El deber moral, bajo mínimos

Victoria Camps
La crisis que estamos sufriendo tiene muchas caras y obliga a cuestionarse un montón de cosas: la economía, las finanzas, la política, la cultura, y también la ética. No solo han fallado las previsiones, los diagnósticos y los controles, también ha fallado el comportamiento de las clases dirigentes y, en menor medida, de los que se han endeudado dejándose embaucar por la voracidad de los bancos. Y nos preguntamos por qué.
¿Cómo es posible que en sociedades comprometidas con instituciones y valores democráticos persistan conductas que llevan a la injusticia sistémica? Inquietudes como ésta han llevado a plantearse, por ejemplo, la función de las escuelas de negocios de élite, que están viendo cómo decae su prestigio y aumenta su descrédito. Todo hace pensar que sus raseros de excelencia y calidad no incluían los mínimos éticos exigibles a los futuros directivos que estaban formando. Y, sin embargo, fueron esas escuelas las primeras que se mostraron dispuestas a asumir la llamada “responsabilidad social corporativa”, las que incluyeron asignaturas de ética en sus planes de estudios, las que se dotaron de códigos deontológicos. Al parecer, nada de eso ha funcionado. Ahora quieren salvar su imagen, abandonar la visión estrictamente economicista y cambiar hacia otra más humanista, lejos del paradigma del endeudamiento y el cortoplacismo. ¿Qué significa y a qué compromete?
Nadie pone en duda que lo que necesitamos es algo que vaya a las raíces, un cambio de modelo y no solo unos maquillajes superficiales que mejoren la apariencia. Cambiar el paradigma, como bien explicó Thomas Kuhn, supone una revolución, significa alterar radicalmente el punto de vista y transformar las mentalidades, las actitudes y las prioridades. A ese cambio es al que hay que referirse cuando se usa la socorrida expresión de “cambio de valores”.
Un cambio real de paradigma debería modificar costumbres y hábitos e incorporarlos a la manera de ser de las personas, de forma que el fraude, el engaño, la corrupción y el afán desaforado de enriquecimiento fueran no solo vistos, sino sentidos como algo irreconciliable con el mínimo decoro que hay que exigir a los ciudadanos de unos estados que se pretenden ser demócratas y justos.
Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, se refiere a un comportamiento irregular que llama akrasia y que traducimos por “incontinencia”. El comportamiento incontinente se distingue del que simplemente es equivocado o incorrecto porque en él incurre quien, pese a conocer el bien, actúa mal. Los incontinentes se muestran incapaces de atenerse al juicio recto, no porque carezcan de tal juicio, sino porque no se afanan por aplicarlo a la realidad. Su conocimiento se queda en las ideas generales, ideas que luego no trasladan a la práctica. El incontinente sabe, explica Aristóteles, que lo sano es comer carnes ligeras, pero luego no reconoce qué carnes son ligeras y cuáles no lo son y acaba comiendo lo que le perjudica.
Trasladando la figura a nuestro tiempo, el incontinente sabe que apropiarse del dinero público es corrupción, que los proyectos a largo plazo son más rentables, que el gasto energético es insostenible, pero actúa como si ignorara todas esas verdades porque se deja arrastrar por sus intereses y deseos más inmediatos. El incontinente “se parece a una ciudad que decreta todo lo que se debe decretar y que tiene buenas leyes, pero que no usa ninguna de ellas”, dice Aristóteles.
El análisis aristotélico pone de manifiesto algo evidente: que el conocimiento moral no puede ser solo teórico, sino que es una sabiduría que se adquiere con la práctica. Es un conocimiento racional, pero también emotivo, procede del uso de la razón, pero afecta al sentimiento, y si no llega a afectar emotivamente, no funciona. La norma “no se debe robar”, si quiere ser efectiva, ha de activar la parte racional y emocional del cerebro. Como nos dicen los neurocientíficos, la razón y los sentimientos están conectados y se alimentan mutuamente. Es desde tal perspectiva desde donde hay que ver las dificultades intrínsecas a la formación de la personalidad moral. No basta distinguir lo justo de lo injusto, hay que incorporar esa distinción a los deseos y apetitos admirando la justicia e indignándose ante la injusticia, porque solo así las conductas incorrectas provocan vergüenza y rechazo.
Cuando vemos que los estropicios económicos y las corrupciones que se dirimen en los juzgados no producen el más mínimo rubor en quienes han sido sus primeros responsables, hay que dudar de que éstos realmente hayan hecho suyo algo más que una norma teórica y distante. Si la llamada “responsabilidad social corporativa”, que las escuelas de negocios enseñan y las corporaciones añaden como una marca de prestigio a su cuenta de resultados, no consigue formar personas responsables y dispuestas a rendir cuenta de sus errores, es porque se desconoce que la virtud se adquiere practicándola y en un ambiente donde se encuentre ejemplificada. La enseñanza teórica es un mero complemento que de poco sirve cuando falta la práctica.
Cuando Aristóteles se preguntaba cómo se enseña a ser virtuoso, no se le ocurría nada mejor que señalar a los hombres virtuosos. La virtud se aprende practicándola y admirando a quienes la practican, imitando su ejemplo.
Por eso un cambio de paradigma es largo y difícil, porque no se modifican las perspectivas de un día para otro ni con unas cuantas leyes.
Otro filósofo que supo vincular la conducta moral con el sentimiento, Adam Smith, escribió que los sentimientos morales se corrompen porque “la gran masa de la humanidad son admiradores y adoradores de la riqueza y la grandeza”. Lo decía en el siglo xviii, cuando el capitalismo era muy incipiente. No hay que decir que el desarrollo y extensión del capitalismo le ha dado la razón con creces. Sigue ocurriendo que los codiciosos y ávidos de fortuna abandonan la senda de la virtud y siguen la del vicio, dos caminos que van en dirección contraria. Y, aunque a quienes así se comportan, en momentos de crisis se les vitupera, pronto vuelven a ser admirados y enaltecidos por casi todos.
Pasar de admirar a los ricos a admirar a los honrados es un cambio que no depende de prédicas ni de teorías pues de la una y la otra las hay en abundancia. “Para educar a un niño, se necesita la tribu entera”, dice un proverbio africano. El cambio tiene que ser generalizado, para no volver a permitir que los incontinentes morales impongan su ley. La mejor forma de poner coto a la codicia y al deseo desmedido de dinero es suprimiendo ese deseo por otro más intenso y que vaya en sentido contrario.
Difícilmente cambiará quien admira y pretende emular al mundo de los codiciosos, aunque ese nombre se oculte bajo eufemismos de diverso pelaje.
Si los valores en los que pretendemos educar son meras ideas abstractas que no pueden ser vistos ni admirados en la realidad, la educación fracasa. “Afirmar sin rubor los valores morales, discernirlos en los individuos más valiosos, tener a éstos por guías y acicates del propio quehacer, en suma, fomentar lo que conviene al buen admirador…, todo eso parece una estupenda terapia para una época desnortada”, escribe Aurelio Arteta en su libro sobre la admiración moral. Cambiar el sentido de la admiración a fin de que lo admirable sean las coductas responsables, honradas y decentes, y no las codiciosas y desvergonzadas, esa es la revolución pendiente.

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