La invisible mano de Lorenzo Gomis

Alejandro Duque Amusco
Fue en su pequeño despacho de la revista El Ciervo donde me recibió Lorenzo Gomis por primera vez. Corría enero de 1975. No lo había visto antes nunca, y lo que me llamó la atención de su persona fue su barba recortada y discreta, que subrayaba su mentón y le daba un aire extraño a lobo de mar. Pero no se parecía en nada aquel sencillo despacho al puente de mando de ningún navío, y mar, si había, era un mar de papel: los rimeros de libros y pruebas de imprenta que inundaban casi por completo su mesa. Allí no había más aventura que la del espíritu.
Días antes él me había llamado, enterado de mi existencia por su amigo y promotor inicial de la revista Enrique Ferran, para vernos. Quería que nos conociéramos y tantear la posibilidad de que colaborara de vez en cuando en El Ciervo con alguna reseña de poesía. No hizo falta más. El amor a la poesía, que en él a sus cincuenta y pocos años era tan vivo y claro como en un joven, fue suficiente para que enseguida se produjera el fluido entendimiento.
Lorenzo era de las personas que prefieren que sea su interlocutor el que lleve el peso de la conversación. De eso me di cuenta desde aquella primera visita. Él escuchaba sobre todo con los ojos, afables, vivaces, y una sonrisa retenida ponía el sello de su comprensión hacia los argumentos del otro. No le vi discutir nunca. Tenía una rara habilidad, casi un don, para persuadir y traer a la vía segura, de la manera más suave y delicada, al desencaminado. Su técnica, si se la puede llamar así, era siempre la misma. Después de un silencio –dominaba maravillosamente los tiempos del silencio – , planteaba su discrepancia en forma de pregunta. Con esta capacidad socrática y su sonrisa a flor de labios –¿un punto irónico quizás?– hasta el más perdido acababa siempre bien orientado.
No me extrañó que fuera designado para el delicado cargo de Síndic de Greuges de la universidad Pompeu Fabra, de Barcelona (versión académica del Defensor del Pueblo), porque había nacido con el poder innato de armonizar las diferencias, de conciliar los opuestos y dirigir los asuntos con invisible mano.
Pero Lorenzo era bastante más que el hombre de nervios templados que sabía infundir una alegría serena a los que estaban cerca. Sería no conocerlo del todo si sólo habláramos de su honestidad y bondad, porque en él había también un hervidero de intereses y apetencias que conformaban su personalidad profunda. No me estoy refiriendo a su profesión de fe cristiana, sino al ser espiritual que bullía en su interior.
El poeta que sorprende al mundo literario en 1951 con El caballo, su vida como periodista y docente, el amor a Roser, su mujer, y a sus hijas, todas estas vetas de una personalidad multifacética descansaban sobre un mismo y sólido soporte: la vida del espíritu. Una espiritualidad de raíz cristiana, con sus modelos en san Juan de la Cruz y en santa Teresa de Jesús, a los que leyó siempre y que trató de llevar consigo a todas partes. La realidad, debió pensar, no estaba reñida con el espíritu. Su vida privada y familiar, la social y profesional, se vieron envueltas por ese halo de espiritualidad, por ese misticismo de lo cotidiano, que añade a la existencia un nuevo horizonte de esperanza. No, Lorenzo no se conformó con vivir. Guiado por su fortaleza espiritual, quiso convertir la historia de sus días en una historia íntima de la felicidad en la tierra.

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