El camino de la paz en Oriente Medio

Jordi Pérez Colomé
El martes 31 de agosto, a las siete y media de la tarde, el matrimonio Yitzhak y Tali Ames volvía a casa. Habían pasado la tarde en Jerusalén, donde Yitzhak hacía de guía un día a la semana. Vivían junto a otras cien familias en el asentamiento judío de Beit Hagai, en las montañas del sur de Hebrón, en plena Cisjordania.
Yitzhak y Tali, judíos rusos de 47 y 45 años, se habían conocido en la Universidad de Moscú, se habían casado y tras tener dos hijos, habían emigrado a Israel en 1990. Desde el principio vivieron en el asentamiento. Luego llegaron cuatro hijos más y otro estaba en camino –Tali estaba embarazada. Tenían también un nieto.
Ese martes 31 de agosto llevaban en el coche a dos pasajeros más, a quienes ofrecían un pasaje. Eran dos vecinos de Beit Hagai: Kochava Even-​Haim, una profesora de 37 años y con un hijo de ocho, y Avishai Schindler, un estudiante religioso recién casado de 24 años.
Cerca ya de Hebrón, aún en la carretera 60, que une la ciudad con Jerusalén, un coche se les puso al lado. Empezaron a dispararles. Murieron los cuatro. Al día siguiente, Hamás reivindicó el atentado. También al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, recibía al primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, y al presidente palestino, Mahmud Abbas, para empezar un nuevo ciclo de negociaciones de paz.

La carretera 60 en cisjordania
Este verano pasé por la carretera 60. Está en Cisjordania, que es parte de Palestina, pero que controla el ejército israelí desde 1967. La guerra de ese año permitió a Israel conquistar ese territorio, que hasta aquel año pertenecía a Jordania. Entonces empezaron los asentamientos. Ciudadanos israelíes que creían que Israel debía poseer toda Palestina empezaron a establecerse allí: en pueblos, barrios o edificios sueltos. Lo hicieron protegidos en muchos casos por el ejército israelí, aunque se jugaban la vida. Vivían entre palestinos a los que no les gustaba obviamente que se instalaran allí.
Yo seguí un trozo de la ruta 60 para ir a Hebrón desde Belén. Iba en un taxi colectivo palestino. Algu­nos israelíes que conocí en Tel Aviv me habían dicho que no podían entrar en Cisjordania. Cuando crucé la frontera entre Israel y Cisjordania –para ir de Jerusalén a Ramala – , sin embargo, nadie me pidió que enseñara el pasaporte. Si hubiera sido israelí, hubiera pasado igualmente. La razón que da el gobierno israelí para prohibirles el paso es la seguridad: quiere evitar secuestros y ataques. Claramente, en los últimos tiempos, ha relajado el control.
En Cisjordania manda el presidente Mahmud Abbás y su primer ministro, Salam Fayyed. En 2006 perdieron las elecciones, pero se mantuvieron en el poder por la fuerza. Ganó los comicios Hamás, que a cambio se quedó con Gaza. Así, hoy, Palestina está dividida. En una región manda Fatah, el partido de Abbas y Fayyad, y en la otra, Hamás. Desde hace un par de años, Fayyad intenta que Palestina fortalezca sus instituciones públicas para poder resistir como estado independiente el día en que sea posible.
Uno de los ámbitos principales en que Fayyad trabaja es la seguridad. No es fácil: el gobierno palestino sólo tiene control exclusivo en algunas ciudades palestinas, un 3 por ciento de la región, más o menos. Pero funcionarios israelíes reconocen que esta vez los palestinos van en serio y procuran en serio que sus ciudadanos no atenten contra Israel. El proyecto de Fayyad es complejo. Su intención es también reducir poco a poco la ayuda internacional que recibe Palestina. Por eso Israel ha relajado sus controles. Cisjordania es más segura.
Sea como sea, oficialmente, los israelíes aún no podían entrar en Palestina. Pero desde la ventanilla de mi taxi veía israelíes por la carretera. Tres esperaban un autobús, otros iban en coche. No es siempre fácil distinguir a un israelí de un palestino, pero estos llevaban kipá –la boinita típica– y eran muy blancos. Eran colonos e iban a sus casas. Hay carreteras exclusivas para israelíes, pero las principales las tienen que compartir ambos pueblos. Una de esas es la 60. Para Hamás no hay presa más fácil.

Dos opciones para asesinar
Antes de ir, cuando pensaba en Israel y Palestina imaginaba dos pueblos en guerra, bien separados. El muro reciente ayudaba era la culminación. No es así, aunque cada vez están más aislado. Desde hace décadas árabes e israelíes viven juntos. Aún hoy, a pesar de los temores, miles de palestinos entran en Israel para ir a trabajar con un visado especial. Por otro lado, miles de colonos israelíes circulan por Cisjordania para ir a sus casas.
Por esa separación, Hamás sólo tiene dos opciones simples para asesinar israelíes: con misiles desde Gaza –como el 4 de septiembre – , o –como el 31 de agosto (o un nuevo intento fallido al día siguiente cerca de Ramala) – , con tiroteos a colonos que pasan por las carreteras cisjordanas.
Hamás quiere terminar con el proceso de paz por dos motivos: porque si es un éxito Fatah saldría reforzado y podrían perder el poder en Gaza, y porque creen que Israel no tiene derecho a existir. El líder espiritual de Hezbolá, Hassan Nasrallah, cuyos objetivos son parecidos a los de Hamás, ha dicho que “las negociaciones de paz nacen muertas. Palestina desde el mar hasta el río es propiedad de la nación palestina, de los árabes y los musulmanes, y nadie tiene derecho a renunciar a esa tierra, ni a una gota de su agua”. Abbás y Fayyad, pues, tienen un doble interés en las negociaciones: conseguir la paz para sus ciudadanos y recuperar el poder en Gaza. Así, pueden estar dispuestos a hacer más concesiones. Aunque si las hicieran, otros árabes les acusarían de haber vendido Palestina a los israelíes. La división entre árabes ha sido una de sus grandes lacras históricas.

Las cuatro claves de la paz
Si Abbas, sin embargo, tira adelante podría garantizar la paz por ahora para los palestinos que viven en Cisjordania. No es poco, pero tampoco es todo. Los problemas más graves, sin embargo, estarían resueltos. Son estos:
1. Las fronteras y los asentamientos. Cisjordania es ahora más pequeña que en 1967. Israel no sólo ocupó el territorio, sino que redujo las fronteras. Por eso los palestinos siempre hablan de “la paz con las fronteras previas a 1967”. Israel no lo concederá, en parte por motivos de seguridad. Con las fronteras de 1967 era muy fácil lanzar un cohete desde territorio palestino a Tel Aviv. Ahora no llegan. Es posible que Israel haga alguna concesión en los límites en lugares de poca importancia, pero serán escasas. Israel deberá conceder más en los asentamientos. Hay miles de colonos que viven en Jerusalén este y que quizá se queden ahí (los asentamientos no sólo tienen éxito porque hay israelíes que creen que deben vivir ahí para conservar el territorio de toda la tierra prometida, sino porque el gobierno subvenciona casas, educación, sanidad; es más barato.) Pero hay otros miles de colonos que viven en el corazón de Palestina. Si hay paz, es impensable que miles de israelíes se queden dentro de Palestina. El ejército israelí tendrá que arrancarlos de sus hogares. Será un buen lío.
2. Los refugiados. En 1948, cuando se estabeció la partición de Palestina en dos estados, muchos árabes que quedaban en la parte israelí, huyeron. Desde entonces, son refugiados y viven sobre todo en Líbano, Jordania, Cisjordania y Gaza. El gobierno palestino exige que puedan volver a las casas que abandonaron hace sesenta años. Israel nunca lo permitirá. Hoy en Israel hay cinco millones y medio de judíos y un millón de árabes –los que en lugar de huir, se quedaron. Si los refugiados volvieran, los judíos serían minoría en Israel. Es imposible.
3. Jerusalén. Parece claro que será la capital compartida de los dos países. Pero cada metro deberá discutirse, sobre todo en la ciudad antigua. Los palestinos deberían tener soberanía sobre el templo de la montaña, donde están sus dos mezquitas, mientras que los israelíes deberían mantener el control sobre los fundamentos de la montaña, donde estuvo el templo de Jerusalén hace dos mil años y el Muro de las Lamentaciones, que está en uno de los lados. El acuerdo será difícil, pero posible.
4. La seguridad israelí. Otras veces que Israel se ha retirado de un territorio que ha controlado –Gaza y Líbano – , los terroristas lo han utilizado para lanzar cohetes. Israel quiere evitar que ocurra lo mismo con Cisjordania, que además es más grande y podría llegar a más partes de Israel. Para eso quiere que le dejen controlar la frontera de Cisjordania con Jordania y que el ejército de Palestina no disponga de según qué tipo de armas. Es complicado.

Un parche ya está bien
Si todo esto cuaja, habrá algo parecido a la paz. Al menos estará firmada. Luego habrá que ponerla en marcha. Después de tantos años de vecinos mal avenidos, será complicado. Además de las palabras de Nasrallah por un lado, en el entierro de los cuatro israelíes asesinados el 31 de agosto, el rabino Dov Lior, de Kiryat Arba, otro asentamiento de Hebrón, dijo: “Hay un ejército, debemos usarlo. El error es creer que podemos llegar a un acuerdo con estos terroristas. Cada judío quiere la paz, pero estos maleantes quieren destruirnos. Necesitamos devolverles a los países de los que vinieron”.
Por ahora, en Israel y en Palestina siempre habrá gente que crea que todo ese territorio les pertenece por tradición, historia o decisión divina. Algún tipo de paz endeble puede ganar tiempo para desactivar a estos dos grupos. La paz definitiva, la paz que no acuerdan gobiernos en despachos, deberá esperar alguna generación más. Ahora podemos aspirar a parches. No tiene por qué ser poco. Un parche es un magnífico remedio temporal.

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