Cine, arte y espectáculo

Manuel Quinto
Dos libros de reciente publicación, aunque hablan de cultura y enseñanza, me han hecho reflexionar acerca de lo que significa el cine en la actualidad. El primero es La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, en el que el Nobel, sin temor a ser considerado políticamente incorrecto o elitista a su edad, afirma que la literatura ha ido abandonando su condición de teoría del conocimiento, de goce estético, necesidad de expresión y ansia de comunicación, para abocar en el puro entretenimiento. El segundo es Adiós a la universidad, del catedrático Jordi Llovet, que aplica casi el mismo diagnóstico a la transmisión de saberes en las aulas, debido a que hemos sucumbido al encanto de la información y desdeñado la formación, modelamos especialistas de aplicación inmediata –y ahora, con el paro, ni siquiera esto– y no humanistas con capacidad de adaptación.
El cine nació como arte eminentemente popular. En los tiempos de oleadas de emigración hacia países industrializados, el teatro estaba solo al alcance de las clases medias y la ópera de los privilegiados. El cine llevó las risas y las lágrimas a un público cada vez más extenso y, cuando alcanzó su mayoría de edad con Griffith y Murnau, se vio a las claras que participaría de la doble condición de arte y espectáculo. A tal efecto, gozaban de esta consideración tanto El nacimiento de una nación, como Amanecer.
La tensión entre cultura y diversión ha sido una constante en el desarrollo del cine, hasta el punto de que en numerosas ocasiones se ha logrado una simbiosis entre ambas, con el resultado de que un film admitía doble disfrute o lectura. Hablamos, por ejemplo, de El Padrino, Vértigo, Centauros del desierto o Lawrence de Arabia. Luego, el cine ha tenido que sufrir los embates de la televisión, de los deportes multitudinarios y de internet, perdiendo así buena parte de su carácter de principal recreo que significó para la mayor parte de la gente en los años 4060.
No voy a lamentar que el cine como arte esté en decadencia, porque no es verdad. Hay clásicos contemporáneos como Coppola, Scorsese, Cronemberg, Yimou, Eastwood, Haneke, junto a los siempre emergentes Sokurov, Kusturica, Egoyan, Guédiguian. Los festivales nos proporcionan innegables sorpresas en su continua búsqueda de nuevos valores y las filmotecas nos permiten contactos con filmografías de interés, como la iraní o la china.
¿Qué sucede con el cine de exhibición normalizada, con el cine de las pantallas de las multisalas, nuestro cine de consumo regular? Basta con dar un repaso a las programaciones. Las ocupan films de superhéroes, de sádicos asesinos, de acción pura y dura o farsas para gamberretes con acné. Y lo peor es que, por exigencias de contratación, algunas de estas películas permanecen en pantalla varias semanas impidiendo el pase de otras que merecerían una oportunidad. De esta manera, el espectador se acostumbra –y ahora a pasos agigantados– a un tipo de cine sin contenido, fabricado mediante fórmulas repetitivas, cine de impacto superficial y digestión inmediata. Además, quiérase o no, hemos ido formando a un público que hace de los superpoderes una religión, embobado ante las hazañas de personajes cada vez más estrafalarios, capaces de resolver todos los problemas del mundo. O lo que es peor, uno no entiende –si no es por deformación del gusto– cómo alguien puede disfrutar de la visión de torturas, sangre y vísceras y pretender luego que la persistencia en este subgénero no deje huella.
Las películas interesantes de producción más bien humilde y faltas de la fanfarria correspondiente se ven relegadas a salas especializadas, tipo Renoir o Verdi, por ejemplo, a las que asiste un público convencido y de las que huye el espectador medio. Esta grieta de separación se ensancha cada vez más, por mucha obra y poca gracia de una distribución y una exhibición en manos de gente para la que el cine es ruido y palomitas. Eso no significa que el espectador nazca simple y embrutecido, sino que se consigue que lo sea por interés y persistencia. La estulticia, como la inteligencia, se adquiere mediante esfuerzo.
A quienes afirman con indudable ligereza que la cultura debe degradarse para llegar a ser popular, les diría que el pueblo debe elevarse para ser culto, que la facilidad consumista es algo impuesto para lograr un rebaño que transite por esta sociedad en crisis obligada a realimentar a quienes se están lucrando con ella. No creer en la cultura, enterrarla, es una forma de perpetuar sin remedio el binomio dominio/​sumisión.

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