Ojo con el turismo

Alfredo Pastor
No hace mucho, un periódico local hablaba, con evidente desprecio, del “modelo español de ladrillo y turismo” (que contraponía a un “modelo catalán” que imaginaba distinto), y abogaba por su sustitución. Se trata de una actitud bastante extendida: a muchos les gustaría vivir en un país cuyos ciudadanos anduvieran ataviados con batas blancas de investigador; un país imaginario, que contrasta con otro, igualmente imaginario, en el que todos andamos vestidos con chaquetas, igualmente blancas, pero de camareros.
Empecemos por tratar el turismo con la consideración que se merece: en primer lugar, se trata de un bien –más exactamente, de un servicio– de los llamados de orden superior, es decir, de los que se consumen más al aumentar la renta: justo lo contrario de lo que ocurre con el pan, los guantes de punto o los paraguas. Concentrarse en la producción de bienes superiores –automóviles o electrónica doméstica– es precisamente lo que hicieron los japoneses cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, hubieron de reconstruir su economía. Por esta misma razón, una parte central de la actividad turística –el sector hotelero– alcanza su máxima perfección en los lugares más ricos del planeta: los mejores hoteles de Estados Unidos están en Nueva York, no en Montana; la oferta hotelera es un elemento indispensable en el desarrollo de cualquier ciudad. Por lo demás, el turismo puede perfectamente coexistir con las batas blancas: si César Ritz era suizo, también lo era Leonhard Euler, aunque quizá sea más conocido el primer apellido que el segundo. El desarrollo turístico bien hecho, por lo demás, es una actividad que necesita mucha inteligencia, buen gusto, olfato y sentido de la organización; de ningún modo se trata de un oficio vergonzante. Por último, el turismo es la única salida para mantener la actividad económica en ciertas zonas del planeta.
España tiene muchos elementos para ser un lugar privilegiado para el turismo. Pese a ser considerado como una actividad poco seria por nuestras autoridades, el turismo español ha desarrollado bien muchos de esos elementos, en especial fuera de las zonas donde llegaron los primeros turistas, donde la codicia ha terminado para siempre con muchos lugares hermosísimos. En el futuro, habría que insistir en tres elementos: la formación del personal, para que sustituya, en el trato al cliente, a la tradicional, y ahora ya mítica, simpatía natural del español; una mayor sensibilidad a las necesidades del cliente foráneo –si queremos atraer turistas chinos deberemos ofrecerles su comida, y traducir nuestros folletos a su idioma – , y la extensión de las redes de captura del cliente; en este último menester, nuestras grandes compañías hoteleras ayudan adquiriendo hoteles en las grandes ciudades europeas, americanas y asiáticas.
Pero, naturalmente, 45 millones de españoles no vivirán a sus anchas sólo del sector turístico. España no es, ni tiene por qué ser, un parque de atracciones, o una mezcla de circo y de balneario. La visión costumbrista, elaborada en gran parte por los viajeros franceses que nos visitaban en la época romántica (los de otros países ni nos visitaban siquiera), no ha correspondido nunca a la realidad. Hemos conquistado con cierta rapidez el discreto lugar que nos corresponde en Europa, después de un largo período de ensimismamiento, inferior, por cierto, al de la decadencia china iniciada a principios del siglo xix. A ello contribuyen todos los sectores de nuestra economía, y así seguirá siendo.

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