Unas etapas más movidas que otras

Josep Maria Margenat
La segunda posguerra mundial había entrado en su etapa de “guerra fría” y faltaban años para que acabase la posguerra española. En una fecha improbable, 30 de junio de 1951, apareció El Ciervo. Aquella España manifestaba inquietudes: en marzo hubo una huelga de tranvías en Barcelona; el nuncio en París Angelo Roncalli recibió al lehendakari en el exilio, el católico José Antonio de Aguirre, y hubo protesta del gobierno español; las huelgas laborales de Barcelona, Madrid, Vizcaya y Guipúzcoa en marzo y abril fueron la excusa para que Falange consiguiese la supresión del semanario obrero católico de la HOAC, ¡Tú!, y, en aquel mes de junio, los arzobispos españoles pidieron en un documento que se controlasen los precios y a los “acaparadores” y se garantizase el salario mínimo.
Ésta podía ser una foto de la España en que apareció el primer número de El Ciervo, que cumple ahora sus primeros 60 años. Algo se movía en muchos aspectos en nuestra sociedad y aquellos jóvenes católicos e inconformistas supieron captarlo. Salvador Giner la definió hace diez años como “una revista cristiana de izquierdas”. Realmente es una buena definición, aunque enseguida se le antoja a uno incompleta. Una revista “moderadamente progresista, siempre en una posición de diálogo”, escribía Puig Rovira en el 40 cumpleaños de la revista. Resulta difícil definir esta revista porque su característica es huir de las definiciones. Para su fundador y director durante los primeros 55 años, el poeta y periodista Lorenzo Gomis, El Ciervo era “una revista improbable”. Durante todo este tiempo El Ciervo ha sido una revista cristiana, pero en ella han encontrado siempre cómodo acomodo, holgado y nada oportunista, escritores agnósticos. El Ciervo es una revista catalana siempre escrita en castellano, en cierta manera “catalanista cultural” aunque en ella no estén siempre cómodos los nacionalistas. Más que como revista de izquierdas podríamos considerar El Ciervo como una revista en permanente heterodoxia de todo tipo –pero nunca en la herejía – , pues los ciervistas, los lectores, los suscriptores, los escritores son gente a los que les disgusta la exclusión, aunque son capaces de poner límites, son gente definida por esa virtud que llamamos seny. El Ciervo, que hace 60 años abrió un espacio cultural y reflexivo sobre el cristianismo y sobre la ciudadanía, acompaña desde entonces un cristianismo abierto, exigente y crítico. Hoy sigue haciéndolo. Conocer un esquema de su evolución puede ser útil, es lo que pretenden estas líneas.

EL PRIMER CIERVO, 19511957
Lo primero que llamó la atención de aquella revista fue, según Lorenzo Gomis, su estilo, su estilo juvenil, que saludaba José Luis Aranguren, quien en 1952 escribió “en nuestra época de muchachos no había ninguna revista así. Por eso era tan ñoño, tan poco incitante, tan aburrido ser católicos”. El padre Llanos escribía que la revista “como quien no quiere la cosa se nos ha convertido en conciencia nacional”. En pocos meses, El Ciervo fue brincando y saltando con agilidad hasta tomar vuelo. Los primeros años, la tertulia a la que se iban incorporando nuevas plumas era escuela de periodismo: “Había que escribir como se escribía en la revista, no de otra manera”, recordaba Lorenzo en 1991.
También se iba formando el grupo “prepolítico” que daría origen al llamado primer Felipe, aunque la vocación política nunca estuvo entre las intenciones de la revista. Los ciervistas de entonces, sin embargo, empezaban a hacer obra de reconciliación. “De pronto el catolicismo se abría como una nuez para mostrarnos el corazón cristiano. Del jesuitismo militante pasábamos al franciscanismo, a través de un estilo literario… de luminosa sobriedad azoriniana”, escribió más tarde J. A. González Casanova. Aquellos jóvenes, en su mayoría hijos de vencedores en la guerra de España, no aceptaron ni su versión religiosa ni la política sobre esa guerra. Para ellos, como para quienes, desde la oposición plural a la dictadura en los años 60 y 70 sellaron un pacto de reconciliación y pusieron la amnistía como exigencia democrática, el enfrentamiento no podía volver a repetirse, lo que venía a suponer la cancelación definitiva de la guerra de España y la primera “política de memoria” que se puso de pie en nuestro país. Solo así la democracia de la España plural, ideológica, religiosa, nacional y culturalmente plural, podría fundarse. El rechazo de la versión enfrentada –triunfalista– de la generación de sus padres, vencedores, con la de los vencidos, era el envés del “verdadero y ansiado lugar del refrigerio, de la luz y de la paz” (González Casanova). Era ya la revista de un grupo de cristianos jóvenes révoltés, aunque todavía no engagés.

CIERVOS MÁS MADUROS, PERO NO MENOS INQUIETOS
Los años que precedieron y siguieron al Concilio de 19621965 fueron esenciales para formar la identidad de la revista. En cierta manera, su cristianismo se veía confirmado y confortado por el aire nuevo del papa Roncalli y del concilio. Abundaron aquellos años las noticias, los ensayos, las inquietudes religiosas, quizá con menos estilo que el primer Ciervo: nuevas firmas, más páginas. Seguían siendo jóvenes giustamente irriquieti, como le había dicho el alcalde de Florencia La Pira, a Nacho Montobbio, uno del primer grupo. Justamente inquietos, revueltos todavía, pero ya comprometidos, quizá porque habían descubierto un día a Mounier y habían entendido que era lo que estaban buscando, como le dijo González Casanova a Alfonso Comín. La revista se había hecho “más normal, menos singular”, según Lorenzo Gomis. En noviembre de 1962 escribió “Fuego en San Pedro”: en el Vaticano II la ideas que había sembrado y defendido El Ciervo, ya no sonaban “a raro y peligroso, sino a verdadero”. “Con el Concilio –escribió en febrero de 1963 su director– se han ido encendiendo en las encrucijadas de la cristiandad nuevas luces verdes. (…) La hora que suena, si las puertas poco a poco se abren, no es la de las instancias suplicantes ni la de las pullas agresivas. Es la hora de la conversación verdadera y libre”. Es normal que los ciervistas estuvieran encantados con el concilio, pues a ellos no les gustaba tener que callar, ni murmurar, ni gritar. Con las puertas abiertas, “entonces se puede hablar”.
El entusiasmo religioso dejó paso en las dos décadas siguientes al predominio de temas y de problemas políticos. Era previsible. Entre 1968 y 1986 la sociedad española vivió una transformación política y cultural. La cultural maduró después, pero ya había comenzado; la política se fue acelerando y alcanzó su mayoría de edad gracias a que la transición religiosa había comenzado antes con gente como los ciervistas. En enero de 1976 Lorenzo Gomis lo expresaba, lo editorializaba con una frase: “La noticia que no se ha dado”. El catolicismo español había cambiado en cosas esenciales lo que iba a ser esencial para el cambio político y cultural de décadas posteriores.
En la revista parecía que había demasiada política para quienes querían religión y demasiada religión para quienes querían política. No había llegado todavía “la hora de la verdad”, la de la democracia y la revista seguía “con curiosa propensión a ocuparse de causas perdidas”. Destacó, por ejemplo, en su defensa de la objeción de conciencia, cuando nadie lo hacía públicamente; la causa se ganó años después con la Constitución. En esto y en muchas cosas más El Ciervo se adelantó a la que luego se reconoció, tranquila y felizmente, como una España plural. La Constitución no hablaba de Estado federal, pero aquello se le parecía. Mientras tanto, España se había hecho más plural religiosamente, y también en lo cultural; con los años, tras un crecimiento económico sostenido, España, más rica también, era más desigual en sus rentas, y la llegada de millones de inmigrantes sudamericanos, europeos del este y magrebíes la había hecho definitiva y felizmente más plural en lo cultural y en lo religioso.
La revista comenzó a mediados de los años 80 una época “más” cultural y social. Aunque los editores del libro de Lorenzo Gomis y sus editoriales han escogido dos lemas –“elogio del ciudadano sentado” y “escuela de paciencia”– que parecen traducir cierto apagamiento, El Ciervo, en su madurez como revista, sabía que ya no se iban a producir grandes entusiasmos ni grandes vuelcos, y que había que asimilar las experiencias vividas. La revista seguía enviando mensajes de confianza como el que escribía Lorenzo en verano de 2000: “Dios cree en nosotros”, o poco más tarde, “Un mundo habitable”, tras el atentado del 11-​S en Nueva York. La bondad de la mirada no impedía a la revista tomar posición firme frente a la injusticia, por ejemplo contra la guerra de Iraq. El europeísmo no era una nueva “religión” –en El Ciervo ya no eran todos católicos como en sus orígenes, también la revista se había hecho pluralmente religiosa – , aunque Europa parecía a su gente un espacio más habitable que otros y por eso un referente, un espacio privilegiado para la esperanza humana: El Ciervo lo subrayaba con tesón y paciencia. Lorenzo Gomis escribía en verano de 2005: “La ciudadanía europea se hace con miles de pequeñas decisiones y es esa tarea tan hermosa como compleja y difícil que, para resumir, llamamos europeísmo”. Seguimos aquí y ahora con la sed del que busca las fuentes.

BIBLIOGRAFÍA
Bofill, R., “El Ciervo. Mirada y espejo de los cambios del catolicismo español”, en Castells, J. M., Hurtado, J. y Margenat, J. M., De la dictadura a la democracia. La acción de los cristianos en España. (Desclée de Brouwer, Bilbao 2005).
Gomis, J., Ocho años de “El Ciervo”. Generaciones nuevas, palabras nuevas. (Euramérica, Madrid, 1960).
Gomis, J., Memòries cíviques. (La Campana, Barcelona, 1994).
Gomis, L., Una temporada en la tierra. 80 años de memoria (19242004). (El Ciervo, Barcelona, 2004).
Gomis, L., Medio siglo contado con sabio humor. 100 editoriales de El Ciervo. (Herder, Barcelona, 2011).
González Casanova, J. A. (editor), La revista “El Ciervo”. Historia y teoría de cuarenta años. (Península, Barcelona, 1992).

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad