Las fronteras invisibles

Judith Argila
Hombres con sombreros negros aterciopleados y largos bekishes hacen cola ante el control de pasaportes del aeropuerto Ben Gurión para obtener un visado de entrada a Israel. Mientras, una mujer envelada y sus pequeños franquean rápidamente la ventanilla destinada a los nacionales. Si no fuera por las colas, para el visitante sería difícil distinguir quién posee un pasaporte israelí. Este país cuenta entre sus ciudadanos con judíos ultraortodoxos que desacreditan el sionismo, musulmanes que discuten teología en los jardines de Al-​Aqsa, palestinos cristianos con tiendas de recuerdos religiosos en Cisjordania y etíopes que mantienen pequeñas iglesias en el corazón de Jerusalén. Y todos ellos son, oficialmente, israelíes.
Andar bajo el sol de la canícula por la vieja Jerusalén es recorrer un microcosmos que de alguna manera refleja la realidad del país. La ciudadela está dividida de facto en cuatro barrios: judío, musulmán, cristiano y armenio. No existen vallas, no hay carteles, pero las diferencias son tan patentes que no hace falta consultar el mapa para saber que se ha traspasado una frontera. Cada comunidad vive dentro de sus límites, de espalda a las demás. Es posible ver algún judío ultraortodoxo entre la multitud del bazar más turístico del barrio musulmán, pero los sombreros de fieltro dejan de asomarse en las callejuelas más profundas, entre las puertas de Damasco y de los Leones, engalanadas ahora con bombillas de colores debido al Ramadán. Ver un musulmán cruzando las impolutas y asépticas calles del barrio judío a la luz del día, mientras se espera pacientemente a que el servicio de algún bar decida prestar atención al turista, es ya una ensoñación.
En lo alto de una sucia escalinata, dos guardias barran el paso a la Puerta del Paraíso, una de las ocho entradas a la Explanada de las Mezquitas. Los no musulmanes tenemos vetada la visión frontal de la tercera mezquita más importante del islam. Accedemos por una puerta lateral, donde un hombre afable se ofrece como guía. “Soy hijo de jordanos, pero nací aquí, en Palestina –su inglés es más que decente – : ahora es distinto. Cristianos y musulmanes estamos más mezclados, pero los judíos no salen de sus barrios. Viven aparte”. Al caer la noche, un corro de jóvenes judías se asienta en una plazoleta cerca del Muro de las Lamentaciones, narrando por turnos lo que parecen pasajes de la Historia Sagrada. Sigiloso, un río interminable de musulmanes parece haber despertado y se dirige, con platos y bandejas cubiertos por papel de aluminio, hacia la cena conjunta que romperá el ayuno. Lo cierto es que apenas se miran los unos a los otros.
Esta aparente vida aislada, tensada por silencios y barreras intangibles, se replica fuera de las murallas. No hay muros de hormigón en Jerusalén, pero los autobuses no conectan los barrios, las comunidades no se mezclan en las terrazas, las librerías tienen libros projudíos o propalestinos. La población árabe vive en Jerusalén este, mientras que la inmensa mayoría de judíos habita el centro, plagado de restaurantes italianos, bares de copas y yogurterías, o bien la humilde periferia. Entre ambos mundos, el barrio de Mea Shearim vive encerrado en algún siglo pasado. Ataviada con una falda bajo otra para lograr un largo decente, llego a la indudable frontera del barrio jaredí, reducto del judaísmo ultraortodoxo. Enormes carteles advierten que la presencia de grupos es severamente ofensiva, y ruegan a las mujeres cubrirse lo cubrible y no vestir pantalones, para proteger “la santidad” del lugar. No es palabrería: se han dado casos de apedreamiento a mujeres “mal vestidas”, fueran judías, ateas o cristianas. Si bien Jerusalén resulta inesperadamente segura, descendiendo los destartalados adoquines de Mea Shearim nos sentimos por primera vez intimidados y fuera de lugar.
Sin embargo, bajo esta demostración ostensible de separatismo, todas las comunidades parecen converger cuando se trata de negocios. Jerusalén está tomada por el turismo, y todo el mundo se ha sumado al carro común de la venta de folclore. Las tiendas del bazar, regentadas mayoritariamente por árabes, venden camisetas del ejército israelí, crucifijos, kipás y pósters de Palestina. Los tours hacia Cisjordania son operados por israelís, que conducen al turista hasta el muro, donde los palestinos toman las riendas para pasar al otro lado y rematar el negocio. En los menús, las cervezas israelís y los vinos de Galilea se mezcan con platos de hummus, kebabs y hamburguesas kosher, mientras en los grandes mercados los vendedores de baklavas y pistachos se codean con refinadas tiendas de aceites israelís. Y raro será que el viajero no regrese de Israel con varias tarjetas de taxistas que ofrecen buenos precios para visitar Ramala, el Monte de los Olivos o el Mar Muerto, lo que se tercie. Al fin y al cabo, los negocios son los negocios.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad