Admirable serenidad

Jaime Arias
De tarde en tarde, en diferentes encuentros siempre cordiales, pero no exentos de nostalgia, dado los comunes recuerdos de seres tan queridos que a uno y otra se nos fueron, seguí estos últimos años el largo proceso del ejemplar final de la inolvidable amiga Roser. La supe y la veía, amorosamente rodeada y asistida por sus hijas. Todas juntas o, ciertos días, sueltas y acompañadas de algunos nietos. Roser daba la impresión de ser la quinta hermana del cuarteto. Soledad, María, Clara y Sonia me fueron dando noticias, de viva voz, cruzándonos por las aceras balmesianas o por llamadas telefónicas. En días peores que otros, Roser sabía disimular los achaques. Se esforzaba en poner buena cara, aflorando su bondadosa sonrisa o el destello de su inteligente y profunda mirada. Interesándose por la salud, novedades y cuitas del interlocutor y demás amigos.
Alguna vez, incluso, coincidíamos en la farmacia de la doctora Guix, eslabón de la más antigua dinastia de boticarios que se remonta al año 1640. Por cierto que, en un inmueble de enfrente, atiende a sus pacientes el ilustre dermatólogo doctor Mascaró, cuyo hijo es la novena generación de una misma dinastia de médicos catalanes, (1630), decana de Europa. Dominios insospechados de la ciencia y curiosidades de ese barrio de Molina-​San Gervasi sobre el que Llorenç dejó escrito uno de sus coloristas artículos de La Vanguardia. Contrapeso de aquellos otros más sesudos, pero no menos irónicos, y de sus editoriales que elaboró durante más de cuatro decenios, intérprete de la opinión mayoritaria de la Barcelona ilustrada, en los que él mismo fijaba los límites más racionales. De acuerdo con Horacio Saénz o luego de Tapia y Lluís Foix, con quien trabó singular amistad; todos le reconocían autoridad moral.
Por eso mismo, uno tras otro, tanto a Roser como a los demás íntimos compañeros nos sorprendió desagradablemente la decisión de aceptar la dirección de El Correo Catalán de Llorenç, aún más quien como yo compartía la subdirección, ambos muy afines. No pudo atender a razones, ya que se había despedido del propietario. Por suerte, don Carlos, conde de Godó , intuyendo que Gomis, por el que sentía especial aprecio, había dado un paso en falso le dijo: “Sepa usted que aquí sigue teniendo la puerta abierta”. Gesto que, poco después de un año, mantuvieron los Godó, senior e hijo Javier. Gomis volvió pues a su puesto de coordinador editorial hasta su jubilación en la casa de La Vanguardia y en la universidad, consagrando el último tramo de sus quehaceres a El Ciervo, donde siguió volcando sabiduría hasta el último aliento.
He traído a colación este inciso porque fue importante en el devenir de Roser, que siguió más que nunca unida y compenetrada a su esposo. Formaban un matrimonio de iguales virtudes y sensibilidades. En espíritu la muerte no les separó. Es lo que pude constatar, igual el día que en su domicilio presencié la entrevista que a esa importante dama le hizo Lluís Amiguet para “La Contra” de La Vanguardia. Pese a la fatiga, Bofill respondía contundente, con aplomo, en sintonía con el hombre de su vida, supuesto ausente, su mutuo sentido de la existencia y del oficio llevados con la ética de la responsabilidad, y con la moral regeneracionista que demandan los tiempos. De vuelta al espíritu de los evangelios, tal como difundió Juan XXIII en encíclicas que aquí, bajo la dictadura, conocieron la censura de prensa. Su entrevistador, habituado a conversar con personajes de toda laya, quedó impresionado.
Este episodio, dos últimas horas previas a un lento desenlace que, merced a sus hijas, tuve el privilegio de vivir a la vera de la serena doliente. Me atreví a recordarle la importancia de ese propio mensaje mediático que tuvo, me consta, especial resonancia entre muchos lectores. Envueltas sus sinceras y sentidas opiniones –quedarse en Juan XXIII– en los pensamientos compartidos con Llorenç. Confesaba últimamente su impaciencia por volver a reunirse con él. “Llorenç nunca dejó de estar contigo, Roser” le dije. Abrió los ojos y me miró con la profunda mirada de ojos negros que todos le conocimos. “Lo captas todo –dije– con una leve ironía que guardas para ti, igual que hacia Llorenç”. Se le abrió una sonrisa; me supo a gloria. Le tendí la mano que me apretó con firmeza. La despedida no pudo resultar más agraciada. Se me nubló la vista.

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