La ‘Mamma’

Jaume Boix Angelats
En 1973, cuando llegué a la redacción de El Ciervo, yo acababa de cumplir 20 años y empezaba a descubrir el mundo, que tenía forma de gran ciudad: inhóspita, triste, sucia, violenta, así era Barcelona antes de la democracia aunque muchos no lo saben y algunos no lo recuerdan.
En el pequeño piso de la calle Calvet pronto me hicieron sentir como en casa. Aquello era una familia bastante grande, con muchos tíos, de América y de todas partes, que llamaban, escribían o pasaban a tomarse un fino y a hablar y traían libros y revistas extranjeras; y tenía el pisito un periscopio errante, camuflado, creo, en un asta del ciervo, una especie de aleph por el que se podían ver los mares y avisar a navegantes y servía también para respirar un poco cuando parecía que no habría forma, y claro que la hubo, de disipar las brumas negras.
Allí, Rosario (la Roser) fue siempre para mí la mamma. Una mamma italiana como Dios manda, energética, jovial, práctica, resolutiva, hacendosa, alegre, morena y mandona. Rosario se ocupaba de la cocina y no se vea eso como un desdoro. Lo que esa mujer me enseñó es que el primer mandamiento de toda publicación es ser publicada y que eso exige mucha cocina: redacción, coordinación, compaginación, titulación, corrección, edición, imprenta, suscripción (ensobrar: en mi vida había oído palabra tan fea), distribución, publicidad. Después de eso uno podía solazarse en su realización personal pergeñando artículos salvadores de la humanidad. Pero no antes, porque sin publicación no hay público y sin público ya me dirás a quién salvamos.
Nunca le vi perder los papeles y eso que el orden es lo único que no cabe en la mesa de un periodista. Ni cuando nos visitaron otros tíos feos del comando Adolfo Hitler ni cuando caía una sanción o Lorenzo estaba amenazado de muerte, ni cuando faltaba el dinero (o sea, siempre) ni cuando sobraba (porque eso nunca ocurrió). La Roser era esa mamma, segura siempre al timón y gastando aquella bienhumorada manera de afrontar la existencia y ver la realidad, una forma no sé si también de ser que acaba dando siempre resultado positivo. No perder los papeles ni el humor. Esta fue otra buena lección que me dio Rosario. De periodismo, claro, es decir de vida.

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