El estraperlo

Xabier Basurko
Éramos seis hermanos. Mi madre solía repetir “somos pobres, pero no miserables”. Fiel a ese principio, ella, todo generosidad, no solo crió su numerosa familia; acogió también a un primito que, a los pocos meses, había quedado sin madre; además, con frecuencia, traía a nuestra mesa otros niños de la vecindad, más pobres que nosotros. El padre, cantero, buscaba trabajo en diversos rincones de Bizkaia. La bici era su modo de locomoción; la engrasaba y cuidaba con mimo los domingos por la mañana, cuando todos estábamos aún en cama. Al terminar la semana, además del jornal, nos traía a veces un pan de caserío o un saquito de alubias, para alegría de todos.
Soy de la costa, de puerto de mar. En mi infancia había muchas embarcaciones de bajura, ahora yates de recreo. Con la primavera llegaban los barcos llenos de anchoa. Todos los niños, menos los cuatro “hijos de papá”, acudíamos a las numerosas fábricas de conservas que había en el pueblo, para descabezar las anchoas, clasificarlas por tamaño y preparar su salazón. Con mis nueve y diez años allí me veo, a una con mis compañeros, trabajando largas horas con la masa de anchoa, protegiéndome de la humedad de suelo con mis zapatos de charol estrenados para la primera comunión, y contento de aportar unas pesetas a la necesitada economía familiar. El tema de la explotación infantil no sonaba todavía y todo aquello nos parecía absolutamente normal.
Con los once recién cumplidos entré en el Seminario de Saturrarán (Gipuzkoa). Estamos a finales de los 40 y comienzos de los 50. Allí, durante cinco años y con absoluto desconocimiento del hecho, tanto por parte de los alumnos como de los profesores, habitamos los pabellones recién abandonados por las mujeres de la cárcel franquista, cuya tenebrosa historia estamos descubriendo ahora con estupor.
En los años 8090, cada sábado por la tarde nos reuníamos en la cocina de una familia amiga, para contrastar nuestra vida con el evangelio del domingo. En nuestro grupo estaba Mari Carmen, que a sus quince años quedó huérfana de madre con seis hermanos menores a su cuidado; ella solía repetirnos: “Quiero que mis hijos gocen un poco de la vida; que no pasen lo que yo pasé; quién sabe el futuro que les espera”. Entonces me resultaba una reflexión extraña, hoy me parece menos.
No deseo a nadie nuestras penurias de la posguerra. Pero estoy contento de haberlas vivido. Me han aportado dos cosas fundamentales: ante todo, y previo a cualquier teología de la liberación o proclama exterior, una especie de instinto connatural a favor de los pobres y explotados de la tierra. Luego, una gran sobriedad en mis gustos y comportamientos. En cuanto a esto último, con razón se nos ha sugerido asumir el “paradigma monástico” para los tiempos que se avecinan.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad