La indolencia de la izquierda

Ignacio Fernández Toxo
A pesar de las distintas interpretaciones existentes sobre cómo afrontar la actual crisis, hay un consenso muy amplio en considerar que la insuficiente regulación y control público de las actividades del sistema financiero fue su causa principal. Sin embargo, lo que derivó en un consenso generalizado no pasó de una mera argucia retórica para, finalmente, no hacer nada. Fue el momento en que la izquierda pudo levantar la cabeza y reivindicar el tiempo de la política y la democracia. Ni siquiera eso fue capaz de hacer. Solo algunas voces, como la del expresidente brasileño Lula da Silva, indicaron el camino de la izquierda y apuntaron pautas de intervención política que aplicaron en su país, para reducir drásticamente la pobreza, ampliar los márgenes de justicia social y simultáneamente mantener un fuerte ritmo de actividad económica y creación de empleo.
Pero el declive de la izquierda se manifestó con mayor crudeza en Europa. Los pocos gobiernos de perfil socialdemócrata y los partidos socialistas acabaron devorados por la “ética de la responsabilidad”, o lo que es lo mismo, por el discurso del déficit y el equilibrio de las cuentas públicas, en detrimento de los estímulos a la economía y el empleo. Lo más sorprendente es que quienes imponen estas políticas son, fundamentalmente, los centros de poder financiero, los mercados y sus propagandistas políticos, los mismos que nos metieron de hoz y coz en la crisis.
Lo que trato de advertir es la indolencia de la izquierda para construir un discurso económico alternativo al que hoy domina en la Unión Europea, y que nos conduce a la ortodoxia liberal de “sálvese quien pueda”. Es, por tanto, urgente desde la izquierda avanzar una propuesta política con dos grandes ejes de intervención:
1. La reivindicación de la política y la democracia frente al chantaje de mercados e instituciones financieras.
2. Abordar el doble reto de la economía española: superar las deficiencias para crear empleo y hacerlo con una distribución equilibrada de los esfuerzos entre personas y territorios.
Conscientes de la incertidumbre sobre la evolución de la economía mundial, y cómo puede afectar esta situación a las economías europeas, y fundamentalmente a la española, creo imprescindible despejar un problema de capital importancia: el que hace referencia al modelo productivo. Hay que rechazar el camino de las operaciones inmobiliarias, con mano de obra poco cualificada, que ha demostrado sus límites y sobre todo sus inconvenientes, no limitados a la deuda sino extensibles al desbarajuste urbanístico, ya irreversible en la sociedad española, y explorar la vía del mayor valor añadido de los bienes y servicios que necesita de una población con mejor educación y un tejido productivo con más base tecnológica para mejorar la productividad de todos los factores de producción.

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