Anizeto Calzeta

Guillermo Fesser
Hace muchos, muchos años, cuando el mundo era algo más inocente y te pasabas los veranos jugando a la vuelta ciclista en circuitos de arena por los que avanzaban las chapas de Fanta, a mí me mandaban pronto a la cama. Hicieras lo que hicieras por intentar despistarles, los padres siempre descubrían la presencia de los delatadores rombos en la pantalla de televisión y con un gesto te indicaban que había llegado el momento de plegar velas. Pasada la primera indignación, en mi casa el disgusto tenía premio. Bastaba con introducirse en las sábanas, recostar la cabeza en la almohada y gritar con todas las fuerzas: “¡Tararíííííííííííííí!” Entonces aparecía mi padre en el cuarto. ¿Listo? Sí. Y comenzaba el relato de las Aventuras del Explorador Mínguez y su mona Chita. Episodio improvisado que continuaba el de la noche anterior y que terminaría con un “continuará” para la siguiente. Aventuras que tenían un punto de Salgari salpimentado con los cómics de misioneros en África que aparecían en la revista Humo Negro a la que me había suscrito mi abuela. Mínguez era una ventana en alta definición a la fantasía. Viajes a lugares exóticos para un niño que todavía no había descubierto el mar en un país que es todo costa. Luchas entre leones y gorilas para un chaval que solo había visto las fieras deformadas por el relleno de paja en el Museo de Ciencias Naturales. Y peculiares personajes que se asemejaban peligrosamente a parientes conocidos sin llegar nunca a delatarlos. Un cuento que despertó en mí las ganas de conocer más historias. De leerlas y, en última instancia, de escribirlas para intentar despertar en otros ese mismo instinto.

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