Ochenta años

Joaquim Gomis
Uno de mis ritos personales tiene lugar a fin de año. Como soy poco partidario de la celebración del paso del año viejo al nuevo, me queda tiempo para mi rito personal. Que consiste en sentarme en la mesa del comedor y coger dos calendarios amplios, con suficiente espacio para cada día (me he aficionado al de Serra d’Or que edita con notable estética Publicacions de l’Abadia de Montserrat). Y ahí, uno junto al otro, tengo el pasado y el porvenir, el calendario del año que terminó y el del que empieza. Su función para mí es importante. Abandoné tiempo atrás la agenda, instrumento propio de quien tiene más ocupaciones y compromisos, que progresivamente se me hizo antipática y olvidaba mirar (ahora se me ocurre una posible división del personal que daría bastante jugo: quienes usan agenda y la sacan y abren como si fuera un libro sagrado o quienes ni tienen ni se les ocurre su utilidad). Desde entonces fue creciendo para mí la importancia del calendario que ocupa un lugar privilegiado en mi pequeño despacho y también en mi vida. Crece su importancia como decrece mi memoria. De ahí el hondo sentido vital de esta ceremonia del cambio de año concretado en el cambio de calendario.
Porque mi calendario anual no me sirve solo para anotar compromisos puntuales, como pueden ser reuniones o visitas al médico o fechas de entrega de artículos. Todo eso es secundario, son pequeños hitos del día a día, que al repasar el calendario del año que acabó uno siente como ya lejano. En mi calendario anoto para el año que se inicia algo que me parece más relevante. Se trata de los días del santo o aniversario de gente querida, así como algunas –pocas— fechas decisivas en mi vida. Mi memoria siempre ha sido de una escandalosa nulidad para las fechas (puedo afirmar y afirmo que solo hay una fecha de mi vida que recuerde con seguridad, el día de mi nacimiento: todas las demás, por importantes que sean, se me escapan sin que logre atraparlas). Por eso, mi calendario me salva porque en él hallo las referencias queridas, que me sirven para caminar durante el año cercano a quienes quiero. En él constan, como señales luminosas y enriquecedoras. Me guían, más allá de las tinieblas de mi nula memoria.

EN EL BANCO DE LOS JUBILADOS
Pero el rito del paso del 2010 al 2011 no fue tan agradable como en años anteriores. Sucedió al llegar al mes de abril, al día 20, el día de mi nacimiento en 1931, seis días después del nacimiento de la República. No es que este día no me guste, al contrario, porque basándome en la información familiar que explicaba que tardé en nacer más allá de lo previsto, porque ya entonces mi cabeza superaba en tamaño lo habitual, un servidor ha proclamado en repetidas ocasiones que en realidad el motivo de la tardanza fue que no quería nacer monárquico y esperaba ser un primer fruto republicano. El problema, el susto, fue este año cuando al llegar a este día tuve que apuntar que cumpliría 80 años. Claro está que lo sabía, pero el hecho de apuntarlo en mi calendario suscitó una reacción que no había previsto. Fue como un hachazo: ahora ya definitivamente debía considerarme viejo.
Tengo la festiva costumbre, muchas mañanas, de después de comprar un par de diarios y a veces algo en el súper, sentarme un rato en lo que llamamos el banco de los jubilados. Los fijos somos tres: Agustí, en su tiempo albañil –de familia muy humilde pero que llegó a ser encargado en la constructora donde trabajaba – , Ángel, que trabajó como carpintero pero que es famoso en el pueblo por su pasión futbolística por el Espanyol y por ello es conocido como “el periquito”, y un servidor, años atrás joven coadjutor en la parroquia.
Los tres tenemos más o menos la misma edad. Agustí y Ángel comparten además de la amistad y una tan juerguista como incesante discusión futbolera, la cojera. A esto, yo aún no he llegado, pero en lo demás me siento bien con ellos aunque antes eran para mí desconocidos. Es posible, ya que el banco está situado en el centro neurálgico del pueblo, junto al mercado y varios supermercados y también diversas oficinas bancarias, es decir, que es lugar de mucho paso, que no falte quien se extrañe de mi presencia allí. Incluso yo no recuerdo cómo me incorporé. Hay quien nos llama “los tres mosqueteros”, muchos y muchas, especialmente ya de la tercera edad, incluido el párroco y algo también el alcalde, se paran para unos minutos de charla. Y cuando en el campanario suenan las once, nos levantamos y cada uno se va a su casa.
He querido contar eso, lo del banco de los jubilados, para compensar lo anterior sobre el hachazo al apuntar en el calendario: 80 años. Son dos cosas coincidentes y complementarias. El saberse ya definitivamente viejo y el llevarlo relativamente bien. Saberse viejo implica reconocer que vives ya en un mundo distinto al de la mayoría.
“Para su edad, está bien”, me dijeron recientemente tanto la joven neuróloga como la también joven psicóloga. Supongo que pensaban animarme, pero eso de “para su edad” suena a un “qué más puede esperar”. Cuando ahora se discute sobre la edad de la jubilación, si 65 o 67, uno tiene la impresión que se habla casi de jóvenes. Nosotros, los realmente viejos, aunque sea con una vejez capaz de alegría, en buena parte nos sabemos de otro mundo. Otro mundo, quisiera terminar subrayándolo, en que hallas un nueva paz. Casi como una nueva niñez.

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