La Biblia ‘oficial’ de la Conferencia Episcopal

Joaquim Gomis
La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar una titulada “versión oficial” de la Biblia que ha editado la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), dicen que con notable éxito de ventas. He colocado comillas en el “oficial” del título aunque bastantes ya la denominan así, porque el mismo secretario del comité técnico que la preparó, Juan Miguel Díaz Rodelas, precisa que no existe una “Biblia oficial” sino simplemente una “versión oficial” propia de la Conferencia Episcopal Española (CEE). De hecho así atiende al deseo de la Santa Sede que ya en el 2001 urgía que en cada territorio se estableciera “solo una traducción litúrgica aprobada” aunque la CEE –como ya hace treinta años hizo el episcopado italiano– va más allá y establece que esta versión sea no solo la propia de las celebraciones litúrgicas, sino también la de los catecismos y “normalmente la de todos los actos eclesiales de piedad, enseñanza y evangelización”. Es decir, no se prohíbe el uso de las otras traducciones castellanas existentes aprobadas –hay más de quince en el mercado– pero se prioriza ésta.
El hecho es importante. Por eso busco la opinión de diversos especialistas sobre esta nueva versión. La sorpresa es que tras explicarme qué opinan, incluso extendiéndose sobre tal o cual texto con el que discrepan, luego excusan ponerlo por escrito para su publicación. Quizá no supe buscar bien entre los biblistas, porque Vida Nueva, en su número 2.741, sí publica la opinión –mayoritariamente favorable– de varios especialistas. Quizá no quisieron comprometerse porque, al fin y al cabo, esta versión oficial es fruto de un empeño personal del cardenal Rouco como presidente de la CEE, que ha apresurado la publicación antes del posible final de su mandato, también del temible obispo secretario de la Conferencia Juan A. Martínez Camino. Y, siendo más benévolos, es posible que esta reticencia a expresar públicamente las discrepancias ante la nueva versión sea fruto de la buena voluntad por no sembrar cizaña entre el pueblo cristiano que es a quien –como repiten los obispos y los biblistas que han trabajado en la obra– va dirigida.

Innecesaria y discutible
Escribo, pues, desde mi cualidad de no especialista (acabo de colocar un pues y me arrepiento ya que es una conjunción abundantísima en la nueva traducción que bueno habría sido expurgar para hacerla más legible). Como un no especialista sino cristiano normal, mi primera pregunta es: ¿era necesaria esta nueva versión y convertirla en oficial? Sorprende que la actual traducción que se utiliza en la liturgia, en la que habían intervenido personalidades –sino genios– como Schökel, González Núñez, González Ruiz, Valverde y Mateos, merezca tantos elogios en la presentación que firma Martínez Camino. Sorprende porque si tan buena era, uno no comprende por qué era necesario cambiarla. Mucho menos cuando la lectura de la nueva suscita más objeciones que reconocimientos de mejora.
Ya sé que en toda gran obra se cuelan desaciertos. La tentación es quedarse en ellos, incluso divertirse al comentarlos. Un ejemplo que ya he escuchado repetidamente es el de la versión de Mateo 1,24 según la cual José dio a luz a Jesús (“Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Y sin haberla conocido, dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús”). Lapsus semejantes no son decisivos. Lo que me parece más grave son variaciones en textos tan importantes como el inicio del evangelio de Juan. No comprendo porque se ha vuelto a traducir “Verbo” en vez de “Palabra”, e incluso se justifica en la nota afirmando que “Verbo es un término consagrado en las traducciones españolas durante diez siglos”. Uno piensa que durante diez siglos muchas traducciones no hubo ya que estaban prohibidas, y sobre todo opina que hoy debe traducirse según el lenguaje actual en el que verbo no significa palabra. Y ya que estamos en el capítulo primero de Juan, añadiría que la traducción del versículo 18 (“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”) suena a biteísmo y ciertamente empeora la versión litúrgica actual.
Es un ejemplo de una tendencia presente en varias de las traducciones de los libros del Nuevo Testamento –las del Antiguo Testamento merecen nota mejor– que tienden a interpretar el texto. Interpretar en el sentido de presentar una lectura que va más allá del texto original y busca la continuidad con lo que se considera la lectura católica tradicional. En concreto, siguiendo muchas veces en el Nuevo Testamento la versión de la Neovulgata (es decir, de la traducción latina que hizo en el siglo iv san Jerónimo, que el concilio de Trento proclamó como oficial, que Pablo VI mandó revisar y Juan Pablo II promulgó como edición base para las versiones a las lenguas vivas).
Traduciendo de una traducción, se hace más difícil conseguir un lenguaje vivo, fluido, expresivo. Pienso especialmente en la proclamación pública en las celebraciones litúrgicas (que ya suelen padecer de la falta de buenos lectores). Por otra parte, el gasto que significará editar con la nueva traducción los numerosos leccionarios –es decir, los libros que contienen las lecturas bíblicas para la misa– será muy notable. Y aquí hay los maliciosos que hablan de negocio para la CEE y los realistas que se preguntan cuantos párrocos los comprarán o seguirán usando los actuales. Sobre todo si se generaliza la opinión del biblista Victor Morla: “Debido quizá al exceso de traductores y, por tanto, a la diversidad de estilos, esta traducción ha perdido vigor en relación a la litúrgica que se usa”.

Los técnicos dudan del pueblo
No es algo nuevo, suele suceder. El técnico, el especialista, por más buena voluntad que ponga en el empeño, le cuesta escribir con llaneza. Las presentaciones a cada libro bíblico quieren ayudar a su lectura, igual que las numerosas notas al texto. Pero bueno habría sido un mayor esfuerzo por evitar tecnicismos y explicarse con más sencillez. Por ejemplo, parece excesivo escribir que para comprender el Pentateuco el lector necesita integrar los estudios sincrónicos y los diacrónicos. O no atinar a sustituir “época posexílica” por un sencillo “después del destierro”. Como imaginar que muchos entenderán la diferencia entre cartas protopaulinas y deuteropaulinas.
Se requiere una elevada cultura en el lector pero en cambio se duda de él, se teme escandalizarle. Así, en la nota a Juan 2,4, cuando en el episodio de las bodas de Caná Jesús dice a su madre “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?” no se respeta el misterio de la dura respuesta y se propone una sorprendente relación con el momento del Calvario. Es un ejemplo del deseo de explicarlo todo sin problemas. No sé si será consecuencia de las observaciones que hizo la Congregación romana para el Culto al texto proyectado que las presentaciones a los libros del Nuevo Testamento evitan toda problemática sobre quienes fueron sus autores. Parece que el lector católico perdería la fe ante la probabilidad –por no decir la seguridad– que san Pablo no escribiera buena parte de las cartas que se le atribuyen o el apóstol Juan poco tenga que ver con los escritos que llevan su nombre.

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