¿Tendrá razón Paul Krugman?

Pere Escorsa
El pasado 8 de marzo la prensa se hizo eco de unas declaraciones de Krugman: “España va hacia la catástrofe. Las medidas de austeridad no sirven para ayudar a la economía española, sino que refuerzan la espiral a la baja y, si se amplían, acercarán la posibilidad de una catástrofe real. Siempre he visto a España, y no a Grecia, como el país por excelencia de la crisis del euro”. Habría que matizar lo que se entiende por catástrofe, ¿acaso no es catastrófica la situación actual? Pero, sin duda, Krugman se refiere a una situación todavía peor: suspensión de pagos de la economía española, préstamo del Fondo de Rescate europeo e intervención de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) que impondría recortes más drásticos, tales como rebajas de las pensiones y de las prestaciones por desempleo, despidos masivos de empleados públicos, aumento de los impuestos, etc.
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía en el 2008, es profesor en la Universidad de Princeton y columnista habitual en el New York Times. Es proverbial su independencia de criterio. Se define como neokeynesiano, partidario de fomentar el gasto público en épocas de depresión. Muy crítico con la política económica de Bush y también con la de Obama, aunque reconoce que las cosas van mejor ahora. Fustiga sin contemplaciones las ideas del Partido Republicano en la oposición. En completo desacuerdo con el rumbo de la economía europea.
Krugman ha estudiado a fondo las crisis recientes. Las de México, en 1982 y 1994, la de Argentina en el 2001, las de Japón, Corea del Sur, Tailandia e Indonesia en las década de los 90 y, por supuesto, la Gran Depresión de la economía norteamericana en los años 30 del siglo pasado. Aunque cada crisis es distinta, sus soluciones presentan rasgos comunes: devaluación de la moneda, inyecciones masivas de liquidez a los bancos para que el crédito vuelva a fluir, mantenimiento de un tipo de interés bajo, aumento del gasto público. Krugman se muestra particularmente crítico con las políticas habituales del Fondo Monetario Internacional: “La austeridad ha sido un fracaso en todos los lugares donde se ha probado; ningún país con deudas importantes ha conseguido congraciarse con los mercados financieros haciendo recortes drásticos”.
Cuando escribo este artículo, dos días después de la huelga general contra la reforma laboral y un día después de la presentación de los Presupuestos para el presente 2012, la economía española está en el ojo del huracán. La deuda pública asciende al 68,5 por ciento del PIB, cuando en el 2007 era sólo del 36,3 por ciento, la prima de riesgo se acerca a los 370 puntos y el desempleo sigue aumentando y afecta ya al 23 por ciento de la población activa. En el extranjero muchos comentaristas especulan sobre una próxima intervención.
El pasado 2 de marzo Rajoy anunció, sin el aval de Bruselas, que el objetivo del déficit para el presente años sería del 5,8 por ciento, en lugar del 4,4 por ciento comprometido. El rapapolvo fue inmediato, y pocos días después el Eurogrupo exigió a España apuntar al 5,3 por ciento (¡qué revelador el estrangulamiento amistoso de Jean-​Claude Juncker a De Guindos!). Se trata pues de pasar de un déficit del 8,5 por ciento del pasado 2011 al 5,3 por ciento en este año. Según Ángel Laborda, director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros, Funcas, este ajuste obligará a un recorte de gastos y/​o aumento de los ingresos de unos 55.000 millones de euros. ¿De dónde se sacarán?
En el Presupuesto recién presentado, el ajuste es de 27.300 millones de euros. Los gastos de los Ministerios se recortarán un 17 por ciento de media. Se modifica el impuesto de Sociedades. Se aprueba una amnistía fiscal para aflorar el dinero negro. Sube el impuesto al tabaco. Pero me temo que estas medidas no serán suficientes para lograr el 5,3 por ciento este año y el 3 por ciento en 2013. Un crecimiento negativo implica una recaudación fiscal más baja. Además, los mercados siguen sin confiar en una economía que no crece, que tiene un paro gigantesco, una deuda exterior enorme y una creciente conflictividad social.
Es muy probable que Krugman acabe teniendo razón. Europa necesita urgentemente políticas monetarias y de gasto público más expansivas. Si no se aplican, la depresión se agravará más. La austeridad de Angela Merkel y de las autoridades europeas puede pasar a la historia como el gran error del siglo xxi, similar al que el presidente Hoover protagonizó en el pasado siglo, cuando su intento de aumentar los impuestos y reducir el gasto público para equilibrar el presupuesto hundió a los Estados Unidos en la Gran Depresión.

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