Ahora todo puede volver a empezar

Jordi Pérez Colomé
Rosario Bofill, directora de El Ciervo, murió el 19 de octubre hacia las 8 de la mañana. Estaba en su cama, en casa, acompañada de sus cuatro hijas. Rosario llevaba unos meses con crecientes problemas de salud, que no la dejaban mejorar. Quiso explicarlo ella misma en estas páginas, pero la nota no llegó para el último número de El Ciervo. Quería decir a sus lectores: “Estoy desde hace tiempo con fibrilación auricular rápida e insuficiencia cardíaca tratando de regular las pulsaciones. Últimamente además tengo un pinzamiento en las vértebras que me impide escribir a mano ni con el ordenador. Y quizá no recupere el movimiento del brazo y de la mano. Todo esto para deciros que estoy viva, esperando aun poder asistir al Congreso de los 60 años de El Ciervo” (el mensaje entero está en la página 4). Rosario sobre todo no quería volver al hospital y veía que el final no estaba lejos: “¿No podríamos acabar?”, le decía los últimos días al médico que la visitaba.
El funeral fue al día siguiente en el tanatorio de Sant Gervasi de Barcelona. La sala estaba llena; la gente de El Ciervo nos quedamos de pie. Todo se hizo según las instrucciones que había dejado Rosario. Hace poco más de un mes pidió a una hija que se sentara ante el ordenador y le dictó cómo quería que fuera la ceremonia. Rosario hablaba desde hacía años de los detalles de su funeral. Era detallista y no iba a dejar su última reunión de amigos sin organizar. Encima del ataúd había una foto de Rosario con su marido, Lorenzo Gomis, sonrientes. Dos días después –en sábado– el entierro fue en el pueblo de Viladrau, su patria adoptiva. Hubo un responso en la iglesia y en el cementerio la urna se colocó en el nicho de Lorenzo.
Según dejó escrito, los asistentes estaban invitados luego a una copa de cava. No solo eso. Mientras la gente bebía, los nietos repartieron la letra de una canción: había que cantar “Amigos para siempre”. Los amigos de Rosario lo anunciaron y la comitiva cantó lo mejor que supo. Una amiga me dijo: “Nunca había visto nada igual”, y una hija de Rosario: “Es surrealista”. Entre quienes no la conocían o entendían, la sensación puede ser de perplejidad. Pero el resto reíamos. Era un final ideal para Rosario: alegre, sorprendente, fuera de protocolo. Su mensaje era claro: la muerte es una fiesta. Le he oído decir tantas veces que cuando le decían que alguien había muerto, pensaba: “¡Qué bien!” No podía, es obvio, dar un pésame así. Pero en su propio funeral hizo lo que de verdad quería.
Para la gente de El Ciervo, Rosario Bofill necesita poca explicación. Ha escrito en casi cada número de esta revista desde finales de los años 50. Yo la conozco hace unos diez. Cogí confianza rápido y me permitía preguntas y comentarios un poco fuera de tono. Rosario no se quejaba. La llamaba por ejemplo con un mote cariñoso, que no la molestaba, aunque me pedía que no lo dijera ante desconocidos. Lo procuraba, pero a veces se escapaba. (Parece que se me dan bien los motes; Joaquim Gomis dice en la página siguiente que recuperé uno para él.)
La confianza y el cariño trajeron también confesiones. Rosario me hizo una –“no lo digas nunca”– que por lo que he comprobado estos días, no sabía nadie. Es inofensiva y aquí es el lugar y el momento para contarlo. “¿Sabes cuáles son las cuatro cosas que más me gustan?”, me dijo una vez. Se las sabía bien, porque no dudó; no sé si fueron por este orden: “Tomar el sol, ir a misa diaria, hacer el amor y beber un whisky con amigos”. En este elenco, está buena parte de Rosario: terrenal, espiritual, alegre.
No tengo ninguna duda de cuál es la cualidad de Rosario que más me ha impresionado: era natural. Sé que recordaré a Rosario porque, desde que la conozco, me acuerdo de ella en muchas acciones cotidianas. Rosario no tenía doble fondo. Era eso. Decía lo que quería, sobre todo de ella y de sus sentimientos. No se andaba por las ramas. Si no quería decir algo, callaba, pero no mentía. Aún sonrío cuando me acuerdo de las reacciones de algunos amigos serios cuando Rosario decía algo inaudito pero sincero. Rosario solía decir de Lorenzo: “Era tan libre”. Ella también lo era. En algunos momentos, incluso más. Rosario tenía a veces un toque de impertinencia deliciosa –como en su funeral. La ironía de Lorenzo era más cauta.
Estos días, mientras leía textos viejos de Rosario, no me ha extrañado ver que la mayor cualidad que vio en su admirado Juan XXIII era la naturalidad. Habla de cómo el Papa rompía el protocolo con humor. Rosario no era intelectual. La mayoría de sus artículos son anécdotas y comentarios. Las teorías le abrumaban. Rosario era extraordinaria para entresacar la clave de una charla en una frase. Temía contarle algo personal porque en seguida descubría lo que en realidad quería decir –y a veces no había dicho– gracias a un adjetivo indiscreto o a un gesto. Era terrible. No necesitaba teorías ni discursos. Esta naturalidad se reflejaba en su estilo. Un gran amigo de esta casa me ha contado varias veces esta anécdota: “Cuando mi madre recibe El Ciervo siempre lee mi artículo, pero me dice: ‘Hijo mío, escribirás muy bien, pero yo no entiendo nada’. Luego en seguida voy a leer a Rosario y me encanta, lo entiendo todo’”. Ese ha querido ser siempre el estilo de El Ciervo: contar algo como si fuera cara a cara, sin artificios.
Mientras leía textos de Rosario para este número, encontré este título de un artículo: “Ahora todo puede volver a empezar”. Cuando murió hace casi seis años Lorenzo Gomis, El Ciervo publicó un editorial titulado “Siempre se está empezando”. Era una frase de un artículo de Lorenzo a los 10 años de El Ciervo. Ahora que se ha ido Rosario, la actitud es la misma. Como dijo ella, el evangelio es actitud, la doctrina vino luego. El Ciervo es una revista de actitud, no de doctrina. Algunos amigos me han preguntado: “¿Y ahora qué?” Ahora vamos a hacer el próximo número. Luego el siguiente. Y así.
Pero tampoco hay que disimular. El Ciervo se ha quedado sin sus dos primeros directores, que además estuvieron casados casi cincuenta años. Las hijas de los Gomis saben que El Ciervo era un invitado constante en las cenas familiares. Ninguna otra pareja ni familia acogerá así a esta revista en su casa. Ahora, es lógico, deberá buscar un ambiente distinto. Rosario y Lorenzo dejan una familia extendida enorme, que debe saber acoger a este Ciervo. Los dos primeros directores dejan en estas páginas un legado extraordinario. Pero sabían que la continuidad de El Ciervo no dependería de ellos. Está en las manos de todos que perdure y sirva a nuevas generaciones. Toca empezar de nuevo.

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