Joan Maragall y la Semana Trágica

Pere Lluís Font
Joan Maragall nació el 10 de octubre de 1860 en Barcelona, donde murió el 20 de diciembre de 1911. Entramos, pues, en el Año Maragall, que enlaza la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento y la del centenario de su muerte. Su figura, como poeta y como intelectual, no ha cesado de afianzarse en estos cien años: fue un referente para sus coetáneos y lo sigue siendo, tanto o más, para nosotros. Maragall es conocido sobre todo como poeta, pero también merece ser conocido como intelectual. Es el aspecto en el que voy a centrarme, ilustrándolo con los artículos que escribió a propósito de la Semana Trágica, cuyo centenario acaba también de cumplirse.

La Semana Trágica y la reacción de Maragall
La Semana Trágica fue sin duda la crisis sociopolítica-​religiosa más grave de la Cataluña contemporánea, si descontamos la Guerra civil de 193639, que aquélla preludia en tantos aspectos. Fue una revuelta popular, de signo antimilitarista y anticlerical, que estalló sobre todo en Barcelona la semana del 26 al 31 de julio de 1909, en protesta contra la reanudación de la guerra colonial de Marruecos y el correspondiente envío de reservistas. La semana comenzó con una huelga general, que degeneró rápidamente en una insurrección caótica cuya dirección no quiso asumir ningún partido político, pero que grupos lerruxistas canalizaron hacia la quema de iglesias y conventos ante la pasividad de la fuerza pública y del ejército, y que se saldó con cerca de un centenar de muertos y unos ochenta edificios religiosos destruidos. La brutal represión subsiguiente, con el apoyo de la burguesía barcelonesa (a pesar de alguna voz contraria, como la de Maragall, que como veremos fue silenciada), culminó con la ejecución de cinco penas de muerte, la última de las cuales fue la del pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia, que había sido tomado como cabeza de turco.
Maragall fue la voz más lúcida que se dejó oír a raíz de aquel trance histórico. Después de un par de meses de vacilaciones escribió, animado por el obispo Josep Torras i Bages, tres artículos memorables: “Ah! Barcelona…”, para dar su versión de lo sucedido; “La ciutat del perdó”, para pedir clemencia en favor de Ferrer i Guàrdia; y “L’església cremada”, para intentar sacudir a la sociedad “cristiana”.
Llegado el otoño, el 1 de octubre salía en La Veu de Catalunya el artículo “Ah! Barcelona…”, en el que Maragall pasa revista de las explicaciones que circulaban, para exponer finalmente la suya. Después de observar que lo que parecía ser la causa inmediata, la guerra de Marruecos, no fue más que el pretexto (porque no puede explicar aquella explosión de violencia incendiaria), descarta otras tres interpretaciones. En primer lugar, rechaza por demasiado simplista el rumor popular que atribuía toda la responsabilidad a los lerrouxistas, porque no puede creer que ningún partido tenga como único ideal la quema y el saqueo. Luego se desmarca también, respetuosamente, de la versión de Torras i Bages, que en una reciente carta pastoral no veía en la Semana Trágica sino un episodio más de la eterna lucha entre el bien y el mal, porque la encuentra demasiado abstracta al no preguntarse por qué tales sucesos se han producido precisamente ahora y aquí. Y en tercer lugar, desecha (aunque sin nombrar a su autor) la explicación de Eugeni d’Ors, que en el Glosari se había apresurado a dar la culpa a los “forasteros” y había reclamado que Barcelona exigiese a los inmigrantes “un mínimo de salud física, moral y social”.
Finalmente, da su propia versión, afirmando que la razón profunda de lo que ha pasado es “un desahogo destructor de la impotencia de crear”, una “impotencia enrabiada” por parte de una ciudad, Barcelona, que no acaba de ser “una ciudad”, sino sólo “un gran conglomerado de energías individuales”, o por parte de Cataluña, donde hay quizá “una gran población, pero ciertamente nunca ha habido un pueblo”. Es su manera de decir que había un profundo malestar social por falta de un horizonte colectivo dinamizador, de lo cual son especialmente responsables las clases dirigentes.

La represión y la reconciliación
La represión fue mucho más dura de lo que Maragall había previsto (no creía que el gobierno tuviese la fuerza de acometer ninguna ejecución). Mientras algunos periódicos de izquierda, desafiando la censura, se habían arriesgado ya a pedir la amnistía para los penados, un consejo de guerra condenaba a muerte, sin pruebas, a Francesc Ferrer i Guàrdia como el principal inductor de los hechos de la Semana Trágica. Al día siguiente de hacerse pública la sentencia, el 10 de octubre, Maragall, contrariando la opinión de su medio social, enviaba a La Veu de Catalunya el artículo “La ciutat del perdó” para pedir clemencia.
Por supuesto, Maragall no podía sentir ninguna simpatía por Ferrer i Guàrdia ni por nada de lo que representaba. Pero se trataba de una persona como cualquiera de nosotros, y no se le podía matar “como un conejo”. Quedaba tiempo para que el artículo saliese antes de la fecha de la ejecución de Ferrer (que tuvo lugar el día 13), y quién sabe si la hubiese podido evitar. Pero no llegó a publicarse porque el político Prat de la Riba, director del periódico, lo impidió, prefiriendo favorecer así al gobierno de Maura. Fue seguramente, como se ha dicho, el mayor error de la vida pública de Prat. Y Barcelona hasta un par de años más tarde no supo de aquel intento de Maragall de oponerse a la “furia represiva”.
El artículo, que no se publicaría hasta veinte años después, por una parte señala el camino del amor, del perdón y de la reconciliación, y por otra es un alegato contra la pena de muerte, con argumentos no teológicos ni políticos, sino éticos: el carácter sagrado de la persona humana (que se revela en la imposibilidad de matar a alguien mirándole a los ojos) y la falibilidad de la justicia humana. Al final, enlazando con el artículo anterior, afirma que Barcelona, si pide perdón por sus condenados a muerte, “ya no podrá ser llamada la ciudad de las bombas, sino que (…) será llamada la ciudad del perdón¸ y desde ese momento empezará a ser una ciudad”.

El anhelo de renovación
Sólo un mes después de haberle sido rechazado el artículo “La ciutat del perdó”, Maragall enviaba a La Veu de Catalunya un tercer artículo, “L’església cremada”, en el que expresaba su reacción ante la gran explosión anticlerical.
Este es uno de los textos maragallianos de mayor enjundia religiosa y el más revelador de la sensibilidad social del poeta. Tampoco debió de gustar mucho a Prat de la Riba, sobre todo porque podía parecer que excusaba la revuelta por el hecho de reconocer la parte de responsabilidad de la sociedad “cristiana” de la época. Prat lo sometió al criterio del sacerdote Frederic Clascar, quien consultó con el jesuita Ignasi Casanovas. Afortunadamente, ambos eran amigos y admiradores de Maragall. Hicieron algunos retoques, que no le dejaron muy satisfecho, pero fue el precio para que Prat, después de un mes de gestiones, autorizase su publicación. Finalmente salió el 18 de diciembre.
El texto, que contrasta vivamente con la mentalidad católica de su época, expresa la emoción sentida en una misa oída en una de las iglesias quemadas. Puede decirse que hace una opción decidida por la iglesia de los pobres, anticipándose a la teología de la liberación. También fustiga a los cristianos burgueses y admite la parte de culpa de la Iglesia en el alejamiento de los desheredados y en la acumulación de odio contra ella.
Por otra parte, propone que la reconstrucción de los templos se haga sin pedir la protección del Estado, con expresiones que apuntan claramente hacia un régimen de laicidad. En esto se adelanta al Concilio Vaticano II. Como también se adelanta a este concilio (y al anterior movimiento litúrgico) en lo que dice sobre la participación de los cristianos en la misa, que se vería favorecida por la utilización de la lengua vernácula.
El artículo escandalizó a los bienpensantes. Sólo algún periódico de izquierdas publicó comentarios elogiosos. Pero por la parte católica el silencio fue total. El mismo Torras i Bages, gracias al cual probablemente tenemos estos textos, ni siquiera se lo menciona en la felicitación que envía a Maragall por Navidad. Quién sabe si se arrepintió de haberle empujado a escribir.

El Maragall intelectual
Esta trilogía (que culmina un ya largo recorrido de articulista) nos permite afirmar que Maragall fue uno de nuestros primeros intelectuales (en el tiempo y en categoría), si no el primero. Ante la Semana Trágica, supo estar a la altura como ciudadano y como cristiano. Dijo cosas que entonces nadie más decía por estas tierras: denunció las explicaciones partidistas, maniqueas o xenófobas de nuestras desgracias; señaló el camino del perdón y de la reconciliación como salida de las grandes crisis; hizo un alegato definitivo contra la pena de muerte; reconoció la responsabilidad de la sociedad católica en los hechos de la Semana Trágica; expresó con claridad una opción por la iglesia de los pobres; empujó hacia la separación entre Iglesia y Estado; propuso una reforma litúrgica.
Fue, como se ha dicho tantas veces, para su tiempo y para la posteridad una voz profética. También una voz solitaria.

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