Mark Twain, la vida que imaginó Tom Sawyer

Alberto Barrantes
Cuando los prácticos de los barcos a vapor que surcaban el Misisipí a mediados del siglo xix querían indicar a sus pilotos que gozaban de un calado de dos brazas, que era el mínimo necesario para navegar a toda máquina, utilizaban una expresión propia. Esa expresión era “mark twain”. Samuel L. Clemens, que durante un tiempo fue uno de esos pilotos, tomó esa expresión como seudónimo y con ella se convirtió no sólo en uno de los más importantes escritores de la literatura norteamericana, sino también en uno de los primeros “fenómenos de masas” de la cultura de un país que estaba licuando durante esos años todas las ascendencias de sus pobladores para elaborar sus propias señas de identidad. Eran años de efervescencia y cambio, y Samuel L. Clemens, de carácter inquieto, fue hijo perfecto de esos tiempos.
Nació en Florida, una pequeña localidad de Misuri, el 30 de noviembre de 1835. Allí vivió cuatro años, hasta que su familia se trasladó a vivir a la cercana población de Hannibal. Esta pequeña localidad, bañada por el Misisipí, tenía puerto fluvial y sirvió a Twain para construir la San Petersburgo por cuyas calles y orillas corretearían dos inmortales personajes de su literatura: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Años después, Twain diría que la mayor parte de las aventuras narradas sobre ellos habían ocurrido en realidad, y que así como el carácter de Huckleberry era casi la traslación mimética del de un personaje real de la Hannibal de su infancia, el de Sawyer estaba elaborado a partir de la observación de tres muchachos a los que conoció. De esas palabras de Twain se infiere la importancia que para el autor de Missouri tuvo siempre la infancia.

Sin cadenas
La infancia es, en Twain, el reino absoluto de la imaginación. Durante la infancia es posible soñarlo todo. La infancia consiente la ingenuidad de creer a pies juntillas en todo tipo de supersticiones. ¿O es que acaso no trae mala suerte mirar la luna nueva por encima del hombro izquierdo? ¿Y no atrae la mala suerte tocar una piel de serpiente? ¡Uf, si la atrae! ¡Que se lo digan al bueno de Huckleberry!
Si Sawyer destaca, como un Quijote del Misisipí, por poder imaginar cualquier juego y por reinventarse a diario; Huckleberry lo hace por la absoluta libertad de sus actos y carácter. Es por esa concepción irrenunciable de la propia libertad por la que Twain le concede voz propia para convertirse en narrador al contar sus aventuras. Huckleberry Finn, el desastrado, sucio y entrañablemente inocente Finn no ha nacido para seguir más normas que las que le dictan sus ansias de vivir libre de cadenas. Por eso sube al desván de tanto en tanto y suelta palabrotas: porque las palabras que le llegan desde la escuela o desde el púlpito se le vuelven insípidas en la boca y él, rebelde, quiere que esa boca libérrima le sepa a algo. A Huck no hay norma ni orden que le ponga grilletes. En la figura de Huck, Twain, descreído de tantas cosas, deifica una infancia en la que la represión socializadora del proceso educativo aún no se ha salido con la suya.
Quizás, al hacerlo, Twain está ajustando cuentas con la vida, que tuvo a mal truncarle la infancia demasiado pronto. La temprana muerte de su padre (Twain tenía doce años) hizo que tuviera que empezar a trabajar apenas iniciada la pubertad. Lo hizo como aprendiz de tipógrafo en una imprenta y fue ahí donde quedó infectado por el virus de la escritura. Sus primeras colaboraciones en diversos periódicos de Filadelfia o Saint Louis tuvieron lugar poco después y fue en ellas donde empezó a forjarse el estilo eminentemente periodístico, colorista y ágil, lleno de vitalidad e ingenio, que le haría famoso. El estilo de Twain renegaba de todo intelectualismo y bebía de la jerga que escuchaba en las calles. Era un estilo cuajado de notas de humor e ironía; un estilo lleno de vida y naturalidad que, sin disimulo, quería llegar a todo el mundo. Quizás Twain es uno de los primeros escritores que piensa en términos mercantiles; tal vez uno de los primeros hacedores de best-​sellers.
Ese estilo directo y fluido haría que gente tan autorizada como William Faulkner llegara a afirmar que Twain había sido el primer escritor verdaderamente estadounidense. Eso sería así no sólo por su manera de escribir y por su particular modo de reflejar los tipos populares que poblaban aquellos Estados Unidos en acelerada ebullición. Sería así también porque Twain encarnaba todo lo que eran aquel país y aquel tiempo.

Un hombre inquieto
Twain, culo de mal asiento, inquieto, emprendedor y aventurero, fue siempre fiel a ese espíritu que tanto se ha asociado a los orígenes y formación de los Estados Unidos. Por ser fiel a su carácter, Twain dejó temporalmente la tipografía y se lanzó a la aventura. Se hizo piloto de vapor fluvial, fue prospector de minas de plata, luchó en la Guerra de Secesión (1861), buscó oro, viajó por múltiples países, fundó una editora, invirtió en linotipias, creó juegos para niños. Podríamos hablar de la concentración de varias vidas en una sola vida o de cómo todas esas vidas existieron para convertirse en fuente de inspiración. Lo demostraría su primer libro, Los inocentes en el extranjero, editado en 1869 y versión ampliada de las columnas que durante años Twain había publicado como periodista y en las que hablaba de sus viajes por Europa, Polinesia o Tierra Santa. En esas páginas ya se vislumbraba una peculiaridad de Twain: muchas veces en su narración no hay trama, sino una serie de sucesos episódicos enlazados por una voz principal. También se observa ya ahí la importancia que adquiere el viaje. En Un yanqui en la corte del rey Arturo, es un viaje en el tiempo. En su novela más aplaudida, Las aventuras de Huckleberry Finn, el viaje Misisipí abajo que emprenden Huckleberry y el negro Jim es también, simbólicamente, un viaje hacia la identidad.
A raíz de la publicación de Los inocentes en el extranjero y del éxito de sus artículos periodísticos, Twain, que fue un fantástico publicista de su obra (incluso llegó a ser un innovador con la venta por suscripciones de sus libros), no tardó en convertirse en un fenómeno de masas. Sus giras de conferencias, su ingenio aforístico y mordaz, su apariencia excéntrica y su sabia utilización de los grandes periódicos de la época convirtieron su nombre y su imagen en una especie de marca comercial.
La vida viajera y aventurera de Twain, sin embargo, se tomó un respiro a partir de 1870. Los motivos de ese cambio hay que anotarlos en el haber de Olivia Langdon, Livy, hija de un capitalista que se había destacado en la lucha contra la esclavitud y con la que Twain se casó ese año y se establecieron en Connecticut. Fue a partir de ese momento cuando Twain empezó a escribir el grueso principal de su obra y cuando su narrativa, hasta entonces humorística, tomó un tono más crítico. Twain fue convirtiéndose en una especie de Pepito Grillo de la sociedad norteamericana, conciencia moral de un país que avanzaba a marchas forzadas hacia el capitalismo y en el que empezaba a primar la moral del todo vale si la cuenta de resultados sale positiva. Twain denunció corruptelas y desigualdades, clamó contra injusticias sociales y hasta llegó a escribir algún artículo en el que plasmaba su horror ante la pena de muerte.
Desde ese momento sus novelas y libros de viajes se fueron sucediendo incansablemente hasta superar la cincuentena. Entre sus libros de viajes y memoria habría que señalar Pasando fatigas, Vida en el Misisipí, Siguiendo el ecuador. De sus novelas, Las aventuras de Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo y, por supuesto, Las aventuras de Huckleberry Finn, de la que Hemingway dijo que la literatura norteamericana moderna provenía de esa obra.
Pero Twain no pudo descansar en su gloria. Se arruinó al invertir en una linotipia y tuvo que recorrer de nuevo el mundo con conferencias. Esta vez lo hizo acompañado de Olivia. Ella murió en 1904 y él ya no volvió a ser el mismo. Recogió premios y fue nombrado doctor honoris causa por varias universidades, pero su carácter se había ensombrecido y su desdén hacia los usos y costumbres religiosos se volvió más crítico. De ello darían fe Los escritos irreverentes. El golpe final se lo dio la muerte por meningitis de su hija mayor. Él murió apenas unos meses después, el 21 de abril de 1910. Había nacido con la llegada del cometa Halley a la Tierra. Al día siguiente de morir, casi 75 años después, volvió a avistarse el cometa. Como si su vida hubiera sido un juego inventado por Tom Sawyer.

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