Qué soporte prefiero
El fin del libro

Joaquim Sala-​Sanahuja
En el curso de una cena memorable en París, allá por el año 1986, a la que también asistía un amigo común, Benet Rossell, el novelista americano Robert Coover nos anunció, con un tono profético en la voz que todavía recuerdo, el fin del libro. Dicho así –como lo dijo él – , su sentencia nos dejó helados; incluso los camareros parecían perplejos al servirle un bourgogne con el que paladeaba nuestra sorpresa. Su tesis era entonces que los nuevos instrumentos –el ordenador, las redes digitales– debían alumbrar un nuevo tipo de literatura, hipertextual, y una lectura, por consiguiente, más activa, en la que el lector trazaría su propio camino por todas las opciones que el escritor le habría preparado. Y que todo libro nuevo generaría una infinidad de libros posibles. Hombre de empeño y de constancia, Coover publicó en 1992 The End of Books, que afabulaba ese tema, y poco después Hyperfiction: Novels for the Computer. Debo añadir que todavía no se hablaba por aquí de internet. También recuerdo que en otra ocasión, más hacia acá, en Reus, nos hizo una demostración de las nuevas posibilidades. Coover es un hombre brillante.
Años después, cuando ya internet es cosa de niños –sobre todo de niños – , las predicciones del gran novelista no han llegado a cumplirse. Al alcance de la mano tenemos páginas y catálogos cargados de libros en todos los formatos, pero no dejan de ser los libros de siempre, especialmente los que ya no pagan derechos de autor.
Creo que todos nosotros, Benet Rossell y yo, y más aún Coover y Pilar, su mujer, esperábamos otra cosa, otros horizontes, nuevas posibilidades para el texto. ¡Ay! Todo, al fin y al cabo, parece limitarse a un simple cambio de soporte. Como si el antiguo no fuera bastante bueno: ese tacto del papel, el olor de tinta y el sillón desvencijado.

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