Creer no siempre es difícil

Joaquim Gomis
Comienzo a escribir estas páginas el 11 de octubre. Es la fiesta del beato Juan XXIII que coincide con el aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II. Para animarme, para inspirarme, me pongo el vídeo de sus palabras improvisadas en la noche de aquel día (están en www​.catalun​yare​li​gio​.cat). Es lo que luego se ha llamado el discurso de la luna, su expansión en “una gran giornata di pace sempre pieni di fiducia”. Ya que quisiera hablar aquí de que no siempre es difícil creer –entendiendo por creer no sólo la creencia religiosa sino toda creencia honda– me parece oportuno ponerme bajo su patrocinio. Porque a él le debo mucho y en concreto que no me sea difícil creer.
Preparando este capítulo de mi Diario para este número dedicado a las creencias, he encontrado la siguiente cita del teólogo francés y amigo de nuestra revista Jean-​Pierre Jossua: “Ya es creer el hecho de decir, como hacen muchos hoy: ‘Yo no puedo creer, pero creo en los que creen’”. Propondría, desde mi experiencia personal, otra versión: “Yo creo, gracias a que otros creen”. Es una versión que resume la historia de mi fe y que me atrevería a ofrecer al lector que piense hallarse en situación de increencia. Dicho de otro modo: lo más importante no es la fe personal, sino la fe de los demás y de ella uno puede vivir.
Me agobiaba escribir sobre esta cuestión porque uno es poco dado a teorizar. Prefiero la anécdota que la categoría. Y soy poco introspectivo, me gusta más mirar a los demás que a mí mismo. Y desconfío algo de quienes gustan de autoexaminarse (nunca aprendí en mis años de clérigo a practicar lo que llamaban primero examen de conciencia y luego revisión de vida). Si todo ello lo situamos en el ámbito de las creencias, peor aún. Porque merece mucho respeto, pero no suele ser una habitación clara, abierta, luminosa de la mayoría de nosotros. Con todo, al final, estoy bastante satisfecho de los días que he dedicado a pensar sobre ello. Creo que he aprendido no poco sobre un servidor y más sobre muchos de los que me han acompañado.

La creencia de los demás
Me parece que ya lo he dicho, pero lo repito porque ha sido mi mayor conclusión: mis creencias las he recibido de otros. Empezando por mi familia. En ella, afortunadamente, no se practicaba el adoctrinamiento. Había un gran respeto por los demás y este es el fundamento recibido sobre el cual se han basado mis creencias. Pero el respeto iba unido al interés: ahora me doy cuenta mucho más que entonces. Entonces me parecía normal, ahora capto que fue decisivo porque significaba que cada uno era importante para el otro. Es decir, que se creía en él. Y todo ello dentro de un ambiente habitual de humor, hecho indispensable para que aquellas creencias que se vivían y que iban arraigando en un servidor hallaran buena acogida (no sé si puede parecer una paradoja pero estoy firmemente convencido que si una creencia se vive y se comunica con gravedad, con solemnidad, halla menos acogida que si se vive y comunica con la gracia del humor sencillo, pan de cada día).
Este fue el humus en el que despertaron y crecieron mis creencias. Como he dicho, sin apenas adoctrinamiento, con hechos más que palabras. Sólo durante la larga agonía de mi padre –que murió en edad temprana – , nos habló de modo que yo lo recuerde hondamente. Por ejemplo, al decirme a mí, joven seminarista que entonces se apasionaba en el estudio de la filosofía y la teología: “Todo esto está muy bien pero créeme: lo importante es el evangelio”. Casi nunca me había hablado de temas religiosos, pero estas palabras en su lecho de muerte me quedaron tan grabadas que las considero las más importantes que nunca nadie me haya dicho. Pienso ahora que ésta ha sido mi fe, recibida de la fe de mi padre: creer en el evangelio.
Pero junto a esta influencia familiar, hubo otras. Un servidor era un gran lector y entre la multitud diversa de autores creo justo destacar algunos que dejaron honda huella, que me contagiaron sus creencias, su modo de creer. La lista podría ser extensa pero escojo dos: Dostoievski y Graham Greene. Tan distintos uno de otro pero ambos, cada uno a su modo y a mi modo de ver, profundamente evangélicos. En aquellos años de la primera juventud, su lectura en cierta manera moldeó mi creencia (como testimonio puedo aportar que muchos años después un cura inteligente y también leído que me conocía bien me definió así: “Eres un cristiano greeniano”).
Interesante es también notar en este repaso de antiguas raíces creyentes, que lo viví como lo vivo ahora: como una única creencia. Me explico: no separo creencia religiosa, cristiana, de las demás creencias humanas que juzgo de primera importancia. No soy un cristiano que además cree en la exigencia de justicia, en la primacía de la bondad, en el valor de cada ser humano. Yo nunca he descubierto nada de todo ello como una creencia distinta, nunca he tenido que convertirme a una nueva fe. Me sorprendió luego que buenos cristianos dijeran con extrema buena fe que habían descubierto la exigencia de la justicia o de la igualdad. Como me sorprende aún ahora que con frecuencia se hable desde la Iglesia –o desde fuera de ella– de estas creencias como si fueran opciones, “fes”, diversas. Yo recibí estas creencias como una única creencia (y diría que vivirlo así ha sido característica dominante en esta revista desde sus inicios). Para explicarme aunque sea en otro nivel: cuando el papa Ratzinger habla –y suele hablar bien– de fe y razón, valorando las dos pero como basándose en que se trata de dos mundos, dos ámbitos distintos, mi reacción es de extrañeza porque para mí es una unidad. Por eso, quizá, me cuesta entender las objeciones que desde la razón se plantean a la fe. No dudo que puedan tener su razón pero ya que yo vivo fe y razón como una unidad, me cuesta ver oposiciones. Si en esto puedo tambien utilizar el humor, diría que soy un experto en resolver –para mí– estas objeciones.

La creencia propia
He estado hablando de mi creencia –al fin y al cabo esto es mi Diario– pero con el intento de mostrar la importancia de la creencia de los demás para mí/​nuestra creencia. Releo lo escrito y me aparece un escrúpulo o al menos una duda: ¿no parecerá que me dedico a elogiarme como creyente? Me sabría mal porque en realidad no me considero un buen creyente, en el sentido de un buen cristiano. Entre las notas que tomé al preparar este artículo hay una que dice: “Yo pienso poco en mi creencia. A veces me parece que vivo casi como si no creyera. En el sentido que mi fe es poco presente. No soy un místico y soy mal rezador. Sin embargo, sin mi creencia cristiana que para mí incluye y penetra las demás, me sentiría huérfano, vacío, perdido. Por eso me duele que entre quienes aprecio haya quien no cree. Me duele por ellos. Casi me cuesta entender cómo pueden vivir. No hago nada para pasarles mi fe, pero me gustaría comunicarla de algún modo” (hasta aquí la nota escrita en el bus, días atrás).
Cada uno tiene su modo de creer. Quizá el mío tenga de bueno la herencia que recibí de la que ya he hablado, junto con otras aportaciones a lo largo de mi vida –cité al empezar la de Juan XXIII – pero tenga de malo algo de lo que apunto en la nota transcrita: no soy místico y soy mal rezador. Claro está que lo de místico no es ninguna obligación, cada uno es como es (puede encantarme leer a Teresa de Jesús, pero sé que no es mi camino). Lo de mal rezador ya es mayor problema porque la fe cristiana es una creencia de relación personal con Dios y si uno no la sabe expresar mal vamos. Me podría excusar diciendo que tampoco soy muy hablador (valoro y me sale más un gesto, una palabra, que muchas), podría añadir que mi experiencia en el seminario no fue buena –no me sentí nunca implicado personalmente en el modo de rezar que proponían: me aburría cuando no me dormía – , que luego ya sacerdote me gustaba celebrar la misa pero no podía con el breviario (lo siento: los salmos no es lo mío).
El resumen es que me quedo con el padrenuestro y no paso más allá. Me queda el consuelo de que Jesús dijo que al rezar no usáramos muchas palabras “pues vuestro Padre ya sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” y que Teresa de Jesús decía, con mayor salero, algo semejante a sus monjas. Con todo el problema queda: no sé expresar mi creencia.
Concluiría repitiendo que la fe, como toda creencia, es para vivirla mucho más que para expresarla o teorizarla. Los cristianos convendría que aprendiéramos del gran teólogo Tomás de Aquino que inicia su Suma Teologica diciendo que pretende escribir sobre “lo que Dios es o, más bien, lo que no es”. Dios es el desconocido y el silencioso, pero nosotros parecemos saberlo todo de él y nos atrevemos a hablar en su nombre.
Entre las notas que había tomado había una, que ahora no encuentro, que no recuerdo quién expresaba su sorpresa ante la seguridad y empeño de algunos ateos en demostrar la no existencia de Dios. Probablemente sea la consecuencia de que algunos creyentes hayamos pretendido saberlo todo de él. Ignorantes somos todos y bueno sería reconocerlo. Ignorantes somos todos. Pero creyentes –desde distintas creencias – podemos serlo también todos. Y ayudarnos a serlo.

CODA: En Westminster Hall
Ya que me queda espacio, se me ocurre que podría añadir algo sobre lo que dijo el papa Benito el pasado 17 de setiembre en la Westmintser Hall ante un auditorio selectísimo de la sociedad civil y que definió como unas reflexiones sobre “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”. Pienso que este discurso se considera ya y seguirá considerándose como uno de los textos clave del pontificado ratzingeriano: una vez más centra la problemática actual en la relación entre lo que él llama “el mundo de la razón” y “el mundo de la fe”. La cuestión que plantea es seria y vinculada con el tema de las creencias.
Fue un discurso en que destaca, en primer lugar, un contundente elogio de la democracia moderna, merecedor de una buena lectura por parte de tantos jerarcas de nuestra Iglesia para quienes la democracia sigue siendo algo escasamente valorado, con más sombras que luces. Un elogio de la tradición jurídica británica, la common law, que viniendo de un alemán tiene especial gracia. Un elogio diría que casi encendido por “la democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, en el que solo le faltó añadir que deseaba que la institución eclesiástica católica se asemejara más a esta práctica democrática.
Tras el elogio, vino la pregunta. Es la pregunta que se repite una y otra vez en el magisterio de Benito XVI, el interrogante sobre “la fundamentación ética de la vida civil: si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”.
Ratzinger ya conoce la respuesta, su respuesta: no hay fundamento seguro fuera de la creencia en un Absoluto, en el Trascendente. Pero sabe que ello no puede imponerse. Por eso busca un camino de encuentro, por lo menos de acercamiento con los no creyentes. Y por ello propone algo en lo que él también cree: la razón. Lo formuló así en Westminster Hall: “El mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”. De ahí que lamente “la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo”. Él, creyente en la religión y creyente en la razón, se halla sin interlocutores, cree percibir que cada vez la aportación desde la fe es menos valorada.
Me pregunto, para terminar, hasta que punto tiene razón Ratzinger. He repasado lo que se dice en este número de El Ciervo y también diversos libros de mi biblioteca que inciden en el tema. Si no se puede negar que la cuestión sea importante, veo que con frecuencia, unos y otros, parecen o marginarla o derivarla hacia el campo de combate y no del diálogo como propone el papa Benito. Incluso cuando se plantea con seriedad y buena voluntad, no es fácil hallar puntos de encuentro. Pondría como ejemplo las cartas que intercambiaron en debate público el cardenal Martini y Umberto Eco: en casi todo sus posiciones se acercan al acuerdo, pero al llegar a esta cuestión, ni uno ni otro, uno como creyente el otro como lo que en Italia denominan laico, saben qué decir. ¿No será que la cuestión está mal planteada? Me lo pregunto al leer algo que escribió años atrás el jesuita ahora desterrado a Japón Juan Masià. Lo resumo: quedan lejos las armonías medievales entre fe y razón, porque hay muchas modalidades de razón y de fe. Si una u otra se cierran, se convierten en ideologías al servicio de ortodoxias sociales. “No se oponen ciencia (razón) y religión, sino ciencias y religiones cerradas en sí mismas frente ciencias y religiones abiertas a la realidad”.

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