Líbano, pacto de silencio

Contrast/​Fora de Quadre
El libanés Assaad Chaftari era responsable de los servicios de inteligencia de la milicia falangista cristiana durante la guerra del Líbano, en la que murieron más de 200.000 personas entre 1975 y 1990. “Al final del día, alguien tenía que decidir, y en general era yo, si tenían que morir o no. Y yo solía tomar con facilidad estas decisiones tan duras, porque pensaba que estaba haciendo mi trabajo, protegiendo a mi comunidad y a mi país”. Chaftari tuvo en sus manos la vida de muchas personas. Años después del fin oficial de la guerra, este antiguo militar escribió una carta que publicaron casi todos los diarios del país para pedir perdón: “Perdón a todas aquellas personas de quien fui verdugo o que fueron mis víctimas. Perdón por considerar que tanto yo como mis camaradas estábamos siempre en el bando correcto”. Su carta conmocionó a un país en eterno conflicto.
Chaftari es uno de los protagonistas del documental Líbano. Pacto de silencio, producido por las asociaciones de periodistas Constrast y Fora de Quadre con el apoyo de la Fundación Quepo, que acaba de ganar el Memorial Joan Gomis de 2012. El documental forma parte de la serie “Bosnia, Líbano, Argentina, Ruanda, Sudáfrica, Guatemala, Camboya… Después de la paz”, que estos colectivos iniciaron en 2011 con los casos de Bosnia y Líbano y que este año les ha llevado a Guatemala y Ruanda, capítulos que presentarán el próximo otoño.
Los periodistas y sus medios de comunicación suelen cubrir en profundidad y con muchos recursos las guerras, pero se olvidan casi por completo de cubrir y explicar las paces. La serie documental pretende explicar y confrontar los diferentes caminos hacia la paz. Una paz entendida no solo como la ausencia de guerra, sino, de forma global, una paz positiva en la que no existe la violencia directa pero tampoco la violencia estructural y cultural. Demasiado a menudo se considera que ha llegado la paz a un territorio cuando se firman los acuerdos, cuando lo cierto es que entonces es cuando empieza realmente el camino a la paz y el trabajo más importante.
¿Qué sucede con las víctimas cuando se da por finalizada la guerra? ¿Cuáles son las iniciativas psicosociales que se llevan a cabo para borrar las secuelas y el sufrimiento? ¿Llega la paz a un territorio después de la firma de los acuerdos de paz entre dirigentes que se han mirado desde la distancia los hechos y no han sufrido tanto como la población civil? ¿Cómo pueden perdonar las víctimas de un pueblo masacrado si no se han llevado a cabo políticas de reconocimiento y reparación?
Uno de los problemas principales de las postguerras es la espinosa y casi nunca resuelta cuestión de los desaparecidos y el duelo alterado de sus familiares. Es el caso de Waddad Halwani, presidenta del Comité de Familiares de Personas Desaparecidas. En 1982, en plena guerra, dos hombres armados entraron en su casa y se llevaron a su marido, un activista de izquierdas, para interrogarlo. Nunca más le vio. “La guerra no ha acabado para mí. Llevo 29 años buscando a mi marido desaparecido y para mí esto no es paz”. Halwani consiguió llamar la atención en Líbano cuando hizo una llamada en una radio local para reunirse con más personas que estuvieran en su situación y así luchar juntas para buscar a sus desaparecidos. Para su sorpresa, centenares de mujeres y niños acudieron al encuentro. Pero su lucha no ha conseguido la respuesta de los sucesivos gobiernos libaneses en estas últimas dos décadas de frágil paz. Los informes oficiales concluyeron simplemente que todos los desaparecidos estaban muertos después de corroborar la existencia de múltiples fosas comunes sin llevar a cabo ninguna exhumación.
Halwani, aún luchadora y emocionada, concluye que “la paz nos alivió, pero las autoridades no nos apoyaron para resolver la situación”. Al contrario, según ella, “nos marginaron más en tiempos de paz”. Ante la falta de respuesta ante sus demandas, el Comité de Familiares de Personas Desaparecidas está plantado desde el año 2005 ante el edificio de Naciones Unidas en Beirut.
Waddad Halwani necesita el cuerpo de su marido para cerrar su duelo y poder plantearse el perdón. Pese a ello, ve necesaria una reconciliación entre las comunidades cristianas, chiitas, sunnís y drusas en Líbano. Quiere evitar que las futuras generaciones hereden sus “males”. El documental de Contrast y Fora de Quadre muestra una escena en que Halwani –musulmana, víctima– y Chaftari –cristiano, exmilitar– dialogan sobre el futuro. Ninguno de los dos quiere ver a sus hijos o nietos en manifestaciones dentro de diez años reclamando justicia. Chaftari no justifica su participación en la guerra, pero explica como la imagen que tenía desde niño sobre los musulmanes le ayudó a cosificar al enemigo: “Ellos eran los ‘otros’. La verdad no es lo que ves, sino lo que escuchas en casa y en tu entorno sobre ellos, y yo no conocía demasiados musulmanes”.
Estos casos no son mayoría en el Líbano de hoy día. Es más, seguramente, son una minoría. La paz es absolutamente frágil y cimentada en el dinero. Sin embargo, el documental quería dar espacio a estas iniciativas de paz, verdad, memoria y reconciliación que normalmente olvidan los medios de comunicación. La guerra vende, la paz no interesa.
Adoptando un punto de vista distinto del habitual, los colectivos Contrast y Fora de Quadre apuestan por el periodismo de paz como método. El objetivo, ni neutral ni equidistante, es reforzar y difundir el trabajo a favor de la paz, los derechos humanos y la eliminación de la pobreza. Los documentales de la serie ‘Después de la Paz’ hacen más énfasis en lo que sí ha funcionado en materia de construcción de paz y justicia que en seguir focalizando la información sobre las desavenencias, conflictos y odios que aún existen. Sin esconder lo que no funciona y basándose en una mirada crítica, los autores se esfuerzan por reivindicar las iniciativas que han tenido éxito, mayoritariamente nacidas de la sociedad civil de base.
Un ejemplo de experiencia positiva es la labor de recuperación de la memoria olvidada de la arquitecta Mona Hallak en Beirut. Cuando volvió después de la guerra a la capital, se encontró el centro histórico arrasado por los bulldozers. “Fue un shock para mí. El primer ministro Hariri había creado una compañía inmobiliaria para crear un nuevo centro histórico limpio, brillante y rico. Fue doloroso, porque la historia no importaba, ni la identidad ni la memoria. Todo fue vendido por dinero”. Hallak se dedicó entonces durante meses a buscar edificios que guardaran indicios de la vida libanesa antes de la guerra. Y, finalmente, encontró “su” edificio.
Situado estratégicamente en la llamada línea verde de Beirut, que separaba el Oeste musulmán y el Este cristiano, el edificio sirvió para los francotiradores. Para la muerte. Sin embargo, antes había hospedado a familias cristianas y musulmanas sin problema. En 2003, después de años haciendo presión, convenció al Ayuntamiento de Beirut para expropiar el edificio y convertirlo en el museo de la memoria de la ciudad, el Beit Beirut.

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