La lección de Mounier

Marc-​Olivier Padis
La democracia cristiana nunca se ha impuesto en Francia ni como corriente política mayor ni como familia de pensamiento, en un país donde el peso de las corrientes políticas es no obstante destacable. La fuerza de la laicidad en la organización del espacio público lo explica en parte: las convicciones religiosas han sido arrinconadas a las prácticas privadas, la expresión de la religión está limitada por una exigencia de neutralidad, que se ha extendido desde la estricta obligación jurídica impuesta al Estado (su neutralidad respecto a las religiones) a un uso social más difuso que limita todas las apariciones públicas, y más aún políticas, de la religión.
Pero esta extensión del espíritu de la ley de 1905 no lo explica todo. Una parte del mundo católico ha desarrollado una reflexión política que privilegia un tipo de compromiso político que se opone a la identificación con una corriente partidista particular. Es sobre todo el caso de Emmanuel Mounier, el filósofo francés fundador de la revista Esprit. Preocupado por la descristianización, le sorprendió la asimilación que se hizo en la Francia de los años 30 entre la institución católica y una clase específica, la burguesa. Pero una comparación simple con otros países u otros tiempos demuestra fácilmente que esa asociación no es más que un azar histórico. Desde entonces, su empeño fue separar el mensaje de Cristo del orden establecido.
Pero eso no significa en ningún caso construir una posición política simétricamente inversa (liberal, socialista o comunista), lo que sería una reproduccion ingenua, aunque aparentemente opuesta, de «desorden establecido». Sería sobre todo prolongar una incomprensión doble. Primero, una incomprensión de las obligaciones de la acción política en un régimen democrático por un lado, que los cristianos descuidan a menudo, a fuerza de proyectar sus dudas o su catecismo sobre situaciones y dilemas reales, cuando se trata de tomar en cuenta una situación política. Segundo, sordera ante la radicalidad del mensaje de Jesús, que excederá siempre las caricaturas construidas por un uso político del referente cristiano.
De un callejón sin salida, Mounier logra extraer dos perspectivas fecundas: al oponerse a la asimilación de las virtudes cristianas a un modo de vida conservador y sin imaginación. Mounier invita a tomar en consideración las necesidades de un pensamiento político exigente, advertido de los problemas del compromiso, a la vez que reencontrar el sentido de la exigencia espiritual, en su verticalidad trascendente. Así ha hecho posible y dinamizado una gran variedad de compromisos tanto sindicales, asociativos como políticos, dentro de diferentes corrientes de pensamiento.
Esta postura ha incitado a numerosos cristianos a comprometerse en la acción sin unirlos en un solo movimiento político sino más bien abrirlos en la sociología católica francesa a un pluralismo que garantiza la credibilidad de su mensaje. Así, la ausencia de Democracia Cristiana no es el resultado de un desinterés de los cristianos por la acción politica sino la contrapartida de una complejidad de elecciones personales de compromiso, que contribuyen a mantener una reflexión católica sobre la vida política independiente de la institución eclesial.

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