En los que creen

Jorge Wagensberg
¿En qué creo? ¡Buena pregunta! Ya sé en lo que creo. Creo en los que creen. Y no me refiero a creencias heredadas de una tradición o de cualquier otra clase de ideología precocinada. Después de recorrer una buena parte del tiempo que me toca vivir he llegado a la conclusión de que los seres humanos se dividen básicamente en dos clases: los que están prioritariamente a favor de un proyecto y los que están prioritariamente a favor de sí mismos. Cualquier ser humano, en su quehacer diario, está directamente involucrado en alguna clase de creación. El ser humano es un animal creativo sea artista, cocinero, científico, artesano, minero, conductor de taxis, autobuses o aviones, gestor, médico, abogado, coleccionista, policía, bombero, atleta. No importa la relevancia o prestigio social del trabajo: cualquier ocupación humana tiene su margen para innovar y para nutrir con ello la propia autoestima. El ser humano es un animal creativo y creo que su salud mental depende sobre todo de cómo resuelve su particular cuota de creación.
Recuerdo con gran precisión el momento exacto de mi vida en el que el que caí en la cuenta de este detalle esencial. Corría el verano del año 1970 y yo me encontraba en Lleida haciendo las prácticas de las milicias universitarias. Las prácticas eran mucho más soportables que los dos campamentos a los que había asistido durante los dos veranos anteriores justamente por eso: porque había más margen para crear. ¡O para ver crear! La batería de artillería de montaña que me tocó mandar durante cuatro meses incluía un centenar de soldados, cuatro caballos y ochenta mulos. Había con qué entretenerse y pronto me descubrí a mí mismo aprovechando cualquier momento para ir de mirón a ver cómo trabajaba el herrero responsable de las herraduras de las mulas. Podía pasarme toda la tarde mirando a aquel superconcentrado artesano militar fabricando y reparando el calzado de las mulas. Lo hacía todo: mantener la temperatura del fuego con el soplillo, dar forma a los hierros con martillos y tenazas en el yunque, templar con el agua, probar en la pata del paciente animal, corregir, corregir lo corregido, el sonido era armónico, tonal, polifónico, casi sinfónico: el tintineo en el yunque, el resoplido del soplillo, el burbujeo del agua, los mugidos del herrero, el sonido de la radio.
De tanto ver, mirar y observar acabé disfrutando de lo lindo intentando anticipar los pequeños problemas que se iban planteando y admirando las ingeniosas soluciones que el artesano probaba sobre la marcha. De vez en cuando el artesano redescubría mi respetuosa presencia y exclamaba irónico:
–¡Qué, chico! Esto es más fácil que la mecánica cuántica ¿no?
No me lo pareció. Aquel herrero era un ser humano creyente en su trabajo, gozoso de su creatividad diaria y perteneciente a la mitad de la humanidad que está a favor de un proyecto. En este caso su proyecto consistía en fabricar amorosas herraduras perfectas para las mulas. Sí, definitivamente: creo que creo en los que creen.

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