiene que verse débil.
Los pasos del baile se vuelven más lentos, inarmónicos. Viajes al hospital, otra vez delante de la doctora. Intercambian información íntima. Ella es como si fuera otro miembro de la familia. Mientras tanto se suceden cosas muy normales de la vida: cumpleaños, Navidad. Yo sé que es la última Navidad, pero no me atrevo a decírselo. Las preguntas se vuelven más profundas. ¿Dónde está Dios en este baile? ¿Dirige la orquesta de la vida? Él no quiere mirarme a los ojos. La expresión en ellos es de rabia, no hay otra palabra para describirla. Los míos se alzan porque no hay otro lugar donde dirigirlos sino hacia arriba. ¿Es este el momento cuando la palabra “curar” se convierte en “cuidar”?
Los dos conceptos, curar y cuidar, ocurren desde dentro hacia fuera. Van bailando de la mano. Realmente no puedo curar sino también curar, y al revés. ¿Qué quiere decir “curar”? En el sentido más profundo de la palabra quiere decir: conseguir que la persona se vuelva entera, que se sienta sanada, que pueda sentir el amor en su corazón, a pesar de su situación, tanto él que se va como el que se queda. Puede ser que signifique la aceptación de una situación, la aceptación de uno mismo.
Hay un momento de luz, ¿quién es la persona que tiene más suerte, el que se va o el que se queda? Consigo decirle: “Sé lo que está pasando y lo acepto”. El baile se convierte en un vals. Él me cuida a mí, yo le cuido a él. Curamos situaciones y conceptos que teníamos el uno del otro. Nos sanamos mutuamente.
Un día él abre sus brazos y da un paso más. Yo le acompaño hasta el mismo portal. El baile continúa, ahora es un baile interior de paz y aceptación. La música se ha vuelto más suave. Yo me quedo serena, algo más ligera de equipaje, con la sensación de haber recibido una gran enseñanza de vida.

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