Ha servido de modelo

Fernando Rey
Todo lo relativo al Estatut, su elaboración, aprobación y revisión por el Constitucional ha estado rodeada de ruido y conflicto. No ha sido un proceso afortunado. En primer lugar, porque lo lógico hubiera sido reformar primero la Constitución y sólo después el Estatuto catalán (y otros); pero como la clase política no puede sobreponerse al cálculo electoral, es impotente para abordar una reforma de la Constitución, que es una actividad que requiere una mirada a los intereses generales. En 2004 (y antes) era evidente que el Estatuto catalán necesitaba ser reformado. Esto implicaba un “repensar” el marco de relaciones de Cataluña en el seno del Estado y el propio modelo de Estado autonómico casi treinta años después de aprobada la Constitución. No se ha “repensado” nada; cada uno ha intentado imponer, por goleada, sus propias posiciones.
Pero esto no significa que el Estatuto no sirva. En su redacción original, pretendía la equiparación catalana con la singularización máxima de nuestro modelo, que tienen País Vasco y Navarra. Los espacios de esta singularización son la financiación privilegiada (el sistema de concierto o convenio), el reconocimiento simbólico de la identidad y ciertas peculiaridades en cuanto a la organización de los poderes. Nada de esto ha conseguido el Estatuto catalán. Pero, paradójicamente, el nuevo Estatuto (además de resultar útil para profundizar en el autogobierno catalán) ha servido de modelo y fuente de inspiración para el resto de comunidades autónomas (de lo cual, como partícipe en la redacción del Estatuto de Castilla y León, doy fe) De modo que el Estatut ha conseguido liderar un proceso de profundización en el autogobierno de todas las demás comunidades.

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