Recordatorio sentimental

Joaquim Gomis
Entre lo mucho que se ha dicho sobre Rosario (para mí siempre Roser) tras su muerte, he echado de menos una palabra sobre sus nietos. Abundantes y distintos pero en algo coincidentes: su cariño hacia su abuela. Se ha hablado mucho, como es natural, de Lorenzo (aunque, como también es natural, sin mentar por desconocerlas, las sombras de la relación). Se ha hablado también de sus cuatro hijas, que bien se lo merecen y que han sido quienes en estos meses de enfermedad han asumido el cuidado y la compañía (en cuanto Roser lo permitía, han pasado de ser sus hijas a que ella fuera su hija). Todo esto es verdad y es de agradecer. Pero me gustaría en este recordatorio sentimental, acentuar su relación con los nietos y de los nietos con ella. Creo que es algo importante en un recordatorio sentimental que quizá un servidor, gracias al lugar en que le tocó vivir en su relación con Roser y de ella conmigo, está bien colocado para esbozar.
Pero antes quisiera recordar un momento para mí revelador, epifánico, que siempre le agradeceré. Lorenzo acababa de morir en aquella última tarde del año 2005. Cuando yo llegué a su casa, sólo estaban unos pocos familiares y amigos. El cuerpo de Lorenzo estaba solo en su solemne cama, conservando la debida compostura, acompañado por un par de sus nietos, Laurence y Marc-​Enzo (mi mujer y yo nunca olvidaremos como Marc, tendido en la cama junto a su abuelo difunto, le acariciaba la mejilla con la máxima ternura). Y al salir yo de la habitación, inesperadamente, Roser me abrazó y me dijo: “Tu i jo sempre ens hem estimat molt”. Fue para mí, lo repito, un momento revelador. Roser, con los de casa no solía ser muy expansiva: cariñosa, atenta, inteligente en captar el río oculto que habita en cada uno y que no solemos revelar, pero dentro de un orden (como me decía de su relación con Blanca, una perra de notables dimensiones que tenían en Viladrau y que gustaba de echarse encima de todos: “Conmigo no. Nos tenemos cariño, pero ella ya ha comprendido que me gusta mantener una cierta distancia”). Quizá muchos amigos y sobre todo simples conocidos, no se enteraron nunca de esta característica de Roser. Porque simultáneamente gustaba de parecer expansiva, cercana. “Sé hacerlo” me había repetido, especialmente en estos últimos tiempos. No era comedia ni hipocresía, sino como un deber de buena educación, o de ayudar en las tareas que debía asumir –por ejemplo, en El Ciervo — y que sabía que otros, como los Gomis, estábamos poco dotados. Incluso es posible que en parte fuera fruto de su creencia en la caridad, como virtud necesaria. Pero luego, como descansando tras la representación, no pocas veces me había confesado que en esta faceta de la Roser brillante en la comuicación humana había algo de ficción, más de obligación que de devoción.
Por eso me impresionó aquel abrazo en la noche del fallecimiento de Lorenzo. Entre ella y yo, desde que según la antigua expresión “entró en casa”, había ido creciendo una sincera relación. Si acabo de explicar su faceta de saber representar, ahora debería añadir otra: su gusto por la amistad. Era selectiva, pero cuando uno o una –¿quizá más uno que una?– entraban en el más bien reducido ámbito de su amistad, lo valoraba como un tesoro. Lo valoraba y disfrutaba y agradecía. Incluso como si fuera una gracia no merecida (como si junto a Lorenzo, el mito, ella no mereciera la gracia de la amistad). Por eso, el crecimiento progresivo de su relación conmigo, hasta llegar a lo que en estos últimos meses alguna de sus hijas definió diciendo que éramos como hermanos, ha sido para mí un hecho fundamental. En ocasiones habíamos discrepado, me parece que alguna vez me había suavemente reñido (ya no recuerdo por qué). Pero al mismo tiempo, aquello que en la noche de la muerte de Lorenzo expresó diciendo tu i jo sempre ens hem estimat molt, incluía una comunión de vida.
Desde los inicios. Desde que entró en la redacción de El Ciervo (con una modestia inicial que luego, afortunadamente para la revista, casi llegó gracias a su dedicación abnegada a un cierto reinado, porque los demás pasaban pero ella seguía). Pero sobre todo desde que el matrimonio fructificó en una hija tras otra. Roser supo favorecer que entre todas ellas, desde niñas hasta mayores, floreciera una espléndida relación con el tío Pim (un servidor, un apodo que ahora Jordi Pérez ha resucitado en la redacción de El Ciervo). Supo también cuidar de mi madre en su vejez, sin quejarse nunca de las dificultades que le ocasionaba. Y cuando decidí secularizarme, acogió con todo cariño a quien sería mi mujer. Todo ello sin que, al mismo tiempo, dejara de escogerme para expansionarse en los primeros años de matrimonio ante las dificultades económicas o, años después, cuando el marido periodista ya era famoso y se quedaba en las redacciones de La Vanguardia o El Correo catalán hasta altas horas de la noche y ella debía asumir el cuidado de las hijas.
Llegaron tiempos mejores. Fueron llegando los nietos. Ella escribió que “nunca fui muy amante de los niños, pero estoy entusiasmada con mis nietos”. Con todo, gustaba de proclamar que Montse, mi mujer, y en segundo lugar yo, éramos más criaturers (no sé como se dice en castellano, pero ya se entiende). Si algo de verdad hay en ello, más mérito ha tenido Roser en ser muy querida por sus nietos. Es lo que he vivido estos días. Es lo que he querido afirmar al principio de este artículo. Entre lo mucho que nos deja, un lugar privilegiado lo ocupan sus nietos. Por eso este recordatorio sentimental empieza y termina con sus nietos.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad