De 1945 a hoy

Alfons Banda Tarradellas
Fin de la Segunda Guerra Mundial. Dos acontecimientos terribles: el genocidio judío y el bombardeo atómico. La sociedad internacional en una reacción positiva aprueba la Declaración Universal de Derechos Humanos. Paradójicamente los estados vuelven a una insensata carrera armamentista en la que el poder nuclear marca el estatus. El bloque occidental crea la OTAN, el bloque soviético crea el Pacto de Varsovia. Una guerra nuclear parece posible incluso por error. La población se siente amenazada.
En este marco reaparece, donde puede hacerlo por cultura y por disponer de un marco democrático, un movimiento pacifista que se convertirá en un elemento crítico de sus propios gobiernos y en un agente deslegitimador de la guerra, de los ejércitos, de las armas nucleares y de los bloques, mientras preconiza el desarme, la objeción de conciencia y una revisión radical de las relaciones internacionales.
Los referentes anteriores del pacifismo siguen ahí, vigentes e inspiradores, pero el movimiento se propone sobre todo influir directamente en la opinión pública, valorada como palanca de cambio. En el mundo académico algunos pioneros trabajan sobre nuevas disciplinas centradas en el análisis y prevención de conflictos.
Con la disolución del bloque soviético se conciben esperanzas, mengua el peligro de guerra entre grandes estados. Pero los conflictos bélicos se multiplican en formatos inéditos. También el movimiento pacifista se transforma. Ahora es un movimiento amplio, con notable capacidad de convocatoria, de contorno difuso, en el que coinciden ciudadanos con un cierto común denominador de valores. Algunos se vinculan a entidades que trabajan temas como el desarme, el comercio de armas, la objeción, la educación para la paz, la resolución de conflictos, la noviolencia, las fuerzas civiles. Esas entidades convocan, organizan y transfieren con eficacia al discurso ciudadano, y a la educación por la paz, el conocimiento producido en círculos académicos.
De esta manera se consiguen las masas críticas suficientes para la realización de campañas capaces de obtener sorprendentes éxitos. La suma de esos entornos se suma a su vez a los de otras entidades centradas en otras asuntos: cooperación, derechos humanos, con finalidades complementarias. La esperanza es la implantación progresiva de una cultura inédita, la cultura de paz.

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