La suave agonía

Salvador Giner
La izquierda tradicional ha dejado de ofrecer nada interesante. Su lenta y suave agonía se va cumpliendo irremisiblemente. Quienes todavía esperan de ella un milagro –los milagros no existen, demostró Spinoza hace tiempo– abandonarán pronto un día sus falsas creencias. No es recomendable que se hagan de derechas, siguiendo el ejemplo de tantos antiguos progresistas, conversos súbitos al neoliberalismo. Es recomendable que se hagan de izquierdas, es decir, que abandonen toda esperanza de reanimación del muerto y que pasen a engrosar aquellos movimientos sociales que, sin discusión, pertenecen a la izquierda. Pero no a la tradicional, cuyo interés arqueológico crece con el paso del tiempo.
El declive del progresismo empieza a tener una historia venerable. El anquilosamiento creciente de los sindicatos, la oligarquización de sus dirigentes; la petrificación paralela de los partidos que son menos de derechas o están escorados hacia la izquierda (naturalmente, desde la derecha); el absoluto abandono de los ideales de crear una sociedad civil progresista (si existen asociaciones cívicas progresistas, lo son al margen de la izquierda oficial); el olvido imperdonable de lo que constituye el núcleo de la izquierda: el esfuerzo por crear una sociedad autogestionada (¡hace unos pocos años todavía hablaban de autogestión!). El fomento prioritario del coopertativismo: ¿hay socialismo sin autogestión? La voluntad de promover el igualitarismo en libertad: es decir, educación de calidad para todos, discriminación positiva para las clases subordinadas. Nada de esto queda.
En su lugar tenemos partidos de extrema derecha reclutando el voto obrero, partidos socialistas incapaces de practicar la solidaridad internacional pacifista; y lo peor de todo, una ausencia total, ensordecedora, de ideas de izquierda.
Por lo menos desde el principio de los Foros Sociales Mundiales de Porto Alegre la iniciativa está en otro lugar. Un lugar poblado de indignados que logran visibilidad efímera, rodeados de una indiferencia tan potente como es intensa la atención mediática a cualquier explosión de ira por parte de los humillados y los ofendidos. La indigencia de ideas de estos movimientos es también grave. Al menos los socialistas tradicionales confiesan en voz baja que no saben qué decir, salvo que si se les deja mandar serán buenos administradores del orden capitalista que tanto aman y harán menos pupa que cuando manda la banca y las finanzas. Los movimientos de izquierda –que los hay, pero no son tradicionales– por su parte proponen algunas cosas, pero no superan su propia soledad porque se aferran a nociones como la de que “otro mundo es posible” pero no nos explican ni cómo, ni cuándo será posible. Dicho esto con todo el respeto que merecen las diversas aportaciones hechas para desarrollar una teoría viable, palpable, identificable de la economía política del poscapitalismo, que pueda considerarse de izquierdas. No critico, constato.

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