Sesenta años no es nada

J. A. González Casanova
Los hermanos Gomis, cada vez que evocaban la fundación de El Ciervo, insistían en que al grupito de jóvenes amigos iniciadores de la revista ni se les pasó por las mientes la posibilidad de que llegara a cumplir 25, 40, 50, ¡60! años de existencia. Sin embargo, tales efemérides se fueron cumpliendo y cada uno de los aniversarios citados se celebró, con gratitud, memoria antológica y compromiso de futuro, en el correspondiente número extraordinario. En el año cuadragésimo, la celebración consistió en la edición de un libro, La revista “El Ciervo”. Historia y teoría de cuarenta años; que con gusto preparé con la ayuda de algunos de sus propios colaboradores. En su presentación, me congratulé de la vida ya alcanzada contra todo pronóstico por nuestro querido venado, pero tal hecho me motivó la siguiente queja. “Clama al cielo que en tan largo periodo no se haya publicado todavía, que yo sepa, ningún estudio científico sobre uno de los monumentos religiosos, políticos y literarios más singulares de nuestra historia reciente. (…) Falta una historia, un análisis de los temas y de su tratamiento y una teorización, aun aproximada, sobre lo que ha sido y significado de esta revista cultural de originalidad indiscutible y de reconocida (aunque no siempre proclamada) influencia”. Veinte años más tarde, mi queja sigue en pie, debido tal vez a que, a sus 60 años, la aportación escrita de El Ciervo es todavía mayor y resulta tarea ingente acometer un estudio exhaustivo. Quede, pues, el librillo del año 1992, como modesto esbozo de lo que sigue siendo una asignatura pendiente para los historiadores de la cultura española contemporánea. En muchas culturas antiguas, el ciervo era el símbolo por antonomasia de la longevidad.
En el 25 aniversario me atreví a definir tres etapas de nuestra revista. Entre 1951 y 1956 habría una infancia inefable, tierna y poética de El Ciervo; durante los años 60 y hasta la transición democrática de 1977, una adolescencia crispada y fustigadora; y, en fin, una edad madura, que llega, como mínimo, hasta hoy. Pasar de infante a adulto ¿qué ha podido significar para la orientación de lo publicado?

UNA MANERA DE VIVIR
La respuesta la dio hace diez años, en el 50 aniversario, un clarividente Jordi Pérez Colomé: “El Ciervo no fue hijo de una etapa, sino de una manera de vivir, sea cual sea su tiempo”. Esa “manera de vivir” es una forma de estar en el mundo, de verlo y de interpretarlo que Lorenzo Gomis supo transmitir, conservar y renovar a todos los que hacíamos la revista, fuéramos quienes fuéramos (veteranos, jóvenes, más jóvenes) y fuese el tiempo que fuese. El periodismo auténtico es un eternismo: busca en lo que pasa “lo que no pasa” nunca y lo que nunca suele ser dicho, proclamado o denunciado. Nada humano le es ajeno, trata por igual lo material y el espíritu y, sobre todo, media, sin fronteras ni excepciones, entre cuantos precisan comunicarse la buena nueva de una información veraz, una reflexión crítica y un ánimo espiritual estimulante. Esta revista es el producto elaborado por el taller de los Gomis, una familia catalana, liberal y moderada pero demócrata y justiciera. En él han trabajado, con el paso del tiempo, decenas y decenas de escritores amigos, creadores de una empresa comunitaria, una cooperativa de ideas y proyectos, una pluralidad de opiniones libres y sinceras.
El hecho de que El Ciervo viviera un cuarto de siglo bajo la dictadura franquista y treinta años en democracia le permite demostrar que ha cumplido una misión política, pues se ha formado en las filas de la resistencia frente al autoritarismo, ha influido en el cambio de mentalidad religiosa y política de toda España y, siguiendo la tradición de la Cataluña progresista, ha participado en la construcción moral del nuevo Estado democrático. Ahora bien, su vocación política le viene naturalmente de una exigencia sobrenatural. ¿Se puede ser político sin amar a los humanos? ¿Es posible ese amor sin creer que la humanidad es un bien sagrado que no debe profanarse? En consecuencia, el cristianismo de El Ciervo trotó alegre tras el papa bueno Angelo Roncalli, se anticipó al Concilio Vaticano II y defiende su espíritu frente a todo proyecto fundamentalista y reaccionario.

TAREA PROFÉTICA
Si hubiera que calificar la tarea profunda de El Ciervo en su longeva vida, yo propongo llamarla “profética”. No solo en el sentido de adivinar el futuro, sino en el bíblico sentido de iluminar el presente, con todos sus problemas concretos: injusticias sociales, corrupción política y religiosa, desesperanza y escepticismo. El profeta del que habla la Biblia es una persona “inspirada, pública, carismática y amenazada”. Su inspiración es un llamamiento al que se debe dar oídos desde una conciencia responsable. Su publicidad es la calle, la plaza del pueblo, donde se reúne la gente y su mensaje es más necesario porque los problemas son más acuciantes. Su carisma no tiene barreras de género, edad, clase social, o estado eclesiástico.
Toda persona puede profetizar. No es lo de menos su condición amenazada por la indiferencia o el rechazo de sus oyentes, por la agresión verbal o física, por la sanción del poder político o el religioso. Creo que El Ciervo, como los profetas bíblicos, ha tenido hasta ahora una vida dedicada a transmitir las palabras que mejor pudieran crear un mundo más humano y lo ha hecho con la mejora continua de los medios propios de una revista cultural y de pensamiento. Ha abierto su redacción de par en par a todo carisma, sin discriminar. En cuanto a las amenazas, no fueron las peores la censura política y eclesiástica durante el régimen franquista o las agresiones materiales de los neonazis o la incomprensión del nacionalcatolicismo, porque nuestra revista casi siempre ha estado amenazada de muerte, es decir, de cerrar el taller y dejar de publicarse por falta de medios económicos suficientes.
El Ciervo ha vivido en todo momento con el alma pendiente de un hilo divino. Ha vivido de milagro y, como diría el humor de José Bergamín, si ahora puede creerse inmortal es porque no ha tenido nunca donde caerse muerto. Vistas así las cosas, ¿qué son 60 años comparados con la eternidad? Mi respuesta se inspira en el famoso tango de Gardel: sesenta años no es nada.

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