Sin llamadas

Soledad Gomis
El teléfono sin llamadas, el contestador sin mensajes son lo que concretan ahora, con mayor crudeza, la ausencia de mi madre. Nos telefoneábamos cada día, como hacía también con mis tres hermanas. Cuando iba a dormir con ella –los miércoles, desde que murió mi padre – , le gustaba acostarse sólo cuando había sabido de todas.
Con cada una de nosotras tenía un tipo de conversación y actividad diferente. Y disfrutaba con todas, se adaptaba. Decía que prefería la relación con nosotras de adultas que de niñas. En cambio, sin ser “niñera”, era una abuela apasionada. Sostenía que era mejor abuela que madre. Fue falso, por supuesto, pero sí era especialmente calurosa con todos los nietos: de los mayores de edad hasta el menor, de tres años. También con su madre se llamaban a diario, una o dos veces. Eso sí, conversaciones brevísimas: solo oír la voz y comprobar el tono. Porque mi madre por el tono, sin una mirada, sabía siempre si algo iba mal. Y allí estaba ella: procurando no juzgar, ni siquiera opinar, sólo acogiendo y acompañando. Eso no quiere decir que fuera, como podría parecer a quienes no la conocieron, una persona dulce. Tenía carácter y este afloró a veces cuando los tiempos difíciles. Antes el periodismo significaba trabajar hasta bien entrada la noche. Mi padre, cenaba en casa y luego se volvía al periódico, durante años. Y ella estaba allí, con cuatro hijas, trabajando y atendiendo también a su madre y a su suegra. Yo no comprendía, entonces, algunos estallidos de los sábados por la mañana, cuando ponía discos de Chavela Vargas y sabíamos que su paciencia estaba en el límite. La he entendido perfectamente, luego, claro. Ella lo ha sabido.
La vida le trajo muchas y difíciles pruebas, pero ella no se arrugó, y siguió su lema: “faire face”. Sin gritos, ni llantos, ni lamentos. Aguantó siempre. Como mayor era el problema o la dolencia, más crecía su entereza. Nunca dijo “por qué a mí” cuando el cáncer la visitó, una primera vez, ni cuando se instaló en ella, en el 2005. Lo más duro, para mi madre, fue la viudez. Cuando Lorenzo murió nos anunció a las hermanas que aguantaría cuatro o cinco años para que no tuviéramos un shock. Le ha sobrevivido cerca de seis. El último, por motivos de salud, casi a su pesar. Por la esperanza de que iba a reunirse con él, nos hizo brindar, en Viladrau, tras el entierro, por la unión del cielo y la tierra. Brindemos también aquí, simbólicamente, aunque el silencio del teléfono nos deje con un nudo inmenso en la garganta.

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