PATRIOTISMO

Cómo construir comunidades

David Jou
Podemos considerar el patriotismo como una actitud de responsabilidad y compromiso en la mejora de las condiciones de vida en un territorio concreto, definido aproximadamente por una historia y por una voluntad de futuro. En ese sentido, el patriotismo requiere optimismo y capacidad crítica, ilusión y lucidez, generosidad y perseverancia, y es, por ello, una fuente poderosa de energía moral. Desde un prisma más estrictamente emotivo, el patriotismo puede ser una exaltación entusiasta de un territorio, una historia, unas costumbres, sin llegar a implicarse en la transformación del presente y la construcción del futuro; conservación por encima de transformación, pero energía al fin y al cabo. El patriotismo, en su doble vertiente idealista y práctica, tiene los retos de construir una comunidad humana más o menos consistente –“socialmente justa, económicamente próspera, políticamente libre y espiritualmente gloriosa” – , y de proyectarse hacia afuera e intervenir en el mundo de la manera más eficaz y prestigiosa posible. Así, el patriotismo actua a la vez como un todo globalizador de su espacio interno, y como una parte que pretende intervenir con voz propia, a la medida de sus posibilidades, en un todo más amplio.
Como cualquier otra actitud humana, y en especial las que implican grandes dosis de pasión y grandes despliegues de potencia, el patriotismo puede degenerar en diversos excesos: en un exclusivismo narcisista, un expansionismo territorial o económico, una represión de los grupos poco afines a los ideales mayoritarios, o una coartada para dar prestigio a los intereses de grupos dominantes. El defecto de patriotismo también tiene sus riesgos, ya que sin él una sociedad puede decaer en el individualismo o languidecer en el escepticismo, el conformismo y la apatía.
En todo caso, la política, la demografía, la tecnología, los movimientos de masas, y otros factores de la historia reciente, han relativizado identidades y han acelerado la historia, y hacen que resulte pertinente preguntarse qué es hoy el patriotismo, a diferencia de lo que pudiera ser hace un siglo.
Los referentes emocionales clásicos del patriotismo son una lengua, una historia, unos personajes de referencia, un paisaje, un estilo de vida, una gastronomía, y sus principales instrumentos son una moneda, un ejército, una autoridad política, unas grandes empresas, unas voces culturales o equipos deportivos de resonancia internacional.
La historia de los últimos sesenta años ha ido relativizando esas referencias. La construcción perseverante de ámbitos más vastos que los tradicionales –la Unión Europea, por ejemplo– ha conducido a una moneda única, a un ejército coordinado, a unos marcos normativos comunes; la movilidad de profesionales, estudiantes, y ciudadanos en general, ha relativizado el papel de la lengua y las costumbres; la imperiosidad y urgencia del presente han desvaído la capitalidad maestra de la historia; la atención a lo material, lo placentero y lo individual han diluido el papel estructurador de la religión; la rapacidad de la economía especulativa ha burlado a individuos y colectividades.
Así, la cohesión identitaria de lengua única, territorio exclusivo, homogeneidad étnica, valores –religiosos, políticos y culturales– mayoritariamente compartidos, ha estallado casi por doquier, abriendo una interesante pluralidad de opciones vitales, pero también un desconcierto e inseguridad en los valores y las pautas a seguir. Muchos países se están preguntando hoy qué es el patriotismo desde esas nuevas coordenadas.
En los últimos veinte años, la situación se ha vuelto todavía más compleja, a causa de una aceleración de la historia, manifestada en inmigración, globalización y tecnología. Por un lado, una inmigración exageradamente rápida, heterogénea y cuantiosa dificulta establecer a corto plazo unos lazos comunitarios suficientes, y disgrega aún más el paradigma comunitario, con unos recién llegados que desconocen la mayoría de referencias básicas del país de acogida y que, en algunos casos, no tienen intención de adaptarse a ellas. Por otro lado, la globalización sustrae de las manos del poder territorial instrumentos de acción y capacidades de decisión necesarias para la supervivencia de algunas características o para la mejora de las condiciones de vida, la construcción de riqueza y la gestión de la herencia patrimonial, dejando a la comunidad a merced de ámbitos de actuación en los que su capacidad de incidencia es mínima y su voz no es tenida en cuenta. En concreto, supone una deslocalización de la producción industrial, con grandes repercusiones en el mercado de trabajo, y nuevos riesgos especulativos a gran escala sobre las economías pequeñas y medianas, como la crisis económica actual pone repetidamente en evidencia.
En tercer lugar, una aceleración tecnológica induce una modificación muy rápida de patrones de comportamientos y referencias de cultura que, por atractiva que pueda resultar, produce una sensación de provisionalidad e inseguridad, dificulta la transmisión del patrimonio espiritual y cultural entre generaciones, y diluye los lazos de complicidades entre ellas, estableciendo una creciente ignorancia mutua.
¿Cómo puede el patriotismo desplegar su capacidad de energía, de ilusión y de movilización en ese contexto de turbulencia demográfica, cultural y económica? Construir una comunidad, tejer lazos emocionales y prácticos entre una diversidad de grupos e intereses, no es fácil: requiere tiempo, densidad de contactos, generosidad, paciencia mutua, esfuerzo, y también un nivel adecuado de exigencia. Un contexto de crisis económica, carestía financiera y paro galopante exacerba los intereses particulares, atentos ya no tanto a la ganancia como a la pura supervivencia.
Pero son esas situaciones las que más requieren del patriotismo: tener en cuenta el conjunto de la sociedad, no dejar desamparados a los más débiles, priorizar las inversiones más fecundas, orquestar todas las energías, reavivar todas las ilusiones. Disponer de un proyecto compartido en que los beneficios comunes resulten más o menos claros y suficientemente apetecibles a una amplia parte de la población es lo que más rápida y eficazmente puede unir, pero no es fácil elaborar un proyecto integrador, capaz de sumar y coordinar voluntades. Cuando la situación material ya no es suficientemente rica para producir una ilusión de sentido ni garantizar la supervivencia, todas las capacidades de la voluntad, la imaginación, la cultura y la espiritualidad deben tomar la iniciativa y construir nuevos caminos. El patriotismo puede ser una de esas grandes energías, si no se desvía en alguna de sus múltiples tentaciones. Esa es hoy, en mi opinión, la actualidad y urgencia del patriotismo.

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