El estado de la felicidad

Jordi Pérez Colomé
El Estado de bienestar es un logro enorme. En las páginas de este monográfico recibe todo tipo de elogios merecidos. Una de las secciones más entretenidas es la descripción de la España previa a la democracia, los derechos y el bienestar. Escriben cinco personas cuya infancia y juventud fue en los años 40 y 50. Describen un panorama tétrico: hambre, frío, pobreza. Pero reconocen que fueron, como los recuerdos de infancia de casi todos, años felices a pesar de todo. El caso más impactante es del hoy profesor de Teología Xabier Basurko, que dice: “Con mis nueve y diez años allí me veo, a una con mis compañeros, trabajando largas horas con la masa de anchoa, protegiéndome de la humedad de suelo con mis zapatos de charol estrenados para la primera comunión, y contento de aportar unas pesetas a la necesitada economía familiar. El tema de la explotación infantil no sonaba todavía y todo aquello nos parecía absolutamente normal”.
No hace tantos años que España era así. Las campañas que ahora hacemos para atender a niños en Vietnam, China o Marruecos y boicotear a sus empresas son similares a lo que ocurría aquí. Quizá dentro de treinta años algunos vietnamitas lleguen a escribir testimonios así. Solo por este recuerdo de aquella España, las comparaciones con los países realmente desarrollados son exageradas. España no puede ser Suecia, aún. El problema no es solo de dinero –que también – , sino de tradición.
Hay críticas legítimas al Estado de bienestar por los dos bandos. Unos dicen que implica demasiado malgasto público. Otros creen que ni siquiera cubre aún las verdaderas necesidades básicas de todos. En estos años están más preocupados los que temen por el final del bienestar. España vive ahora en crisis y algunos de los llamados “logros sociales” parece que se van a desmantelar o reformar. Pero si miramos al pasado y a nuestro alrededor –hay también una sección sobre el bienestar en otros países– se puede ver que estamos mal, pero aún entre los elegidos.
La educación, la sanidad gratis y los subsidios extendidos son un prodigio. El peligro del Estado de bienestar es que lleguemos a pensar que es sencillo y barato. Cuando esta crisis amaine todos sabremos mejor qué valor y precio tiene cada derecho. En su texto en defensa de la educación pública, Ricardo Moreno Castillo dice: “Para que la escuela pública sea realmente efectiva ha de ser de calidad, y para que sea de calidad, ha de ser exigente”. La educación debe costar. Si también hay ciudadanos que aceptan o prefieren vivir con otro nivel, deben poder. Pero que no sea porque todos no han tenido la oportunidad. Son principios difíciles de conjugar.
Hace poco estuve en Corea del Sur. Coincidí con una profesora de inglés irlandesa: “Es una locura los horarios que hacen los niños en el instituto”, me decía. Algunos están de 7 de la mañana a 11 de la noche, y aún les quedan deberes. A la profesora se le dormían en el aula y no se atrevía a despertarles. La educación en España no será de momento así. Como sociedad, tenemos otras prioridades. Por eso hay que ser condescendientes y a la vez exigentes con el Estado de bienestar.
Un número sobre el Estado de bienestar parece árido y aburrido, pero hay más datos y ligereza de lo que parece. Cuando decidimos hacerlo, mi primer temor fue: será aburrido. Ahora que lo hemos acabado, creo que no. Hay enfoques variados y detalles interesantes. En este número está también el artículo ganador y dos finalistas del Premio Enrique Ferrán de este año, convocado con el título “Qué importancia das al trabajo”. Si los 233 originales que han llegado a la redacción son una guía, la mayoría ve el trabajo como un castigo o un mal indispensable. Hace poco un amigo me hablaba de cómo son los taxistas en Japón (veo que las comparaciones asiáticas me son útiles hoy): “Todos en los que me subí llevaban el coche limpio, conducían bien, eran amables, se esforzaban en hacer bien su trabajo”. Y siguió así: “En cambio, en España muchos parece que lo hagan sin ganas”. Es una exageración, hay de todo. Pero es una percepción comprensible: sorprende que haya poca gente que dé tan poca importancia a su trabajo que al final llegue incluso a hacerlo mal. La importancia de cualquier trabajo y el esfuerzo afectan la calidad de la sociedad. Es parte de la educación.
Hay historias admirables de gente que hace cuanto puede para hacer su trabajo bien –y no depende del dinero. Hace bastantes años, la Generalitat de Catalunya sacó una campaña de sensibilización que decía: “El trabajo bien hecho no tiene fronteras”. Debieron detectar que el trabajo no se cuidaba y valoraba. No sé si habremos mejorado mucho en estos años. Con el Estado de bienestar ocurre algo parecido. Los niños de la posguerra le daban toda la importancia a lo poco que tenían. Nosotros tenemos más derechos, bien merecidos. Pero no está garantizado si lo despreciamos. Tampoco es ninguna panacea: la felicidad no es una consecuencia del bienestar. Es una condición, pero luego cada cual puede torcer su vida como quiera. Del Estado de bienestar al Estado de felicidad va un trecho largo. Mejor no confundirse.

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