La humanidad de Dios

Jose María Castillo
En virtud del conocido genéricamente como Decreto de Libertad de Enseñanza, del 21 de octubre de 1868, las Facultades de Teología fueron abolidas y, en consecuencia, excluidas de la enseñanza universitaria en España. A partir de entonces, no ha sido un hecho normal, en la universidad de nuestro país, la concesión de un doctorado honoris causa en teología. Esto no quiere decir que el hecho religioso, y los saberes asociados a él, hayan estado ausentes de nuestras universidades. El fenómeno religioso siempre ha estado (y sigue estando) presente en el tejido social de España y ha sido objeto de estudio en la enseñanza universitaria desde no pocos puntos de vista: la cultura, la historia, la política, la filosofía, la sociología, el arte, la psicología y tantos otros saberes que quedan inevitablemente incompletos si de ellos arrancamos la dimensión religiosa que siempre, de una forma o de otra, ha estado presente en la experiencia humana y en la convivencia social.
Pero ocurre que, en este caso, el doctorado se le concede a un teólogo. Con lo cual, estamos ante un hecho nuevo en nuestra universidad. No se trata del honor que se le dispensa a un profesor que ha dedicado su vida al estudio de determinados saberes asociados al hecho religioso. Sino que estamos ante la distinción que esta universidad le hace a un teólogo, es decir, a un hombre que ha intentado dedicar su vida al estudio, no ya de ciertos conocimientos relacionados con la religión, sino al estudio y la explicación de aquello que es el centro mismo de la religión y de la experiencia religiosa: Dios, la fe en Dios, la experiencia de Dios, la creencia religiosa como tal. Porque eso, y no otra cosa, es la teología en sentido propio.
Yo me planteo, desde el primer momento y sin ningún subterfugio, la pregunta que debe servir de umbral a la resumida reflexión que pretendo presentar: ¿qué sentido tiene (o puede tener) la presencia de la teología, y la concesión de una dignidad singular a un teólogo, en una universidad no confesional y, por tanto, laica?
Antes de entrar en el contenido de mi reflexión, me parece pertinente recordar que el estudio de las religiones y de la fe religiosa, a diferencia de lo que ocurre en España, está aceptado y extendido, como sabemos, en el área universitaria anglosajona y alemana. Incluso en Francia, donde se rechazó la presencia de la religión en la escuela pública, sin embargo se ha mantenido el estudio del hecho y de la experiencia religiosa, con todas sus implicaciones y consecuencias, en L’École des Hautes Études de París, así como en el CNRS (Centre national de la recherche scientiphique). La Ilustración criticó severamente la religión y destacó el estudio de saberes como la filosofía, la fenomenología, la psicología, la sociología y la antropología, que se ocuparon ampliamente de la religión desde el siglo xix. Por eso, sin duda, Francia ha destacado en estos saberes, durante los últimos siglos, en tanto que en España lo que se ha producido ha sido la creciente clericalización de la religión, de forma que en nuestro país no existe un espacio secular o laico, es decir, no tenemos en España un espacio que no sea confesional, para el estudio del hecho religioso con la amplitud que implica una perspectiva de totalidad.

Pensar al Trascendente
Dicho esto, me limito a indicar la cuestión que me parece central. Mi pensamiento se centra hoy en una pregunta: ¿cómo podemos pensar en Dios y hablar de Dios en una universidad no confesional?
Lo primero ha de ser tener muy claro que, por definición, Dios es el Trascendente. Al decir esto, estamos afirmando que Dios está más allá de los límites de nuestro conocimiento experimental y demostrable. Es decir, cuando hablamos de Dios, en realidad nos estamos refiriendo a una realidad que no conocemos. Por eso, cuando las religiones nos hablan de Dios, realmente no hablan, ni pueden hablar, de Dios en sí, sino que nos hablan de las representaciones de Dios que los humanos nos hacemos. Porque, desde nuestra inmanencia, todo cuanto podemos pensar y decir es siempre inmanente. Nunca puede ser lo trascendente.
De ahí que la representación de Dios, que nos hemos hecho, es inevitablemente proyectiva. Es decir, nuestra representación de Dios es una proyección de nuestros anhelos más fuertes: el poder, la bondad, la felicidad. Así, nos ha salido un Dios infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Pero, al hacer eso, no hemos caído en la cuenta de que el resultado ha sido un Dios contradictorio y un Dios peligroso. Un Dios contradictorio, porque el poder sin límites y la bondad sin límites no son compatibles con el mal que hay en el mundo (si es que Dios tiene que ver algo con este mundo). Y un Dios peligroso, porque todo Dios monoteísta es, por eso mismo, un Dios excluyente. De ahí que, inevitablemente, es también un Dios violento.
¿Quiere esto decir que el Dios que nos hemos representado los humanos es un Dios condenado inevitablemente al fracaso? Si nos atenemos a lo que puede dar de sí la sola razón, por ese camino desembocamos en una contradicción insalvable. Pero sabemos que el ser humano no actúa, ni sólo ni principalmente, desde lo que nos aporta el discurso racional. Lo más determinante en nuestras vidas no son las verdades, que brotan de contenidos mentales. Lo más determinante son las convicciones, que se traducen en formas de conducta y en hábitos de vida.
Esto supuesto, la afirmación capital de mi reflexión se centra en que, según la tradición cristiana, el Trascendente se nos hace presente en nuestra inmanencia. Esto es, en definitiva, lo que representa y lo que significa Jesús de Nazaret. Cuando la teología afirma que Jesús es la encarnación de Dios, lo que en realidad está diciendo es que Jesús es la humanización de Dios. Por eso el “Señor de la Gloria”, tal como se humanizó en Jesús, pudo decir y dejó como sentencia la afirmación decisiva: “Lo que hicisteis por uno de éstos, a mí me lo hicisteis”. En esa sentencia definitiva, ya no se tendrá en cuenta ni la fe, ni la religión. Sólo quedará en pie lo humano, lo que cada ser humano haya hecho con los demás seres humanos.
La consecuencia es que el proyecto cristiano no puede ser un proyecto religioso o sagrado de divinización, sino un proyecto profano y laico de humanización. Dios no se encarnó en lo sagrado y sus privilegios, ni en lo religioso y sus poderes. Dios se ha fundido con lo humano. Por tanto, a Dios lo encontramos, ante todo, en lo profano, en lo laico, en lo secular, en lo que es común a todos los humanos y lo que nos une a los demás seres humanos, sean cuales sean sus creencias y sus tradiciones religiosas. Porque lo determinante, para encontrar a Dios, no es la fe, sino la ética, que se traduce en respeto, tolerancia, estima y misericordia.

El futuro de la Iglesia
La Iglesia tendrá futuro y la teología podrá pervivir en la medida en que ambas sean capaces de tomar un rumbo distinto al que han venido siguiendo hasta ahora. Durante siglos, la teología se vio a sí misma como la “regina scientiarum”, el centro de todos los saberes y el poder normativo para todas las conductas. Hoy, esta posición preponderante de la Iglesia y su teología se ha hecho insostenible. Porque ha perdido su falsa consistencia. El progreso de la ciencia y el avance incontenible de las tecnologías van poniendo a las religiones en su sitio. Las religiones se resisten al cambio y, con frecuencia, se quedan atascadas en la fidelidad a tradiciones de un pasado que ya nunca va a ser determinante en la vida de los individuos y de los pueblos. De ahí, el desajuste creciente entre teología y ciencia, entre teología y sociedad.
Con frecuencia, este desajuste se pretende explicar por causa de la prepotencia y el afán de mando de los dirigentes de las religiones. Sin duda, eso puede tener una determinada influencia en la actual crisis religiosa. Pero el fondo de la cuestión no está en eso. Es la teoría sobre Dios lo que falla. Y por eso, de una equivocada teoría sobre Dios (y sobre dónde y cómo encontrar a Dios), se suelen deducir consecuencias desastrosas, sobre todo, para las personas, para las instituciones y para la sociedad. Por lo general, es mucha la gente que se imagina que encuentra a Dios en un Tú trascendente, que se nos impone desde un poder inapelable. Pero insisto en que esa representación de Dios es la que está en la base y es la explicación de la actual crisis de la fe, la crisis de la religión y la crisis de la Iglesia. Porque quien cree en semejante Dios y pretende representarlo o hablar en su nombre, lo que hace en realidad es ir contracorriente. Porque cada día es más escaso el número de personas que se atreven a seguir creyendo en ese Dios contradictorio y peligroso. Por eso he insistido en que a Dios solo podemos encontrarlo en nuestra inmanencia, en lo laico, en lo secular, en lo civil, en lo humano. No excluyo la importancia que tiene, para el homo religiosus, la oración, la alabanza, la celebración sacramental y simbólica de las propias convicciones religiosas. En este orden de “mediaciones”, cada religión debe ser fiel a su propia historia, a sus costumbres y a sus prácticas. Con tal que todo eso no fomente la exclusión de los demás, la separación de los pueblos y culturas, la intolerancia y el fanatismo. Porque lo importante no es la religión, sino Dios, al que sólo podemos encontrar en nuestra inmanencia y en nuestra humanidad.
Si tal es el concepto y la experiencia de Dios, la teología, en cuanto saber que se ocupa del tema de ese Dios al que encontramos en lo verdaderamente humano –si es que la teología debe seguir existiendo en el futuro – , tendrá que ser, antes que un saber superior que enseña a los demás saberes, deberá ser un sujeto humilde y modesto que siempre tendrá que presentarse, desde esa humildad y modestia, como un saber que aprende de los demás saberes lo que necesita asimilar de ellos para conocer mejor lo humano, para interpretar desde las ciencias humanas el significado y las consecuencias que puede tener (y ha de tener) la presencia del Dios humanizado entre los seres humanos. Porque es en lo humano, y solamente en lo inmanente y humano, donde los humanos podemos encontrar a Dios.
No le faltaba razón a Karl Rahner cuando dijo que “si tiene que seguir existiendo todavía la teología en el futuro, ésta no será ciertamente una teología que se instala sencillamente y a priori ‘junto a’ o ‘por encima de’ el mundo secular o el mundo laico. Hay que decir que la ansiosa pregunta de los teólogos sobre el futuro de la teología no puede recibir sino la respuesta afirmativa que exige una sola condición: la aptitud de la teología para hablar de Dios en un mundo secular”. Y hoy, 60 años después del día en que Rahner dijo estas cosas, los cambios acelerados de las últimas décadas nos empujan a tener que afirmar, con libertad y audacia, que, de aquí en adelante, solamente tendrá sentido y futuro la teología que sea capaz de aportar algún sentido a la vida. Y así, potenciar la mejor respuesta que podemos dar a nuestros anhelos de humanidad. Quiero decir, los anhelos que buscan una forma de vida que, por ser más plenamente humana, por eso sea también más plenamente feliz.

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