Responsabilidad alemana

Toni Comín
Ya casi nadie discute que la apuesta alemana por el “ajuste sin fin” está llevando a la Unión Europea (UE) al borde del precipicio. Los países víctimas de esta estrategia, que empuja sin remedio a una nueva recesión, son hoy el caldo de cultivo del antieuropeísmo, el populismo y la ultraderecha. La austeridad draconiana está derribando lo que quedaba en pie del pacto social de posguerra y, dada la polarización económica de la clase media, los extremos políticos hacen su agosto. Ante el paro crónico y el deterioro de los servicios públicos, no solo la izquierda sin complejos –y algunas veces sin el suficiente pragmatismo– que algunos llaman extrema incrementa sus apoyos. El drama es que, ante la precarización de las condiciones de vida, también Marine Le Pen –la versión posmoderna de Vichy– o Aurora Dorada –el neonazismo griego– suben en las encuestas como nunca lo habrían soñado.
Si la democracia nos hunde en la miseria, hundamos en la miseria a la democracia, parecen contestar algunos ciudadanos –ya sea desde la rabia y la desesperación, o desde el desprecio o la indiferencia. Por su enemigo común –la ultraderecha populista y antieuropea– redescubrimos el vínculo intrínseco entre democracia, Estado social e integración europea. Desde hace décadas, son tres caras de la misma moneda y demasiadas veces lo olvidamos. Hoy mejor que nunca, vemos que fue el Estado social el que permitió superar el totalitarismo y el nacionalismo como salidas trágicas ante el colapso del (no) pacto social propio del capitalismo liberal. Sin welfare no habría ni democracia estable, ni paz en Europa. Por esto, los intelectuales y académicos que señalan el peligroso parecido entre el escenario actual y la Europa de los años treinta son ya legión.
¿Por qué Alemania insiste en ir acercando de nuevo la sociedad europea a los infiernos políticos de los que ella ya fue una vez responsable? La palabra clave en esta historia es “inflación”. Se supone que fue la hiperinflación de 1923 quien llevó a Hitler al poder. La mayoría de alemanes acogen esta interpretación de los hechos como un dogma de fe. Pero los expertos en historia económica la desmienten con rotundidad: no fue la “inflación de Weimar”, sino “la deflación de Brüning” provocada por su política de recortes durante los años treinta –que él mismo bautizó como el “error de Brüning”, comparable al “error de Hoover” en los Estados Unidos, aquel que convirtió el crack del 29 en la Gran Recesión– y la crisis bancaria de 1933 las que catapultaron a Hitler. Recortes más crisis bancaria: ¿les suena?
Los cien “nos” de Merkel a todas las medidas de política económica que podrían sacarnos del marasmo –los eurobonos, la capitalización directa de los bancos por el Fondo de rescate, la compra de deuda o la bajada de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo, la ralentización del ajuste, el reforzamiento del Banco Europeo de Inversiones, etc.– se supone que tienen como objetivo impedir que la inflación vuelva a enfermar la sociedad europea. Dice Merkel que todo lo hace para salvar la UE. Pero no es cierto: lo hace por nacionalismo, para proteger los ahorros de las familias y de los jubilados alemanes. ¿Si hoy la inflación escalase hasta el nivel necesario para relanzar el crecimiento –esto es, hasta un 3 o un 4 por ciento– qué sería de la rentabilidad de los bonos alemanes, principal destino de los fondos de pensiones del país? A nadie se le escapa que los alemanes son los bonos más seguros, pero por esto mismo los menos rentables. De ahí su lucha sin cuartel contra la inflación, legitimada por el recuerdo distorsionado del ascenso de Hitler.
La canciller añade otra presunta legitimidad a su dictadura de la austeridad: lo que hoy nos piden a nosotros, a los países del sur, ellos ya lo hicieron antes. Y se supone que les salió bien: la Agenda 2010 introdujo la economía alemana por la vía de la desregulación laboral y de los recortes sociales y se supone que gracias a ello hoy pueden presumir de la industria más competitiva de Europa. De ahí su potencia exportadora. Pero las cosas no son exactamente así: mientras ellos hacían sus reformas, el resto de la UE estaba en plena fiesta salarial. Por esto, la “austeridad” alemana tuvo efectos “expansivos”. Hoy Merkel exige recortes al sur de la UE, pero se olvida de que si en Alemania no hay un incremento general de salarios y del consumo, esta estrategia no puede tener, ni por asomo, los mismos efectos que tuvo en su país.
Alemania tiene, hoy y siempre, una responsabilidad histórica: impedir que el totalitarismo vuelva a Europa. Con la excusa de evitar que vuelva por el centro del continente está a punto de conseguir que vuelva por su periferia. Como escribía recientemente Joschka Fischer, el vicecanciller alemán entre 1988 y 2007: “Sería a un tiempo trágico e irónico que una Alemania restaurada por medios pacíficos y con la mejor de las intenciones provocara la ruina del orden europeo por tercera vez.”

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