El talento

Rosa Navarro Durán
Creo en las posibilidades inmensas que tiene el ser humano si recibe la educación adecuada.
Ha descubierto –y lo hace continuamente– secretos de la naturaleza, de la organización del cosmos, técnicas que transforman todos los ámbitos. Ha creado y creará obras de una belleza y de una intensidad asombrosas en todas las artes. El ser humano es realmente Prometeo, pero también es quien lo encadena.
Los talentos que hay en él no tienen límite. Él sí los tiene. El margen final de su efímera existencia no hace más que intensificar la belleza, el interés del espacio de tiempo que tiene para vivir y la necesidad de aprovecharlo al máximo.
Pero en el comienzo de su andar por el mundo, es muy importante que la persona tenga un apoyo afectivo, alguien que le transmita la seguridad de que le importa todo lo que haga, y un aprendizaje sensato, con sentido común, que le permita acceder a unos conocimientos indispensables, sin los cuales no podrá descubrir el potencial que tiene.
El ser humano tiene que aprender que los demás necesitan de él, que tiene que respetarlos y a la vez darse cuenta de que su perfección personal –el apurar todo su talento– puede redundar en beneficio de los demás si sabe encauzar su esfuerzo.
No soy discípula de Candide, y creo, por tanto, en que la maldad, la perversión existen. Pero también creo firmemente en que esa es la parte del error, el fallo de la naturaleza, lo monstruoso. Que el ser humano es capaz de darle belleza a la vida, a la suya y a la de sus semejantes. Cuesta muchísimo hacerlo, pero precisamente lo que es difícil es más apasionante.
Creo en que día a día la persona –un pequeño mundo– camina hacia nuevos retos, hacia nuevos descubrimientos, hacia nuevas creaciones.

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