Las políticas nacionales activas

Pablo Valenti (Uruguay)
En América Latina sabemos mucho de décadas perdidas y, como decían nuestros abuelos, a fuerza de golpes se aprende. La década pasada fue diferente. Entre el 2000 y el 2010 la región en su conjunto creció más que las economías de los países desarrollados. La suerte también juega junto a los méritos propios de cada país. Suerte, porque los principales productos de exportación, materias primas como el petróleo, minerales y alimentos, alcanzaron durante este período cifras récord. En esa misma década China alcanzó un crecimiento económico espectacular que la sitúa como la segunda economía del mundo por detrás de Estados Unidos –diez años atrás ocupaba el sexto lugar. Esto garantizó una demanda sostenida para los principales productos de exportación del continente. El contexto internacional ofrecía tipos de interés bajos, permitiendo que muchas economías de la región pudieran tomar préstamos baratos o poder refinanciarse sin afectar sustancialmente sus balances.
Pero sería imposible explicar el fenómeno que ha generado ganadores y perdedores a escala global sin destacar la importancia que han adquirido las políticas nacionales activas. En la región se destacaron buenas y sostenidas políticas macroeconómicas, fiscales, monetarias y cambiarias. Se aprendieron las lecciones de los años 80, de la crisis brasileña y argentina que llevaron a la devaluación de sus respectivas monedas en 1999 y en 2002. En algunos países se ha conseguido avanzar en productividad, en Perú, Panamá, Chile, Colombia, Uruguay y Brasil. Lo más destacable es que este crecimiento económico estuvo acompañado de políticas que ayudaron a reducir la desigualdad.
Estos logros dejaron en el debe varias cosas, la profundización de políticas a favor de la innovación, la inserción en la sociedad del información y el conocimiento, el fortalecimiento y cambio de las instituciones, el desarrollo del capital humano, el fortalecimiento de la integración regional, la conformación de más y mejores redes público-​privadas y el encadenamiento productivo y la especialización.
En muchos países sigue sin estar clara una visión de futuro que sea compartida por diversos agentes económicos y sociales. América Latina ha demostrado en estos años sólidas capacidades para administrar lo macro. Sin embargo, muchos de los problemas por venir terminarán relacionándose con sistemas de gobierno extremadamente centralizados, con debilidades institucionales aún notorias y en muchos casos con una insuficiente calidad del diálogo como para poder definir los planes de acción. La región está frente a una oportunidad única, la etapa de transición hacia un nuevo orden económico mundial ofrece interesantes opciones, pero también importantes amenazas. Cualquiera que sea el camino a escoger, estará acompañado por nuevas y más sofisticadas formas de administrar lo público.

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