Era Juana de Arco

Joan Guasp
De Roser aprendí, por paradójico que pueda parecer, a quererme más a mí mismo. Lo aprendí de manera natural, sin que ella se percatara de que me lo estaba enseñando. Roser era una mujer fuerte. Así, sin más adjetivos sería suficiente. Una mujer que no le temía a la vida ni a la muerte. Todo lo que aprendí de ella, lo aprendí miméticamente, ella era un espejo en el que yo gustaba contemplarme. Su gran capacidad de trabajo, su coraje, su naturalidad, su gran sentido de la responsabilidad y su humanismo ejemplar dejaron una huella indeleble en mi persona y en mi espíritu. Agradezco a la providencia la suerte de haberme topado con ella un día de agosto de 2002 en Viladrau. Ella y Llorenç Gomis, su santo y sabio esposo, me brindaron generosamente su amistad. Yo no era nadie. Yo era yo, y eso bastó. Me invitaron a colaborar en su empresa editora de El Ciervo porque yo sabía escuchar y porque les hice sonreír y reír durante la cena con mis aforismos. La palabra, la risa y la sonrisa nos unió a los tres.
Si Llorenç era el poeta, ella era Juana de Arco. Roser era una mujer que irradiaba fuerza y entusiasmo, seguridad. Te transmitía ánimo, valor y autoestima. Me enseñó, sin darme clases teóricas, a sonreír con más audacia, con más serenidad, con más bravura. Con su forma de ser, me dio a conocer lo que es la fe en Dios y en uno mismo. Sin decir nada, actuando, viviendo, comentando los mil avatares de la vida. Reforzó en mí el sentido religioso, su progresismo, mi sentido del humor, mi confianza en mí mismo.
Cuando Llorenç nos dejó, Roser nos confortó a todos. Aquí nos dio una lección de amor y placidez cristiana. Su presencia de espíritu ante la muerte del ser más querido nos contagió y vimos en ella la mujer que ya sabíamos que era. Pero su actitud y su comportamiento nos lo confirmó.
Yo pienso que todo nacía de su confianza esperanzada en esta vida que no se acaba cuando uno muere, y en su inteligencia compartida con Llorenç, que la dotaba de una fuerza que se enzarzaba en todos cuantos estábamos en contacto con ella. Conocerla y quererla ha sido, en su globalidad, un aprendizaje de honor, de vitalidad y de optimismo. Me siento orgulloso de haber sido –y de seguir siendo– su amigo.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad