El super 8

Leticia Campa
Bueno, no sé por donde empezar. Cuando te encuentras teniendo que hablar de una persona tan grande como Roser, te falta espacio y te sobran palabras. De ella me queda especialmente la impresión de fortaleza y energía, me impresionaba la intensidad de los sentimientos que se desprendían de sus escritos.
La primera vez que me asomé más de cerca a su vida, fue a través de unos trozos de película familiar en super 8 de los años 60 que llevaba el título de “Los Gomis en Menorca”. Era una película filmada por mi suegro que con el pasar de los años se había deteriorado y Fernando, mi marido, recompuso minuciosamente. Durante unas semanas, tuvimos la casa invadida por trozos de rollos de películas, bobinas, moviola, pegamento y demás. A todas horas asistíamos a las pruebas de cómo iba quedando el montaje y si las músicas se acompasaban bien con la acción. Finalmente llegó el gran día del estreno con público entre el cual se encontraban, obviamente, Rosario, Lorenzo y algunas de sus hijas. En la pantalla imágenes del 600 rojo por carreteras de tierra, las niñas en bañador entero haciendo ruedas y verticales por la playa, Roser y Marga con sus gorritos blancos. Cuánta nostalgia.
Han ido pasando los años y fui conociendo más de cerca a Roser pero, siempre, la he visto a través de aquel filtro de luz que tenían las imágenes de ese verano antiguo. Una luz de isla en calma pero, a la vez, preparada para afrontar las tormentas que pudieran desbaratar la serenidad de la vida de cada día. Y a Roser, no le han faltado tormentas, pero tampoco le ha fallado nunca el valor para hacerles frente. Valiente, franca, clara y ruidosa como agua de un torrente de montaña, anclada a la tierra como un castaño de Viladrau. De esa tierra debió heredar sus ojos redondos como castañas y su mirada de quietud otoñal.
De entre sus libros, le tengo un especial cariño a Quédate con nosotros que me ha proporcionado aliento en tantos momentos de desasosiego. Cuando mis hijas eran pequeñas recuerdo que solía tener su libro en la mesita de noche. Para mí ha sido como un pequeño vademecum. Leía por la noche algunas páginas porque las cosas que contaba Roser y la manera en que las explicaba me daban fuerzas para seguir adelante.
Así es como la veo, alguien que ha sabido repartir generosamente su fuerza. Ella iba delante preparando el camino animando incansablemente a que los demás siguieran caminando. Así la he visto siempre en la vida y en la redacción de El Ciervo. Tenía el don de compartir su confianza, su franqueza y su sentido del humor. Te arrastraba a abrazar esa actitud confiada hacia la vida y descansar en ella.

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