Jaime Salinas

Luis Suñén
Los peores obituarios son siempre los que hablan de su autor, esos que empiezan “Conocí a Fulano…”, como si nos interesara algo cuándo el enterrador de turno conoció al finado ni por qué y, menos aún, si sabemos lo que el propio fallecido opinaría de semejante pieza –dicho sea lo de pieza por el texto y por su firmante. Pero esto no es un obituario. Con la muerte de Jaime Salinas se ha ido, desde luego, uno de los grandes de la historia de la edición española pero, para mí, y por encima de todo, alguien que, por decirlo en corto, cambió mi vida. Yo no hubiera sido lo que fui o lo que soy si el destino no hubiera puesto en mi camino a quien, además, era el hijo de uno de los poetas a los que más he admirado desde siempre, ese Don Pedro, como le llamaba su hijo, que vivía en los pronombres y cuya foto, con el fondo de la fachada de La Magdalena en Santander –y cómo se parecía Jaime a él– tengo en mi mesa de trabajo junto a la del cardenal Newman y a la de esa alegre –y cruel al mismo tiempo– reunión de poetas en las oficinas de Faber&Faber en la que están Eliot, Hughes, MacNeice, Spender y Auden, casi nada.
Así que a Jaime le debo mucho. Le debo mi profesión de editor y el modo de ejercerla, el respeto por el autor y la convivencia natural con el fracaso y con el éxito. Le debo, junto a mi otro maestro, Domingo Pérez Minik, también ido hace muchos más años, la confirmación –eso lo intuí desde pequeñito– de que era necesario asomarse al exterior, y más en aquellos días en los que trabajé con él cuando Javier Solana le nombró Director General del Libro. Solana respetaba a Jaime como el ejemplo vivo que era de un tipo de español muy a considerar: hijo de exiliado ilustre, camillero voluntario en la Segunda Guerra Mundial, regresado a ver cómo estaba la cosa cuando la cosa seguía estando difícil, políglota, educadísimo y con la historia de la Edad de Plata vivida desde su primer recuerdo de Juan Ramón Jiménez en esa casa en la que empezó a ser cosmopolita casi sin darse cuenta. De algún modo con Jaime en Cultura el exilio iba volviendo de veras y dispuesto a echar una mano. La última en llegar sería María Zambrano a la que Jaime fue a buscar al aeropuerto de Barajas con un ramo de flores cogido como Dios manda, es decir, boca abajo. Hasta en eso sabía estar.
El privilegio de conocer a Jaime, de que mis hijos lo quisieran tanto como él a ellos –“los mequetrefes”, los llamaba, como a los de su también amigo Luis Revenga, que tanto y tanto lo cuidó, más, infinitamente más que yo, con Aurora, su mujer – , de que me enseñara qué era un editor pero también qué era un poeta en su salsa –cosa que conocía muy bien por haber padecido uno en la familia – , de que me hiciera ver la responsabilidad –el orgullo por lo mismo sabía disimularlo muy bien– de trabajar por una España que cambiaba, él que había tenido que irse tras el desastre común de la Guerra Civil, es algo de lo que siempre estuve seguro pero que ahora se tiñe con el dolor de pensar en que nunca podré devolverle todo lo que él me dio. Con Jaime viví episodios como el del entierro de José Bergamín, llegados de Madrid a San Sebastián en coche oficial –en representación del Ministro – , al domicilio de don Pepe tomado por los partidarios de la lucha armada a los que el dio confianza en sus últimos años, obtenido mediante un abrazo de Alfonso Sastre a Jaime el preceptivo salvoconducto para atravesar el amenazante cuerpo de guardia improvisado y certificada la situación con la perplejidad con que los familiares del finado, que tan bien se llevaban con Salinas, nos miraron a los dos en un gesto de qué le vamos a hacer.
Jaime había nacido en Argelia y en su familia había raíces francesas. Luego, con la marcha al exilio, el inglés se convirtió en una lengua más, aunque curiosamente fue el francés la que usó para decir sus últimas palabras. Le encantaba viajar, viajar en tren sobre todo y seguramente sentía más que nada no poder coger uno para ir a Islandia, a esa Islandia donde primero pasó sus veranos y luego más tiempo, que amaba por varias y poderosas razones y en la que yo siempre tuve la intuición de que habría de morir. El cosmopolitismo de Jaime le sirvió también, quizá, no sé, como el último resquicio de crítica a la realidad española, la posibilidad que sabía tener a su alcance para volver a dejar de algún modo menos doloroso este país que amaba y que era el suyo a pesar de todos los pesares.

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