El hilo sin laberinto

Jorge Fernández Gonzalo
Hay algo de frivolidad en creer, como si ya hubiéramos creído en demasiadas cosas.
Y sin embargo, creer no deja de ser lo más temerario, lo más irreflexivo que debemos afrontar, el camino espinoso que, tras el laberinto, nos llevará a ese límite del creer: ya no creer en nada.
Difícil momento para creer. Más difícil aún dilucidar sobre qué, en qué dirección embestir con nuestro deseo de creer, nuestro apetito. En esta época del desastre que todo lo asola ya no quedan espacios para la certidumbre, como tampoco para la creencia. La certidumbre, al menos, nos deja la escapatoria del error (podríamos estar equivocados en el espesor de nuestras certezas; podrían faltarnos datos, apoyos, comprobaciones que arruinaran esas certidumbres y las sustituyeran por otras); sin embargo, creer no tiene sustituto. Si se deja de creer nos queda sólo la distancia insoportable de ya no creer en nada.
La única creencia: la creencia que nos separa de creer, la creencia de una distancia en la que todo lo que venga después, postergado por el mismo acto de creer, que es ya dejar de creer, o creer infinitamente, nos incomode con su falta. Creer nunca sucede en el presente, porque cuando sucede se deja de creer. Imposible creer en nada, pues, salvo en esa posibilidad de creer que es, al mismo tiempo, imposibilidad de la creencia.
La experiencia de creer es una experiencia que nos expulsa, que expulsa nuestro lenguaje y levanta acta de fallecimiento de toda credibilidad. He ahí su éxito histórico: creer me hacía menos responsable de mí, de lo que podría llegar a decir, a pensar, en el espacio insoslayable de mi creencia.
Y sin embargo, la no-​creencia se separa de mí, no podemos elegir la no-​creencia, que es ya una creencia. ¿Qué potencia, entonces, invocar para dejar de creer?
Creer, sin embargo, supone un creer intransitivo, infinitamente intransitivo, en donde el objeto de la creencia ya no importa nada: cuando se cree, se está ya de antemano creyendo en la creencia, en la posibilidad de creer, obliterando lo creído al espacio imposible, impracticable, del abismo de las palabras: creo mi creencia, y mi creencia me separa de las cosas creídas, las esconde, por arte de birlibirloque, en la sentencia: “Yo creo”.
“Yo creo” es una de las frases, como decíamos, más frívolas y temerarias. “Yo creo” nos separa de lo que creemos por la aparición del lenguaje, que hace de la creencia una naturaleza verbal, del pensamiento un hilo para ¿qué laberinto? “Yo creo”, como una Ariadna desubicada, perdida, que nos ha dado el hilo, que nos ofrece el camino de vuelta desde ningún destino. Creer es siempre un viaje de vuelta. ¿Desde dónde creer, por qué creer, para qué creer? Preguntas todas ellas que hallan, en el peso de la creencia, en un margen que la palabra no puede soportar, la respuesta imposible: creo y no creo. Creer es ya no creer en nada, porque lo que creíamos se ha emborrachado de lenguaje, se ha vuelto palabra en la distancia que ocupan todas las palabras. Y no creer, por el mismo juego de manos, por la misma papiroflexia de palabras, nos trae de vuelta, sin haberlo convocado, como un vecino incómodo, la creencia, creencia de la no creencia, que nos promete siempre más no cumple, en ese advenimiento que nunca tendrá lugar, la presencia nunca revelada de lo que creíamos.
Creer nunca se da como presencia, porque aquello que creemos es siempre la promesa de creer, la postergación de lo que alguna vez creímos. En el momento en que se cumple, en el momento en que creer toca casi la línea borrosa de saber, conocer, mirar…dejamos de creer. Creer es siempre una larga espera, es una palabra por venir, y, al mismo tiempo, un desarraigo, porque el que cree sabe que algo le falta, que algo tiene que llegar, sin esperar tampoco llegar a completarse cuando aquello llegue, pues la venida de lo que creíamos anulará nuestro creer. Siempre estamos en falta cuando de creer se trata. Un hilo sin dédalo.

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