Mujer de a pie

Josep Maria Margenat
Rosario era una inconformista. Las conversaciones y el mundo de los vencedores de la guerra incivil la alertaron contra la retórica falsa. No podía soportar la hipocresía de los bienpensantes. Sus primeros trabajos como asistentes sociales y antes su experiencia como catequista en las barracas de suburbios la vacunaron contra un bienestar inconsistente. Era decididamente una inconformista.
También como creyente, lo fue. Hablaba claro y sencillo, con sonrisa contaminada de la bondad franciscana de Lorenzo, pero con su personalidad in-​sobornable. En los años jóvenes su fe se fraguó, en su vida profesional y familiar maduró; en le etapa de plenitud se afinó, se hizo sencilla. La última vez que la vi fue la tarde en que El Ciervo cumplía 60 años, el 30 de junio de 2011. Hablamos de su fe y sus dudas, de su espera y su esperanza, de su amor servicial. Hablamos de “la petite Thérèse” que con quince años, ¡tan joven!, le había abierto los ojos. Lo importante en la vida espiritual es el “gesto” de querer ascender, lo importante de la vida es el gesto de querer vivir en más plenitud, poco importa cómo y cuándo se consiga.
Como contó en su Credo de 1975, de niña aprendió a vivir en la presencia de Dios. Yo creo que ya no le abandonó aquella presencia, así lo mostraba. Así esperaba su encuentro con quienes nos han precedido en el camino. Así lo mostró en su amor servicial con tantos a los que quiso, quienes la queremos.
En una visita observó en mi despacho una foto del Papa, de Pablo VI. Le sorprendió, quizá le incomodó, no ver la de papa Roncalli. De hecho, me riñó dulce, suavemente. Cuando llegó a Barcelona me envió una del santo Juan XXIII para que la tuviese en lugar destacado. Para ella el Concilio había sido un regalo inesperado que la había hecho feliz y plenamente adulta en su fe cristiana: ¡con el buen Papa Juan salimos ganando!
A aquellos creyentes, mujeres y hombres, como Roser, aquel soplo espiritual, perdón por la redundancia, de puro Evangelio había marcado su vida. Se habían entendido creyentes de otro modo. Sin embargo, la presencia de Dios en que habitó desde niña no dejaba de crecer, no era incompatible, lo contrario, con ser moderna, ciudadana responsable, no era incompatible con apoyar un cambio socialista, pero crecía con ese deseo de estar a solas con Dios.
En una iglesia románica del siglo xi en el Montseny espero encontrarla un día y saludarla al entrar. Ella nos dirá que no nos preocupemos tanto de muchas cosas. Con su presencia trasparente ya, con su “esquina” de vida vulgar y cotidiana resucitada, Roser nos sonreirá mientras nos espera.

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