Joan Maragall, doblemente censurado

Joaquim Gomis
En el libro de Joan Gomis Memòries cíviques ya podía hallarse un divertido florilegio de las fechorías de la censura civil con esta revista en tiempos del general Franco. Digo divertido porque las cuenta con humor, escogiendo entre lo que recuerda ya que él solía ser el encargado de llevar a la Delegación de Información las galeradas –las pruebas de imprenta que entonces vomitaban las linotipias– para que el funcionario de turno ejerciera la misión de tachar todo lo que le parecía inadmisible.
Lo peor era cuando todo un artículo recibía el premio de un severo “no puede publicarse”. Pero lo incomprensible es que llegaran a tachar frases del evangelio, como unas citas de Lucas y de Juan en que se reproducían las acusaciones de los sacerdotes que ante Pilatos presentaban a Jesús como subversivo y agitador (¿pensaba el censor que ello era asemejar a Jesús con los que el regimen también acusaba de subversivos y agitadores?). Pero Joan se divierte recordando también pequeñas tachaduras, de una palabra o una frase, reveladoras del perfeccionismo purificador de la censura. Un ejemplo ya hilarante es el de que en una narración firmada por Rosario Bofill en que había escrito que una familia pobre en el café “algún día, si había, ponían también azúcar”, el censor tachó el “si había”, no fuera alguien a pensar que en la España franquista un hogar podía carecer de azúcar.
Durante años el tesoro de estas galeradas se había amontonado en nuestra redacción en absoluto desorden. Ahora, gracias a la paciente diligencia de María Martínez, que prepara una tesis sobre El Ciervo, uno puede disfrutar repasándolas según su original cronología. Es lo que hacía un servidor una mañana mientras preparaba una entrevista con Oriol Porta para un documental que realiza sobre la presencia de cristianos en la oposición antifranquista. Allí, entre las galeradas correspondientes al número 89, de noviembre de 1960, vi unas palabras de Joan Maragall, firmemente tachadas por el censor. Lo curioso es que son unas palabras de un artículo que tampoco a él, cuando las escribió, le admitieron en el diario en que colaboraba. Uno constata que el espíritu de la censura actúa desde fuentes bien distintas pero que algo deben tener en común. Porque Joan Maragall colaboraba entonces en La Veu de Catalunya, que dirigía Prat de la Riba y era órgano de La Lliga de Cambó, es decir, del catalanismo conservador de principios del siglo xx. En lo del catalanismo nada que ver con el franquismo, en lo de conservador bastante en común.
El artículo pretendía titularse La ciutat del perdó y era un grito de Maragall a sus lectores bien pensantes ante los trágicos sucesos de la semana trágica en aquella Barcelona de principios del siglo xx y la implacable represión que la estaba siguiendo (17 condenas a muerte, 5 ya ejecutadas, entre ellas la del pedagogo Ferrer i Guàrdia). El Ciervo pretendía reproducir en catalán algunos fragmentos: “¿El cor no vos diu res, ara, mentres estan afusellant gent a Montjuït solament perquè en ella es manifestà amb més claredat aquest mal que és el de tots nosaltres? ¿El cor no no vos diu d’anar a demanar perdó? Vegeu, sou vosaltres mateixos: un home com vosaltres; amb això n’hi ha prou: capaç de tot el vostre bé i de tot el vostre mal, com vosaltres del seu” .
Repasar aquel artículo de Joan Maragall, reflexionar sobre lo que una y otra censura, la catalanista y la españolista hallaron en él que no comprendieron –o comprendieron demasiado – , me ha sido provechoso. Para confirmar las opciones fundamentales presentes en aquel artículo y que también han estado presentes en El Ciervo desde sus inicios. Tengo aquí junto al ordenador aquel número 89 en que se pretendía incluir las frases censuradas, número en buena parte dedicado a Joan Maragall con motivo del centenario de su nacimiento. He pensado en la posibilidad de anotar aquí, semejanzas o constantes que hallo entre lo que entonces, antes y después hemos intentado decir. El libro que se acaba de publicar y que recoge 100 editoriales de Lorenzo, serviría perfectamente para ello. Uno se siente como conmovido al sentirse identificado con palabras escritas cien años atrás –el artículo de Joan Maragall data del 1909– y quizá esta conmoción le lleva a reafirmarse en el deseo de continuar en la misma senda aunque sea con todas las variantes que el día a día exigen. Si uno ya declina –porque de quienes escribieron en aquel número 89, me parece que solo yo sigo vivo– que otros sigan y siguiendo mejoren el camino.
Seguir como otros siguen desde opciones bien opuestas. Lo explico con un ejemplo. El historiador benedictino Hilari Raguer, comentando el artículo de Joan Maragall, cita un escrito muy distinto del obispo mentor entonces del catalanismo moderado Torras i Bages. Es importante porque aun hoy muchos aquí, en Cataluña, veneran al que fue obispo de Vic como un profeta de la Iglesia catalana renovada (y tienen razón si se le compara con el integrismo entonces dominante). Pero léase su opuesta posición respecto a su amigo Maragall ante los mismos hechos: “Ha sido un espectáculo diabólico, eco de la rebelión primitiva… La persecución ha manifestado que lo que pretendía era borrar el Nombre de Dios de la sociedad humana, como los masones que gobiernan Francia lo borra de los libros de las escuelas”. Comenta Raguer: “Diríase la carta colectiva de 1937 avant la lettre.” Añadiría un servidor: O las proclamas de algunos prelados españoles y de sus seguidores en la actualidad.

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